Colombia y cine de tiempos pasados

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Les parecerá hasta arcaico que me refiera a dos películas que ya salieron de  cartelera, pero soy un fiel creyente de que, así como nos remitimos sabiamente a los clásicos de lo que sea que estudiemos o pensemos, no hay que dejar pasar tan rápido lo que se produce hoy en día. No soy crítico de cine, sé poco de fotografía, guión, dirección o producción  y voy al teatro de forma esporádica; pero algo sí tengo muy claro: los pasados premios de la academia nos dejaron dos joyas, a Colombia, a Hispanoamérica y al mundo.

El abrazo de la serpiente, primera película colombiana en ser nominada a los premios Oscar, dejó un espíritu optimista en el mundo de producción audiovisual en el país.  Un “¡sí es posible!” se puede sentir cuando se pasea por festivales de la industria en la ciudad de Bogotá. Se siente la necesidad de contar historias propias y saber que con ellas se pueden hacer grandes cosas.

Pero no es solo el alcance de la película, sino la historia que se cuenta la que nos debe importar. La cuestión indígena es un algo que debe ponerse en boca de todos, en nuestros países, no por un afán pseudoantropológico y de mestizo turista que ve a esas comunidades como un atractivo salvaje y exótico, sino por entender de una vez por todas que ellos son parte íntegra de los países, y que en su autonomía – y a pesar de sus particularidades culturales y políticas – forman parte de un todo.

Hacerlo cuesta, pero no hay que creerse el cuento de que preocuparse por la causa indígena, de que tenerla tan siquiera en mente, nos convierte a todos en “izquierdosos y revoltosos”, como se estigmatiza a los que ponen estos temas sobre la mesa (además, ¿acaso ser de izquierda es de por sí pecado?). Esto es una cuestión de justicia que trasciende las ideologías, una justicia tanto histórica como democrática, a saber: tenerlos por iguales a la hora de construir nuestro país. Pero ojo, también que ellos nos vean como lo mismo; cuestión que entre otras cosas hace de esta tarea algo más complejo todavía.

Por tanto, El abrazo de la serpiente no debe quedarse en maravillarnos por sus alcances cinematográficos. Debe ponernos a entender el país con toda su gente, a que nos importe lo que pasa más allá de las junglas de cemento. Aquí es cuando otra película de los premios viene a suplir más que ocio. Spotlight y su maravillosa historia de lucha contra los detestables abusos sexuales por parte del clero católico a niños en Boston, debe inspirarnos a actuar frente las problemáticas que nos atañen. Darnos cuenta que lo detestable no son sólo los crímenes en sí mismos, sino todo el entramado que se fabrica para maquillarlos perpetuando el dolor de los que los sufrieron. Las instituciones deberían tener las agallas para aceptar sus macabras culpas sin miedo a perder legitimidad o respeto ante la gente. A mi parecer, limpian más su imagen cuando lo hacen que dejando que los secretos a voces invaliden los buenos actos de aquellos que haciendo parte de ellas, cumplemen bien su labor.

Pero voy a dejar atrás por un momento el contra qué luchaban estos periodistas para centrarme en lo que hacían; esa forma de insistir, seguir y seguir buscando pruebas para denunciar esos actos, eso inspira. Pero claro, no todos somos sendos investigadores ni hay que ser periodista para lograr ese tipo de cambios. La idea de Spotlight es decirnos a cada uno, traducido en el argot colombiano: “métale el alma” a lo que haga, y por favor, no maquille los problemas reales, que el sol no se tapa con un dedo. En Colombia tenemos la responsabilidad de actuar así con todo lo que se nos viene del posconflicto  o posacuerdo – como prefiero llamarlo-, con todos los problemas sociales existentes y venideros.

Sobre España pienso en lo complejo de los refugiados, el desencanto político e incluso en los procesos de autonomía o independencia de ciertas comunidades. De ese y este lado del charco hay un sin fin de problemáticas que nos piden a gritos una actitud al estilo Spotlight.

¿Y a la larga por qué estoy hablando de estas vainas? Pues bien, tengo la firme certeza de que este país en transición lo que necesita es un trabajo de apertura democrática fuertisimo, y la cosa no está tan fácil. Así que aunque ya los premios pasaron,  y puede que El abrazo de la serpiente no se llevara finalmente el Oscar, y que Spotlight -premiada a mejor película- se vaya echando a un lado mientras los superhéroes ocupan nuestra atención en el cine; sin importar si quieren o no volver a vérselas, lo que no podemos dejar en el olvido es el mensaje que nos han dejado estas producciones.

Con lo diferentes que puedan ser, una desde Boston y la otra desde la selva amazónica, la gallardía de una y la multiculturalidad de la otra debe impactar al tiempo. Nos tenemos que pensar como país diverso y con muchos problemas encima, y tenemos que tener los cojones para hacerlo. Y cuando nos pensemos: actúemos. No nos quedemos con ideas y comentarios vanos en los portales de noticias que nos incomodan, actuemos democráticamente. ¿Cómo? Tal vez podamos empezar por recordar aquello que decía Jaime Garzón: “hermano,  empiece a ser cívico, mínimamente cívico” y siga -si puede- por quitarse de vez en cuando la arrogancia que no lo deja escuchar del otro, siga por creer que el otro puede tener algo de razón y que usted no se las sabe todas, que los suyos no son la crema y nata de la humanidad. Empiece por dudar de sí mismo, eso es democracia. Ese es el Spotlight y El abrazo de la serpiente que necesitamos.

 

 

Artículo escrito por Henry Ortega (Cúcuta, 1996), estudiante de Ciencia Política en la Pontifica Universidad Javeriana de Bogotá. Ha publicado en la revista académica de la Facultad de Ciencias Políticas  y Relaciones Internacionales de su niversidad sobre las fuerzas militares colombianas  y se define como un apasionado de la investigación del conflicto colombiano.

 

 

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