El burdel informativo sobre América Latina

Los totalitarismos de un atrincherado siglo XX supieron comprender con gran maestría los poderes que emergían de los medios de comunicación, siendo difundidos a través de ellos los idearios que condujeron a  inminentes desastre morales de nuestra historia, tal y como ocurrió en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Con el giro de los acontecimientos y una vez construidas las democracias occidentales, estas se apropiaron con igual fervor de los potenciales propagandísticos y generadores de ideología que radican en los medios de comunicación. La política quedó atrapada en el discurso generado sobre papel, radio o televisión al mismo tiempo que la sociedad mutaba en  víctima del tremendo proceso de espectacularización del que Adorno y Horkheimer ya nos advertían en su análisis sobre la llamada industria cultural. Y es que el neoliberalismo comprendió, como ya lo habían hecho en el pasado líderes de ideologías sumamente antagónicas entre sí, que  la garantía de una profunda transformación en su favor  era conseguir que la sociedad cambiase su forma de entender la realidad. En el marco histórico actual, donde los medios constituyen uno de los pilares básicos del poder, los individuos, que antes se decían miembros de la susodicha sociedad, fueron transformados en la llamada opinión pública y a su vez, el sistema consiguió proyectar la imagen de que la corporación mediática era portadora de independencia, autonomía y capacidad crítica al mismo tiempo que garantizaba la libertad de expresión De este modo, se ocultaba bajo una fórmula sencilla pero eficaz los lazos esenciales que vinculaban y vinculan –quizás hoy más que nunca- a los medios de comunicación con los intereses económicos dominantes.

Si bien es cierto que existen diversas posturas en cuanto hasta qué punto los medios de comunicación definen la opinión pública, es innegable la función que han ejercido los mismos en cuanto a la propagación de las ideas neoliberales, transformando los intereses particulares en intereses del conjunto de la sociedad y neutralizando así unas prácticas que van ligadas exclusivamente al lucro y a los objetivos de quienes se sitúan en el poder económico, que son, a su vez, los mismos que financian la actividad periodística de la mayoría de medios de relevancia. Cabe cuestionarnos, en consecuencia, si sigue siendo cierto el tan repetido mantra de que el periodismo es el cuarto poder de la democracia o, en su defecto –y todo apunta a que es de este modo- ya no es más que una ramificación del primer poder, el económico. Este sentimiento hacia los medios de que tan solo responden a fines económicos, ligado a la manipulación que ejercen para ello a través de las noticias, se ha convertido en generalizado, siendo especialmente latente en nuestro país, donde la polémica de la concentración mediática amenazadora del pluralismo mediático constituye una de las críticas más actuales hacia nuestro periodismo.

La Constitución Europea indica la necesidad de proteger de manera comunitaria la libertad en los medios comunicativos, los cuales se deben asentar en los pilares del pluralismo informativo. En consecuencia, el Consejo de Europa define la noción de pluralismo del siguiente modo:

 “Desde el punto de vista de las concentraciones de los medios, como la posibilidad de que una larga gama de valores, opiniones e informaciones e intereses de orden social, político y cultural puedan encontrar el medio de manifestarse a través de los medios de comunicación de masas. El pluralismo interno, se da a través de opiniones e informaciones que encuentran un vehículo de expresión en el seno de un organismo determinado del sector de los medios, el pluralismo externo a través de un cierto número de estos organismos, cada uno expresando su punto de vista

En este sentido, podemos  afirmar que el pluralismo informativo se relaciona con la diversidad y proliferación de medios de comunicación; puesto que mientras más fuentes de información existen mayor libertad de elección es posible para los ciudadanos en cuanto a la consolidación de su opinión. El problema radica en que ha dejado de importar cuántos medios existan; pues ahora lo relevante es su fuente de financiación, siendo curioso como medios con líneas editoriales aparentemente antagónicas, como es el caso de LaSexta y Antena3, pertenezcan a un mismo grupo y sirvan a los mismos fines. Es indudable que, pese a todo, no nos encontramos ante una prensa totalmente homogénea, puesto que es innegable hallar diferencias entre, por ejemplo, La Razón y El País o entre las cadenas de televisión anteriormente citadas. Sería tildar de un tono demasiado catastrofista afirmar lo contrario, puesto que, afortunadamente, todavía siguen existiendo líneas editoriales y no LA línea editorial. Sin embargo, respecto al trato de ciertos temas, es cierto que sí hallamos un horizonte común que, por supuesto, no es conformado por los periodistas como profesionales individuales, sino por la cúpula que los dirige y que, como ya hemos señalado, en base a sus intereses, no responden a ningún ideal asentado en la defensa de la información, sino a la consecución de fines comerciales determinados.

Respecto a esto último, me gustaría profundizar en un ejemplo claro de la ausencia de rigor periodístico dado por las razones anteriormente expuestas y que se centra en la cobertura de América Latina por los medios españoles.

 En 2012 Mark Weisbrot, uno de los analistas internacionales más conocidos y respetados en EEUU, escribió un artículo en el International Herald Tribune en el que exponía datos que dejaban en evidencia las informaciones que los grandes medios de comunicación de España  publicaban en sus reportajes acerca América Latina. El artículo, naturalmente, fue ignorado por la prensa española, pues Weisbrot mostraba como la práctica periodística de tales medios en dicha materia respondía más bien al campo de la propaganda política que al de la información.

No me gustaría que se confundiese este ensayo como una muestra de apología a ningún gobierno latinoamericano, pero sí me gustaría destacar cómo a través de esta visión propagandística de los medios se ha faltado a los principios que supuestamente configuran el periodismo. De este modo, podemos ceñirnos al tratamiento de los contenidos informativos con respecto a Venezuela durante el gobierno de Hugo Chávez, país al que todos los medios españoles, destacando especialmente El País en los últimos tiempos, se han referido como una dictadura. En relación con esto, Sebastián Lavezzolo, politólogo e investigador de la Universidad de Nueva York,  explicaba en un artículo del periódico digital –e independiente- eldiario.es cómo el definir Venezuela como dictadura o democracia resultaba una tarea complicada. Lavezzolo explicaba así que, según su análisis de las medidas del gobierno chavista, desde 1993 hasta 1999 se puede concluir  en que todas ellas eran plenamente democráticas y que solo a partir del año 2000, al producirse el cambio de las reglas electorales con la reforma de la Constitución, se le plantea difícil catalogar el régimen político presente entonces en Venezuela, dadas las dificultades del cambio de gobierno. Otros politólogos destacados a nivel internacional expusieron sus opiniones acerca del país: para Preworski la democracia venezolana se extiende de 1993 a 2005, siendo difícil la clasificación del sistema entre 2006 y 2013. Cheiub concuerda con Lavezzolo en cuanto al periodo indiscutiblemente democrático y también con respecto a las dudas que nacen a raíz del año 2000 y para Boix, por otro lado, la democracia está plenamente presente hasta 2004  y se deteriora en 2005 -cuando la Asamblea (sin presencia de la oposición al no haberse presentado) aprueba un Decreto Habilitante que da poderes especiales al Presidente- y todavía más en 2007 dada “la utilización de recursos del Estado para influir en las elecciones, la descalificación ilegal de los candidatos de la oposición y la represión a los medios opositores”.  Polity no hablará del fin de la democracia venezolana hasta 2008, dando por comenzada al año siguiente una dictadura; y, por último, Epstein expondrá la siguiente distinción: Democracia (1993-1998), Democracia Parcial (1994-2008) y Autocracia (2009-2013).

En correspondencia con las conclusiones de los diversos analistas de las ciencias políticas, cabe de esperar que se haya ejercido a través de los medios una crítica hacia un país como Venezuela en el que, tal y como hemos observado, durante el gobierno de Chávez se produjo un deterioro del sistema democrático. Lo que no se puede consentir, desde el punto de vista de la moral periodística, es que la crítica legítima se convierta en propaganda y que esta se fundamente en la manipulación de la realidad. Un ejemplo claro de las diversas manipulaciones que se han llevado a cabo con respecto a Venezuela y que, todavía hoy, tras la muerte de Chávez y con el gobierno de su sucesor Nicolás Maduro, se siguen publicando, son las referidas a la racionalización de alimentos. La crítica que se ejerce desde los medios de comunicación españoles no deja de repetir el mantra del proceso de “cubanización” en Venezuela, mostrándonos una imagen denigrante de un país que nos recuerda a un pasado retrógrado que en España también nos tocó vivir. Pero la diferencia que existe entre la racionalización de alimentos que se sufrió en España tras la Guerra Civil y la que se produce en Venezuela es que la de esta cios accesibles para las familias con menos recursos en supermercados estatales. Lo que estaba ocurriendo en Venezuela  es que los bajos precios de los productos fueron un aliciente para el negocio del contrabando a través de sus fronteras, especialmente con Colombia, lo cual estaba costando al menos un 40% de los alimentos necesarios para satisfacer la demanda interna. La imagen que los medios españoles proyectó acerca de esto fue más bien la  de una mala gestión por parte del gobierno que la de una medida que permitiese mantener un sistema igualitario en lo que al acceso a bienes básicos de consumo se refiere. Y es que dado el hecho de que la mayoría de nuestros medios se financian a través de multinacionales que ni simpatizan ni cuentan con el favor del gobierno socialista venezolano, la tendencia siempre es el de atacar cualquier medida impulsada por los mismos a la vez que se santifican a sus opositores.

Otro de los objetivos preferidos de la corporación mediática es, sin lugar a dudas, Ecuador. El gobierno de Rafael Correa ha recibido numerosas críticas por parte de la prensa española y estadounidense, siendo demonizado a raíz de una ley propuesta que tiene como objetivo combatir el oligopolio en la propiedad de los medios de comunicación. La propuesta del presidente del gobierno, en términos generales,  trata de forzar el pluralismo de los medios de comunicación prohibiendo, por ejemplo, que un propietario de un medio pueda poseer otro. Además, no está permitido que los banqueros sean propietarios de ningún medio ni que los dueños de estos sean accionistas de alguna empresa. A raíz de estas medidas y de las férreas críticas que el propio presidente ejerció contra la prensa de Ecuador y la de otros países, entre los que se halla España,  su postura ha sido manipulada por los medios, transmitiendo la idea de que Rafael Correa aboga por la limitación de la libertad de expresión, cuando su argumentaría se basa en realidad en lo contrario: liberar a la prensa de las presiones del poder económico para así poder garantizar información de calidad al servicio de la ciudadanía y no de unas cuantas multinacionales. Un ejemplo de cómo los medios descalifican este  tipo de medidas es  el artículo publicado el 28 de julio de 2014 en el periódico  El País, donde se compara el modelo de prensa de Rafael Correa con una combinación de los Nodos del franquismo y prensa amarillista, un símil demasiado agresivo sobre todo si tenemos en cuenta que proviene de un medio frente al cual se han ejercido numerosas críticas respecto a su labor periodística.

Resulta sorprendente el contraste entre el trato informativo hacia países de América Latina donde gobiernan líderes de izquierdas y el silencio  que se da respecto a naciones como Colombia, Arabia Saudí, Honduras, Dubái, donde las más graves violaciones de los Derechos Humanos se dan día a día. Prueba de toda esta hipocresía de nuestros medios son la actitud mostrada ante el ataque militar a Libia, el apoyo a la oposición pronorteamericana de Siria, la ausencia de información acerca de la invasión de las tropas de Arabia Saudí en Bahrein o la falta de denuncia del, cuanto menos, poco ético comportamiento de muchas de las multinacionales españolas en Latinoamérica. También resulta curioso que, mientras la violencia en Venezuela siempre ha sido denunciada de un modo muy persistente, no haya rastro de críticas hacia el país más violento de América Latina, Honduras, cuya violencia de carácter político es consecuencia de la fuerte represión que ejerce el gobierno hondureño, cuyo partido pertenece, por cierto, a la misma Internacional Liberal que Convergencia Democrática.

Nº de resultados en las hemerotecas web de periódicos españoles (9/12/2014) Venezuela Arabia Saudí
EL PAÍS 8727 2795
EL MUNDO 10732 3633
ABC 17091 6030

Todo este tipo de hechos suceden con el favor del silencio de los medios de comunicación, mientras que estos se acreditan el honor de defensores de la libertad y la democracia cada vez que critican a gobiernos como el de Venezuela o Ecuador, siendo el engranaje empresarial sobre el que están constituidos la única razón que les lleva a esto.

 El comportamiento sesgado de los medios de comunicación españoles debe ser interpretado como una herramienta de manipulación, puesto que no solo decir cosas que no son ciertas ni están contrastadas arremete contra el espíritu periodístico, sino que también lo hace el no publicar informaciones debido a intereses empresariales o políticos. Es por ello por lo que cabe cuestionarse si se nos manipula más a través de lo que no nos cuentan, que mediante lo que nos cuentan y comenzar a plantearnos si desde el gobierno, cuyo fin es rendir cuentas a la sociedad civil y no a la corporativa, se debería impulsar en España algún tipo de medida que garantice la independencia periodística frente a los grandes grupos empresariales que, absortos en sus negocios, utilizan estos mecanismos mientras se asientan en el mantra orwelliano de que la ignorancia es la fuerza.

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Nací en el Portonovo del 1996 y lo que escribo es, probablemente, patológico.

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