EL ARTE EXPLOTA

El conocido personaje de Rowan Atkinson, Mr. Bean, en su estrepitosa versión cinematográfica nos aparece como un vigilante de la National Gallery. Se nos dice por el contexto que fue contratado por el director del museo. Dada su ineptitud para cualquier tarea, el consejo del museo lo quiere echar, pero el director se opone. La situación se soluciona de forma salomónica al enviarlo EUA como experto de arte para que haga conferencias durante tres meses.

Actualmente esta cómica escena sería muy difícil reproducirla en el Estado español, ya que muchas veces gestión de los museos no depende de ellos mismos. Ahora sabremos que sucede ahí, ya que un velo de tupido silencio en los medios lo esconde. Antes de empezar quede claro que me refiero a los trabajadores de información, entradas y guías. No los técnicos, críticos y demás que trabajan para el museo. Hablaremos de los proletarios de la cultura, los trabajadores que no viven de su faena intelectual, si no física, en la cultura.

La gran mayoría de los museos tiene externalizada su gestión. De este modo ahorran dinero en personal y son más rendirles a ojos de la administración.  Las empresas que los gestionan lo hacen a través de un concurso público, en que las diferentes entidades que lo quieren gestionar ponen a la palestra los precios que requieren. Pero siempre hay un mismo ganador, el que es capaz de poner un sueldo más bajo a sus trabajadores. Porque este es el fin de la externalización; ser más barata que la gestión directa. Si fuera por contratación directa, los empleados tendrían vacaciones pagadas, sueldos dignos, garantías sindicales, etc…

Los trabajadores culturales no tienen todas esas ventajas, si bien es cierto que es un trabajo ideal para estudiantes de humanidades, o para sacarte “unas pelas” en el verano, es un forma de precarizar el sector.

Las empresas de gestión cultural viven como ETTs que colocan a los trabajadores, muchas veces con más experiencia en el mundillo que su jefe, para guardar las paredes de los museos, admirando la misma estancia con los mismos cuadros derechos durante meses. No es un trabajo muy duro, lo duro es que un intermediario se lleve casi la mitad del sueldo del trabajador, solo por  posibilitar el trabajo. Un trabajo que no tiene ninguna salida, ya que al estar subcontratada la empresa no puede ascender realmente a sus trabajadores, nunca entrarán en la estructura del museo, ni podrán cobrar más.

La acción sindical es otro problema, con el recuerdo de la lucha de acomodadores del Teatre Nacional de Catalunya, despedidos al ganar otra empresa el contrato y que después de denunciar en el juzgado el caso, el juez obligó a la contratación directa por parte del teatro. Si el lector lo busca verá que en la web del TNC se ponen los nombres de los acomodadores como miembros del equipo, en el Teatre Lliure esto no sucede, ni en ningún museo.

La lucha sindical en muchos museos se imposibilita, habiendo un precedente y ya que la organización entre este tipo de trabajadores es muy simple, directamente despiden a los trabajadores sindicados, o hacen que los comités de empresa los lleven los cuadros altos de trabajadores.

Estos hechos ilustran una miseria moral y económica, una miseria que convierte los museos en lugares de explotación para los trabajadores. No en lugares de goce para la contemplación y estimulación cultural. Si vaís al museo Picasso veréis guarda-paredes mal pagados y después cuadros. Si vais al teatro al acomodador le pagan a 5 euros la hora. La entrada vale más que una hora de trabajo. Si queréis hacer una visita guiada al CCCB recordad; más de la mitad de lo que ganaría el guía se lo lleva la empresa intermediaria.

Mr. Bean en su película, estornuda delante de La madre de Whistler provocando el conflicto del film. Esta imagen podría ser una metáfora de los que sucede ahora en los museos, con el sueldo y las condiciones de trabajo de los guarda-paredes. Se terminaran poniendo obras de arte delante de gente sin ninguna preparación ni bagaje estético, que no podrán entender lo que tienen delante.

Decía el filosofo que no hay estética sin ética. Pues bien, parece que la industria cultural de este país tiene estética pero no ética. No la tienen, ya que en estas instituciones no hay más buen hacer con los trabajadores que en otra empresa capitalista. Bien, la pregunta es; ¿Queremos un arte que explote a los trabajadores? De la acción colectiva de los lectores depende todo el juego.

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Joan Vila i Boix

Nacido el 1991, estudio Historia del Arte en Barcelona. Escribo crítica de arte y de literatura, con pasión y compromiso. Creo en la importancia de los detalles que pasan desapercibidos. Todo eso lo hago de forma clara y catalana, paradójicamente en castellano.

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