Desmontando Jurassic World

Una sepia camuflándose en el fondo marino. Este mimetismo se consigue gracias a unas células pigmentarias de la piel.

Se suele decir que de los errores se aprende pero en Jurassic World nada se ha aprendido de los fallos del pasado. Una vez más, los intrépidos carnívoros prehistóricos han surgido de las cenizas del pasado para darse un banquete con los turistas y curiosos que apuestan por unas vacaciones en la isla de Nublar. Con un despliegue de medios y tecnología más avanzada que sus predecesoras, este nuevo “parque turístico” abre sus puertas, exhibiendo tanto carnívoros como herbívoros. Cuidado spoilers porque en este artículo vamos a hablar de algunas escenas un tanto “curiosas” de la película.

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La rana arborícola puede disminuir la radiación térmica que emite para pasar inadvertida a los ojos de la serpiente.

El argumento principal gira en torno a una empresa de tecnología genética que decide que los dinosaurios en exposición son poco agresivos y deciden usar la genética para idear un superdinosaurio, más grande, con más dientes, más salvaje, más agresivo y con más mala leche. Hasta ahí todo bien, pero ¿qué genes usan para este nuevo réptil? Bueno, en una escena se ve como el “Indominus rex” es capaz de pasar desapercibido a los detectores térmicos, debido a los genes proporcionados por la rana arborícola. También, en otra escena, se ve como el monstruo se camufla gracias a los genes proporcionados por la sepia. La razón de meter genes de estos dos animales es entendible si se piensa que diseñar un material genético desde cero es imposible pero hay más animales que poseen estas características y que evitarían la termorregulación a voluntad y el camuflaje.

Comparativa del Indominus y el humano. Apreciénse el leve plumaje en los antebrazos.

Pero no acaba ahí la cosa porque supuestamente los genetistas que trabajaron en el proyecto también metieron genes del Velociraptor, que vuelve a ser de un tamaño desproporcionado con respecto a la realidad. En otros artículos decíamos que el velociraptor tenía aproximadamente el tamaño de un Golden Retriever. No pasa nada, hacemos esa concesión a los productores, lo que no aceptamos es que de todos los genes que tenía el raptor escojan el gen del “habla”, como ellos lo denominan, para introducirlo en el genoma del Indominus. Para hablar con los otros ciento cincuenta Indominus que planeabais producir, si no es tontería, a menos que lo pongas a hacer monólogos, claro.

Según las últimas investigaciones, los raptores cazaban en grupos de 3 o más individuos.

Ya metiéndonos en profundidad en materia genética hay bastantes fallos. Si tu quieres añadir una característica de un animal al genoma de otro (ejemplo gen que codifica la característica “garra afilada” suponiendo que haya un solo gen que regule dicha característica) no coges un pedazo de ADN enorme y lo metes a martillazos. En la película se da a entender que el gen codificante venía acompañado de otras características del animal en el mismo gen. Eso o que cogisteis la mitad del genoma del donante y lo metisteis, cosa que es inviable porque el embrión no tendría futuro. Y por si fuese poco, con una puntería que mete miedo, han cogido el gen que codifica para la característica que querían y además para el camuflaje. Impresionante.

Uno de los pocos aciertos que han tenido en la película, a mi parecer, es ponerle una especie de “plumas” en los antebrazos al Indominus Rex. Es bien sabido que las aves descienden de los dinosaurios y muchos de ellos a finales del Cretácico (última era del Mesozoico) poseían abundantes plumas. En particular, una variedad de Velociraptor, el Velociraptor mongoliensis poseía en su piel un plumaje muy denso, según las últimas investigaciones científicas. Ha sido curioso que el Indominus haya heredado el poder hablar y no el plumaje característico de los raptores.

El velociraptor mongoliensis tenía un denso plumaje. Obsérvese la comparativa con un humano.

Sin duda otro de los puntos  clave de la película es la rotura del recinto de dinosaurios voladores. Cuando estos se escapan provocan un gran revuelo entre los visitantes, atacando todo lo que se cruzase en su camino. Desde un punto de vista práctico no creo que sea una muy buena idea producir dinosaurios voladores si construyes el parque en una isla para que no se escapen. Cabe la posibilidad de que se vayan volando a anidar en el tejado de alguna casa. Por otra parte, el Dimorphodon fue un dinosaurio que vivió en el Jurásico Inferior y cuya alimentación era básicamente piscívora (se alimentaba de peces). En cambio en Jurassic World estos animales parecían querer comerse a las personas.

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La dieta del Dimorphodon era básicamente peces y pequeños dinosaurios.

En Jurassic World también hemos podido ver el lado humano de estas criaturas. Por una parte, el Indominus Rex mataba “por placer” a otros dinosaurios sin alimentarse de ellos. Una manada de Apatosaurus despedazados es una buena prueba de ello. Ningún animal, salvo rarísimas excepciones, mata por placer. A los genetistas de InGen quizás les pareció una buena idea meter genes humanos al pobre Indominus y hacer de el una bestia agresiva y salvaje. Lástima que no haya un gen que codifique esa acción. Al final de la película podemos contemplar un T-Rex que, despúes del combate contra el Indominus, mira a sus aliados con cariño y se va, dejándolos vivir por ayudar a matar a su contrincante. Si eso ocurriese en la realidad el Rex se habría puesto las botas, porque recordemos que los animales no disciernen de amigos, aliados o enemigos. Los animales no atacan a los de su misma familia o clan familiar debido a que detectan las sustancias propias de sus congéneres, es decir, mediante los olores son capaces de diferenciarlos. Tampoco pueden sentir amor o compasión, esos sentimientos son humanos. Esas famosas investigaciones sobre que un perro siente en su cerebro lo mismo que nosotros cuando nos enamoramos es porque los mismos neurotransmisores (las moléculas que sirven para desencadenar impulsos nerviosos y acciones neurológicas) que fomentan una acción también fomentan la otra, como el placer de ser acariciado.

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El Mosasaurus de Jurassic World y el auténtico.

Otro error bastante grave del cual se sienten orgullosos los productores de Jurassic World es la exageración. Desde la primera película, el tamaño de los dinosaurios no ha dejado de crecer. Primero fue el Velociraptor, luego el Suchominus y ahora el Mosasaurus. Este gigante de las profundidades es la mayor bestia del parque con sus 203,3 m de largo, más alto que una secuoya. La ballena azul mide 17,9 m de largo y su longitud es muy parecida a la del verdadero Mosasaurus. Midiendo el tamaño de la cabeza que sale en la escena en la que el Mosasaurus se come un tiburón blanco, quedándose con hambre la verdad porque para el eso era una sardinita, se obtiene una longitud de 22, 7 m. Extraño. Mediante un sencillo cálculo de proporcionalidad se obtiene esa monstruosa cifra de más de 200 metros. Entiendo que en la gran pantalla la exageración vende, es bueno exagerar pero hay un límite creíble. Y aún siendo verdad, ¿Qué se os pasó por la cabeza para traer de vuelta a un bicho como esos y hacerle una “pecerita” al lado mismo del océano? Sin duda Jurassic World tenía que venirse abajo, estaba claro.

En conclusión, nos hemos dedicado en este artículo a ser un poco críticos con algunos aspectos de Jurassic World que no son del todo precisos. No obstante, en mi humilde opinión, es una película muy recomendable y entretenida. Jurassic World es un muy buen modo de iniciar a los más jóvenes en el mundo de la paleontología y de la paleozoología, dos disciplinas que nos permiten conocer que criaturas poblaban nuestro mundo en aquellas remotas y olvidadas épocas.

Para saber más:

Vídeos sobre la evolución de las aves

http://www.prehistoric-wildlife.com/species/m/mosasaurus.html

Información sobre Mosasaurus

http://animals.nationalgeographic.com/animals/prehistoric/velociraptor-mongoliensis/

Velociraptor mongoliensis

http://www.nationalgeographic.es/ciencia/mundos-prehistoricos-/jurasico-periodo

Breve artículo sobre el Jurásico en National Geographic

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Pontevedrés, residente en Santiago de Compostela. Estudiante de Biología en la USC, investigador en formación y amante de la ciencia.

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