Al otro lado del muro.

Todos los días deseábamos que tocase el timbre del colegio para irnos corriendo por las monótonas calles hasta nuestro descampado, cuántas broncas había tenido que escuchar de mi padre… Pero adorábamos aquel lugar lleno de ruinas de guerra que todavía no habían limpiado los soviéticos.

Había una torrecilla particular de escombros a la que nos subíamos cada tarde. Pasábamos horas saludando a los aviones que nos sobrevolaban y aterrizaban al otro lado del muro.

Intentábamos atisbar los coches y todas las modernidades de aquel lado, aunque la mayoría de las veces fuese sin resultados, aquel muro me gustaba, en el colegio nos contaron que nuestro lado era el bueno y que en el otro, la igualdad de la que disfrutábamos nunca sería más que una utopía.

Crecí en los principios de la igualdad. Aunque a veces pasó por mi cabeza la fugaz idea de que algunos, eran más iguales que otros…

Niños

Pero en mi casa era el único que opinaba así, recuerdo el discurso que me soltó un día mi padre mientras paseábamos por la ciudad en nuestro viejo Trabant.

–         Edwin, hay demasiados muros ¿No crees? Tú lo ves como algo normal porque has nacido con ellos, pero aunque creas que no, hubo un tiempo en el que no eran necesarios. Como decía un escritor español hace décadas y décadas, cualquier tiempo pasado fue mejor…

–         Pero papá, en el pasado la guerra mató a mucha gente, la profe siempre nos lo dice. Que esos tiempos hay que intentar borrarlos pero teniéndolos en cuenta.

–         En Berlín hay muros por todas partes, paredes de ladrillos rojos, de cemento gris, grandes muros de piedra infranqueables y muros que se saltan con facilidad. Muros donde nadie abre puertas y muros con vigilantes uniformados en la entrada. Protegen, amenazan, esconden y parten el mundo en míseros trozos. Crean reinos de tiranía sin necesidad alguna. Convierten las montañas del horizonte en burdos decorados y si se vive mucho tiempo así, la piel se arruga y nuestras manos se convierten en garras que desean arañarlos.

–         Es por nuestro bien, que me lo han explicado papá, porque si no hubiese muros nos iríamos al otro lado y este Berlín se quedaría solo y si se queda solo… No hay nada más triste que una ciudad vacía.

Cuantos años tuvieron que pasar para que yo entendiese lo que me decía mi padre acerca de los muros… Hay que estar detrás de ellos una larga temporada para comprender lo ruines que son.

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Comentarios

Comentario

Mara Senra

Estudiante de periodismo en la USC. Expedicionaria 2013 - Ruta Quetzal y algunos pequeños premios literarios a la espalda. Futura corresponsal o intento de ello. "Encuentra lo que amas y deja que te mate".

2 Comments

  • Mayo 13, 2013

    Gonzalo Gamboa

    Como ya te dije en Twitter, muy bueno Mara. A mí, tu idea de los muros me recuerdan en el trasfondo a los nacionalismos (cualquiera que sea).

  • […] Relato de un niño sobre el muro de Berlín […]