Crónica: Ladrones de París (Parte II)

 

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Mientras el humo de los carros se revolvía en los aros de la bicicleta, de manera más estándar que poética, mi cabeza había apartado el nido de ratas del que no hacía mucho que habíamos escapado, y se concentraba en el pedaleo, en la rueda contra el asfalto, en el crujido al doblar una esquina, en el toque de la campanilla, derecha: ring; izquierda: ring-ring. Útil adaptación de clave morse que pronto se convirtió en un alegre despilfarro de rings. Ring-ring-ring, a la muchacha preciosa sentada en, ring-ring, la estación de bus. Dudo que de rings se hubiera enamorado, pero ring-ring-ring.

Llegamos a la Isla de la Cité tras cruzar el puentecillo de la calle Lagrange, con destreza para no chocar a las personas que iban a pie, ring-ring, las bicicletas se tambaleaban por la lentitud, ring, decidimos seguir a pie. La imponente Notre Dame aparecía.

Notre Dame no es una historia, es un detalle. Es el adorno acaramelado en el pastel; es la nostalgia en las campanas, la mirada atontada del turista y la devota del fiel.

Los ojos no pueden ver bien a Dios, sino a través de las lágrimas, escribió Víctor Hugo. Al entrar en Notre Dame albergué la idea de que lo había escrito ahí, tal vez en la misma banca en la que yo me senté, tal vez en aquel a tiempo hubiera una corista como la que estaba en el altar, y que su canto le humedeciera los ojos como esta hizo con los míos. La sacra inmensidad cubierta de la bella, bella música.

De nuevo las ruedas contra el asfalto, la palanca de cambios haciendo traquear la cadena, y ring-ring: a la izquierda, cruzamos otro puente. Había ido al cielo, ahora poco a poco regresaba a París. Recuerdo que manejamos más o menos diez minutos y cruzamos a la izquierda por un pasaje. Para nuestra sorpresa, nos llevó a la plaza del Louvre. Creo que no era correcto (ni legal) montar bicicleta allí, pero eran las once de la noche y desde las nueve que salimos no habíamos visto un sólo policía en París, así que lo consideramos sensato.

Hicimos un par de vídeos y nos tomamos fotos. La pirámide del centro tenía la luz encendida y las alas del Louvre estaban iluminadas por faroles. Se me ocurrió retar a Christian a una carrera alrededor de la pirámide para ver quién era el más veloz. A cuatro vueltas, me respondió.

Bastó la primera para que descubriéramos a la pareja que hacía el amor en las escaleras, ahí, ala derecha del Louvre, casi inmóviles en sus abrigos negros. O no se dieron cuenta, o no les importaba, ellos siguieron en lo suyo. Cuando cruzamos al otro lado nos detuvimos a reírnos y concluimos, que no era impedimento para seguir la carrera.

En la segunda vuelta la mujer se había acomodado sobre el hombre. Se le había soltado el cabello y le brincaba por la espalda. Contuvimos la risa y nos abstuvimos de timbrar la campanilla, había que respetarles el momento.

A París le dicen la ciudad del amor y ese día entendí por qué: no hay policías por ninguna parte, así que puedes hacerlo donde quieras.

Era la tercera vuelta y el hombre se había puesto arriba. A los lados, las piernas de la mujer rebotaban contra el piso. Admiré la valentía de esos dos, y cuestioné los conceptos que tenía del pudor. Además, pensé, no deben ser baratos los moteles en París, ni fácil encontrar uno con la vista que tienen estos dos. Si vuelvo de luna de miel a París creo que también lo voy a hacer. Más barato.

No hubo cuarta vuelta, cruzamos de nuevo el pasaje y salimos a la calle, luego doblamos a la izquierda.

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José Palacio Salazar

José Ignacio Palacio Salazar (1989; Barranquilla, Colombia) Escritor. Premio de literatura de la Universidad del Norte (2014). Sus relatos hacen parte del libro 'Tinta Fresca' (ed.uninorte, 2014). Ha colaborado con diferentes revistas internacionales y colombianas. Amante del jazz, de la música clásica, de la historia antigua y las películas de David Lynch, Wes Anderson y Winding Refn. Lector estudioso de Jorge L. Borges, James Joyce y Yasunari Kawabata, de sagas nórdicas y epopeyas homéricas.

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