Crónica: Ladrones de París (parte I)

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Habíamos alquilado un par de bicicletas de esas estaciones que están por todo París. Esas que uno tiene que pasar su tarjeta de crédito en una máquina amarillenta de pantalla ininteligible, y táctil, en teoría, porque tocaba pegarle a los botones con el dedo para que funcione. Hasta que no te lo rompas no te aprueba el pago. «Trac». Por suerte no fue el mío. Christian, mi buen amigo de infancia al que visitaba por esa época en Alemania, sacrificó su dedo hasta que el recibo apareció en pantalla. Él tenía la única tarjeta que funcionaba en París, todas las mías, colombianas, eran demasiado exóticas para la máquina, y egocéntrica me las despreciaba. Igual lo prefería así, apreciaba mucho mis dedos.

París es de esos lugares que no te gusta cuando estás allí, menos en invierno, pero lo que ahí se vive tiene una facilidad de impregnase en la memoria y de permanecer allí hasta que la aceptes.

Esta escena transcurre a las nueve de la noche por los alrededores de la torre Eiffel, cerca del hostal donde nos alojábamos. La escena de “los ladrones de París” ocurre dos horas después en otro lugar de ciudad, pero no quiero adelantarme, pues entonces no podría contarles de la rata enorme que cruzó por entre las llantas de mi bicicleta en Champ de Mars y que luego se perdía entre la grama y la oscuridad.

A los pocos minutos nos estacionamos; en frente la torre Eiffel y detrás un jardín. Estábamos agotados, no por lo que acabábamos de recorrer, que no era nada, sino porque habíamos caminado todo el día, mochilas al hombro, por la vía que va junto al Sena más de medio París, además, le dimos el recorrido al Louvre al medio día. Así que, cuando vi como el jardín que estaba tras de mí temblaba cómo tiemblan los espejismos, creí que debía ser una ilusión óptica causada por mi agotamiento.

–Méfiez-vous des rats!– Nos gritó una señora que pasaba por ahí señalándonos el jardín de atrás. Se veía preocupada

Yo no sé francés y mi amigo tampoco. Ni siquiera sé si escribí correctamente lo que dijo la señora; sin embargo, esa última palabra «rats» cómo no iba entenderla, era casi español.

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José Palacio Salazar

José Ignacio Palacio Salazar (1989; Barranquilla, Colombia) Escritor. Premio de literatura de la Universidad del Norte (2014). Sus relatos hacen parte del libro 'Tinta Fresca' (ed.uninorte, 2014). Ha colaborado con diferentes revistas internacionales y colombianas. Amante del jazz, de la música clásica, de la historia antigua y las películas de David Lynch, Wes Anderson y Winding Refn. Lector estudioso de Jorge L. Borges, James Joyce y Yasunari Kawabata, de sagas nórdicas y epopeyas homéricas.

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