Decálogo del Prohibicionista: mentiras por las que dicen que no puedes drogarte

Así están las cosas: un heroinómano pese a los titánicos esfuerzos de la maquinaria del estado por suprimir la droga no tiene ningún obstáculo para conseguir heroína en las Barranquillas, a las afueras de Madrid. Nada cambia, la adicción y el consumo siguen ahí, ¿y todavía no se entiende que sería mejor conseguir la heroína en un hospital y no en una chabola de un mal barrio? ¿No sería mejor tener dosis correctas, libres de impurezas y venenos, con toda la asistencia sanitaria que requiere el drogodependiente? ¿No lograríamos así acercar a las víctimas al sistema, a los tratamientos y programas de asistencia y abandono de la adicción? ¿No nos daría esto un estado social y humanitario que tienda a reducir los daños (entre 2002 y 2013 las muertes por sobre dosis de heroína se cuadriplicaron) que causa lo que por ahí circula como droga cuando es veneno? ¿No tendría el Estado control sobre los millones que este negocio sigue generando? ¿Por qué no una legalización controlada?

He procurado investigar en profundidad en busca de argumentos a favor de no legalizar las drogas, a fin de entender la lógica de la postura contraria para poder rebatirla y así contestar a esa pregunta. Tras mucho buscar me temo que no hay grandes pensadores que avalen la lógica prohibicionista, ésta no tiene dedicada grandes obras ni movimientos y ni tan siquiera su paladín, la JIFE -Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes-, aporta argumentos que vayan más allá de la propia lógica prohibicionista. En su contra, no obstante, encontramos personalidades como Paulo Coelho, Mario Vargas Llosa, Fernando Cardoso, Jimmy Carter, Gabriel García Márquez o Felipe González. Con todo, algo pude encontrar. Así, guiándome por el trabajo de Antonio Escohotado (que dedicó una parte de su obra a analizar y contradecir los argumentos prohibicionistas), completándolo con la opinión de Berna González Harbour, (plasmada en uno de los pocos artículos de prensa coherentes que pude encontrar enumerando razones para no legalizar) me dispongo a rebatir los argumentos prohibicionistas y responder a la pregunta que da nombre al epígrafe.

Primero. Los que comulgan con la visión de Nancy Reagan al simplemente decir que no a la posibilidad de una legalización controlada, generalmente aducen que las drogas son peligrosas o producen daño. Sobre la primera afirmación puedo sostener que el peligro reside más en el sistema de acceso que en la sustancia. Si se piensa en el consumo de opiáceos entorno al año 1910, el perfil del consumidor era persona de entre 30-50 años, integrada a nivel familiar y profesional; mientras que en 1980 pasa a ser el de adolescentes que incumplen toda expectativa familiar o profesional, no ajenos, además, a incidencias delictivas. ¿Cambió el producto? ¿O se ha criminalizado al que lo consume? Cuando la cocaína y la heroína eran legales, William Stewart Halseted era un asiduo consumidor a la par que el médico considerado padre de la cirugía moderna. En cambio ahora se consideran peligrosas las drogas por los estragos que el crack o “el paco” causan en quienes se ven forzados a consumirlo. Al final, para mis dos últimas preguntas,  la respuesta es sí. Triste nuestra realidad sociológica, que en materia de drogas es consecuencia y no premisa de su status legal. Y todo sin que los que dicen que las drogas son peligrosas puedan aclarar porque el opio es peor que la metadona, o porque el Valium es una decente medicina frente a otros somníferos que son peligrosas drogas.

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Campaña de Nancy Reagan “Just Say No” en los años 80

Sobre que produzcan daño diré que “droga” proviene del griego phármacon: que es una sustancia que comprende a la vez el remedio y el veneno, y no es una u otra sino ambas al mismo tiempo (por más que los cruzados prohibicionistas hayan logrado que interioricemos su significación peyorativa). También haré mías las palabras de Paracelso (1493-1541) en aquello de “dosis sola facit venenum”. “Es la dosis lo que hace el veneno”, porque no hay sustancias tóxicas, solamente dosis tóxicas. Superemos tan malsana inocencia y dejemos atrás este moralismo tan rancio. Según Escohotado “uno de cada 16 iniciados a la heroína ha requerido alguna vez atenciones médicas; los otros 15 siguen su vida. Con la cocaína la proporción puede multiplicarse por cien o más, pues mueren menos personas por sobredosis de verdadera cocaína al año que debido a tiroteos relacionados con su tráfico. Sobre el cáñamo sencillamente no se conocen casos de ingresos en hospitales”. Que las drogas no son una manzana es una evidencia, y que puedan ser nocivas para la salud, es evidentemente otra. Aún así sólo el exceso, el desconocimiento y la mediocridad de los venenos que por las calles circulan como drogas, entrañan un auténtico peligro; y los tres terminarían con una legalización controlada.

Segundo. La afirmación categórica de la primera consigna prohibicionista es prácticamente unánime dentro de las clases sociales contrarias a las droga (que no son pocas), lo que me  lleva a cuestionarme el origen que subyace bajo la misma. Y esto suele resultar ser: que son peligrosas o producen daño porque se dice así. Gobiernos y medios de comunicación cierran filas sobre esta versión del asunto. Decía que no son pocas porque un gran número de ciudadanos creen sinceramente en “la droga” como ente real y peligroso, del que hay que defenderse como de un atracador o un asesino. Aún cuando podamos afirmar que no es “miedo” sino “preocupación”, ésta es interpretada por los medios como apoyo expreso al régimen en vigor. Desautorizar este argumento es muy sencillo, por cuenta de que frente a las autoridades gubernativas se alzan otras muchas autoridades intelectuales. Y aunque los medios se nutran del escándalo y filtren propaganda y sucesos, cada vez mayores son los medios para adquirir elementos de juicio sobre las ventajas y desventajas de la prohibición; por ejemplo, aunque la campaña a favor de la Proposición 19 en California (a favor de la legalización de la cannabis) perdiera con un 57% en contra, el vuelco hacia el sí se muestra como una cuestión de tiempo. Librarse de tópicos y mentiras inculcados durante cerca de 100 años lleva su tiempo, pero se está logrando.

Tercero. Uno de los argumentos preferidos más criticables es el de que cualquier cambio de la política vigente dispararía el consumo de drogas ilegales hasta extremos apenas conjeturables. Todos caeríamos en las garras de la droga y “ningún Gobierno puede claudicar ante una lacra que contribuye con fiereza al fracaso escolar, que perjudica la salud y que sume a una buena proporción de la población en la apatía social” (Ignacio Calderón, director general de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción en Escuela). El del aumento del consumo es, quizás, el principal argumento no teológico de la cruzada prohibicionista, lo cual dice poco de su postura al ser una completa mentira. No hay ninguna evidencia que indique que la criminalización del consumo de una droga haga reducir la disponibilidad de la misma, exactamente igual que el legalizarla implique automáticamente su mayor consumo. Con la legalidad desaparece la fascinación por el paraíso de lo prohibido y se recobra el sentido crítico perdido a causa de la tutela moralizante a la que nos vemos sometidos. No es sostenible, de ninguna forma, que la disponibilidad de una droga aumente el número de adictos a ella.

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Consumo de Cannabis en 2012

Cuarto. Dice el refrán que quien manda, manda y cartuchos en el cañón lo que no es sino resignarse a obedecer aunque el que mande no lleve razón. La industria farmacéutica, impulsada por los EE.UU consiguió volcar en millones de personas el mensaje de la intrínseca malignidad de las drogas, y se creó un sistema de castigo introducido por la puerta de atrás de la política internacional -a través del Tratado de Versailles-; y así de fácil, se coacciona a quienes no consumen y se castiga a quienes lo hacen con unas normas que se retroalimentan en su existencia misma. Al final impera la fuerza, y las drogas deben estar prohibidas porque están prohibidas. Asusta la simpleza del argumento, pero la JIFE lleva usándolo los últimos 18 años para no afrontar el fracaso de sus políticas. Por ello no podía obviarlo en esta selección.

Quinto. Otro argumento proveniente de la factoría ideológico-fundamentalista (y que hasta cierto punto real en su substrato) es que ningún país puede cambiar su política sin incumplir tratados internacionales ratificados. Aquí se quedan algunos. Seguramente también piensan que no se puede llegar a Marte porque nunca se llegó a Marte. Con todo, decía que tiene parte de verdad porque ya que fue la comunidad de naciones la que nos puso a todos en este camino, sólo los organismos internacionales de aquella podrán alterarla. Esto encuentra varios inconvenientes: el primero es que todos los organismos en la materia son unánimes en defender la línea más dura, lo cual en si mismo no sería malo si razonaran su postura, pero dado que no solo no lo hacen sino que además recuerdan, sin modales, que “no son clubs de debates” (Antonio María Costa, presidente de la ONUDD) e ignoran deliberadamente a comisiones y ONG´s, me preocupa la viabilidad de este camino. El segundo radica en que cualquier voz discordante en la comunidad internacional es rápidamente silenciada a través de las presiones, sanciones y embargos que ejerce el todo poderoso EEUU. Fuera como fuere, la fuerza del argumento es inexistente.

Sexto. Todos hemos oído esto alguna vez: “empiezas fumando un porro y acabas por pincharte heroína”. La sentencia, para los profanos, se formuló como la Teoría de la Escalada y en realidad empezaba por una cerveza y terminaba en el crack.

Lo que podemos afirmar como cierto es que un consumidor de heroína haya consumido antes otras drogas más suaves, pero esto se expresa en términos de correlación y no de causalidad. Como viene siendo frecuente, al final hay más mito que certeza.

Fotograma de la película Scarface

Fotograma de la película Scarface

Séptimo. No estoy seguro de poder llamar a esto un argumento, pero tal vez si funcione como justificación del status quo: “la prohibición funciona”. Los que lo dicen suelen quedarse ahí, sin especificar un “para qué”. Asumiendo que el objetivo de la prohibición planetaria es un mundo sin drogas y por ende, sin consumidores, explicaré porque la prohibición no funciona ni en lo uno ni en lo otro. Berta González (y los organismos internacionales) echa mano del Informe Mundial sobre las Drogas que elabora la UNODC -United Nations Officeon Drugs and Crimes- y dice que “la superficie total de cultivo de cocaína ha caído un 13% desde 2007, debido sobre todo a la eliminación del 58% de los cultivos de Colombia gracias a la política de Álvaro Uribe. EE UU, el mayor comprador, ha reducido el consumo al ritmo en que se destruían plantaciones en Colombia: de 10,5 millones de consumidores que llegó a tener en los ochenta ha pasado a 5,3 en 2008. El ejemplo colombiano indica que la represión tiene consecuencias y que la menor oferta, como prueban los expertos, incide en una menor demanda”. Dudo de la veracidad de la propaganda política que sale de organismos a sueldo del prohibicionismo, pero aún siendo cierta, no considero un “logro” fumigar la tierra con pesticidas que envenenan miles de hectáreas o utilizar al ejército estadounidense en la destrucción de cultivos en territorios de otros países cuyos gobiernos débiles e influenciados “se dejan hacer”. Tampoco el forzar a los campesinos- aquellos que puedan replantar en esta generación- a cultivar productos impuestos desde Europa o Washington, de una rentabilidad inexistente, por no adaptarse al lugar en el que son cultivados. Los éxitos que arriba se citan no son sino la bota del imperialismo más crudo, que sigue perpetuando la idea de que existen países consumidores, víctimas; y países productores, culpables. Esto es falso. Pero también dice que “desde que en 2004 el Plan Nacional de Drogas pasó del Ministerio de Interior a Sanidad, para reflejar un enfoque sanitario y no solo policial en el tratamiento del problema en España, el consumo de cannabis cayó del 11,2 al 9,2 de cada 100 adultos que lo han consumido en el último año”. Algo difícil de creer cuando la marihuana es la droga menos peligrosa y más consumida del planeta.

Octavo. Gil Kerlikowske, nombrado por Obama como máximo responsable anti drogas de EEUU sostiene que la legalización no es posible ya que nadie ha construido un sistema de legalización exitoso, además se tendrían más sustancias alteradoras de la voluntad a mayores del tabaco y el alcohol; y que, aún de alcanzarse una fórmula, los “estados-fallidos” no podrían controlarla en legalidad. De lo primero cabe tomar prestadas las palabras de la Asociación de abogados del condado de Nueva York: “Cualquier política que ocasiona más daños que los problemas sociales que se propone solucionar debe ser revaluada en cuanto a la conveniencia de continuarla. Y es que sólo con el ensayo y el error se puede mejorar”. Si la prohibición no funciona (y no lo hace), intentemos otra cosa. De lo segundo ya se ha dicho que legalizar no implica mayor disponibilidad o consumo, y aún en su caso, conviene recordar que hoy día las drogas ya están disponibles, después de dar dinero a delincuentes, generar violencia en la sociedad, víctimas en los consumidores y corrupción en los gobiernos. Por último, afirmar que los países productores no tienen la estructura de gobierno para controlar un mercado legal es una bravuconada, al margen de la cual, se ha demostrado que tampoco “la tienen para combatirlo”. Sólo en el mes de mayo de 2011 fueron asesinadas en Nuevo León 241 personas y en el primer semestre de 2011 la cifra llegó a 960, para finalmente alcanzar el 21 de julio las 1003 ejecuciones mientras que en más de 40 años las víctimas de ETA alcanzaron las 826. Tras millones de muertes en México igual es hora de cambiar de estrategia.

Plantación de Marihuana en algún lugar de Colombia

Plantación de Marihuana en algún lugar de Colombia

Noveno. Hay quienes sostienen que es éticamente correcto luchar contra esta lacra, contra este consumo de drogas que muchos no dudan- y tal vez con razón- en tildarlo de “innecesario”. Es importante recordar que la gente no se droga “porque lo necesite” sino porque quiere hacerlo. Pensar lo contrario es tan atrevido como creer que una visión de lo “ético” es mejor que otra. Que drogarse sea bueno o malo es un asunto delicado. Pero las consecuencias nefastas de la prohibición merecen un absoluto rechazo. Es una cuestión política grave y la solución debe imponerse al margen de consideraciones éticas. ¿Si no podemos acabar con el tráfico y legalizarlo tiene efectos positivos, hay algo más ético?

Décimo. Algo tan antiguo como el consumo es la delincuencia. Siempre que han existido normas ha habido personas que han estado ahí para romperlas. Pensar que legalizar eliminaría a las mafias es para muchos una utopía. Mafias que sigan incumpliendo normas y facilitando, por ejemplo, el consumo en los menores. Esta utopía de un mundo sin narcotráfico no es muy distinta de aquella de un mundo sin drogas. O tal vez si. Resulta innegable, de un lado, que el control estatal reduce considerablemente la entrega de productos peligrosos a menores. Al tabaco y al alcohol me remito, pues aunque no sea imposible, un vendedor serio comprueba la edad antes de vender, porque se juega el puesto, mientras que a un camello le es indiferente porque ya trabaja en la ilegalidad. Que la legalización no va acabar con el negocio ilegal es cierto, como también lo es, de otro lado, que supondrá la estocada letal a mafias y organizaciones criminales, por restarles la financiación que les hace fuertes al arrancarles el monopolio del producto.

Insistía al principio que no son muchos los medios que se pronuncian a favor de continuar con la prohibición de las drogas, y que aquellos que lo hacen no acompañan sus palabras de argumentos serios que puedan soportar la arremetida de la crítica. Aún así he procurado ofrecer en este decálogo muchos de los más comunes eslóganes prohibicionistas, que ayer y hoy se emplean con dolo malicioso por algunos y con triste- y no culpable- desconocimiento por otros.

Confío que en que esta reflexión incite al debate, y lleve a muchos a preguntarse, más allá de lo jurídico, si realmente hay razón para no legalizar las drogas.

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Trasnochada caballerosidad. Cinéfilo y melómano, estudiante de derecho en su tiempo libre. ☐ Bodrios infumables. ★ Típica película de domingo. ★★ Buenas películas, de las que aportan algo. ★★★ Obras maestras. Estas maravillas irrepetibles. ☞ Cinéfilos. ¿Te gusta el cine?

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