Devuelvo mi Pasporte

He de confesar que desde hace un tiempo he fantaseado con ello, no me malinterpreten, me gusta ser español, me siento español, pero también siento en demasiadas ocasiones la tan nuestra vergüenza ajena. España no es un país que se caracterice por una histórica tradición democrática, somos todavía unos novatos en las urnas y cada cuatro años se presentan las “elecciones más importantes de la historia del país”; pero es innegable que este domingo es más que trascendente. Desde hace semanas puede sentirse la tensión en el ambiente, unas elecciones diferentes guarecidas bajo el espíritu navideño. Y sin embargo no me importan lo más mínimo. ¿Para qué lo van a hacer si quiero dejar de ser español?

La agresión contra el Presidente del Gobierno en Pontevedra, y su posterior reacción de celebración en las redes sociales por parte de algunos, ha colmado mi paciencia como la enésima muestra de violencia en el ámbito político nacional y como la carencia absoluta de valores éticos en una importante parte de la sociedad. No tengo reparos en admitir mi desagrado con el señor Rajoy, al que considero un hombre competente y capaz pero en otro puesto que no sea el del jefe del ejecutivo, pero de ahí a propinarle un puñetazo existe un trecho. Mi condena sería exactamente la misma si en lugar del presidente hubiesen estado presentes en la plaza de la Peregrina los señores Sánchez, Iglesias, Rivera, Garzón o la señora Rosa Díez, por mucho que esta última hubiese insultado a los gallegos.

El puñetazo de un joven de 17 años al presidente del gobierno únicamente demuestra el nivel cultural de esta nación, no es más que otra apología a la ignorancia estatal. Somos un país roto, intransigente, irrespetuoso y corrupto donde la moralidad se desvanece de las páginas del diccionario. ¿Por qué seguir en él? No encuentro razones que me conduzcan a seguir en un país donde sobran las universidades y falta la educación, donde el adoctrinamiento periodístico aprovecha el analfabetismo de los miembros de la sociedad de la información y donde la chabacanería y el populismo son el prototipo cultural estándar.

La política es reflejo de la sociedad y la española todavía tiene un gran recorrido hasta madurar. Así que si me disculpan, voy a devolver el pasaporte.

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