El eterno arbitrista español

Vivimos una época en la que destacan los paracaidistas que traen bajo el brazo remedios maravillosos para los males que afligen al reino. Las dulces palabras que la gente quiere oír se visten de novedad porque nos rodean la fibra óptica y el sonido estereofónico. Para quienes rechazamos la idea de que sólo existe el instante presente, estas dulces palabras tienen ecos que retumban en un remoto pasado. Los adanistas que llegan prometiendo el oro y el moro, mezclando aspiraciones legítimas y en gran medida compartidas por la mayoría, con ideas de bombero poco relacionadas con un diagnóstico juicioso de la realidad, viven, una vez más, su momento de gloria.

Dos mujeres en la ventana, Murillo

Dos mujeres en la ventana, Murillo

Llámense populistas, regeneracionistas, neocomunistas o como se quiera, encuentro una palabra más ligada a nuestra historia que, después de siglos, los sigue definiendo: arbitristas. El complicado arte de sangrar la vena de la común riqueza sin que nadie lo sienta en particular se remonta al origen de la Monarquía Hispánica. Las cosas aparecen cuando tienen que aparecer y no antes. Es a finales del reinado de Felipe II cuando surgen los primeros arbitristas dispuestos a resolver de un plumazo los complejos problemas que en lo económico y social atribulaban a España. Envilecimiento de la moneda, despoblación, quiebras del estado… aquella crisis que se prolongó durante el Siglo de Oro tiene poco que ver con la crisis actual, pero la naturaleza humana se resiste a cambiar.

Hoy hay quien defiende que los problemas del dinero público se pueden resolver subiendo impuestos a “los ricos” y “acabando” con el fraude fiscal. Extraña que medidas tan sencillas de entender por todo el mundo no sean aplicadas. Yo sospecho que estos elixires saludan poco a la realidad. Por ejemplo, me ayudaría conocer una definición de “rico” en un país cuya renta media anda por los 22.000 euros pero cuya cantidad de población que declara más de 30.000 es apenas el 15%. También ayudaría saber cómo combatir definitivamente el fraude fiscal cuando nuestra relación de fraude respecto al PIB no tiene una gran diferencia respecto a otros países que se ponen como ejemplo (e incluso es menor que países con más cantidad relativa de inspectores fiscales).

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Tax Justice Network, 2011

Vía eldiario.es

Vía eldiario.es

Siempre hubo elixires mágicos y vendedores de humo. Como homenaje a ellos repasemos algunos descollantes ejemplos de aquellos tiempos en que la gente vestía bonito y disfrutaba de la mitad de nuestra esperanza de vida.

Tenemos a un tal Juan de Arrieta que en su Despertador que trata de la gran fertilidad, riqueza, baratura, armas y caballos que la España solía tener, y la causa de los daños y falta con el remedio suficiente proponía sustituir a las mulas por bueyes en las tareas del campo. Alcázar de Arriaza en su Medios políticos para el remedio único y universal de estos reinos aconsejaba al rey establecer una única contribución (cuestión que defendió uno de los candidatos republicanos en las primarias presidenciales del GOP en 2012).

Estaban los que querían cerrar con una armada el estrecho de Gibraltar y cobrar peaje, los que querían obligar a todos los vasallos a jugar a lo que hoy llamaríamos lotería. Abundaban quienes recurrían al fantástico remedio de hacer trabajar gratis por unos días a los vasallos las tierras baldías de las villas. El gran problema de la inflación hallaba maravilloso remedio en la sustitución del dinero por granos de cacao o por monedas de hierro. No faltó quien propuso tasar cada teja de las casas, panales de abejas y cortijos (me recuerda a que los periódicos ingleses tienen pocas páginas porque en origen existía un impuesto por página. Y las casas británicas tienen pocas ventanas —¡fijaos bien!— porque también hubo un impuesto al número de ventanas). De más está añadir que fueron legión los que decían poseer el secreto de la piedra filosofal.

remedio

En palabras de Manuel Colmeiro (historiador compostelano del XIX que estudió estos asuntos): «El vulgo mudable, antojadizo y aficionado a lo maravilloso se dejaba prender en las redes de los arbitristas, esperando el alivio de su miseria de aquella secta de iluminados».

Quedaría cojo este sainete con la relación de locuras habituales que calientan el oído de las masas. Hace falta añadir que España en aquella época no fue distinta a otros reinos europeos donde los ingeniosos abundaban con mayor o menor fortuna. Y también aquellos que tenían algo más claras las ideas se me hacen necesarios mencionar para combatir esa idea tan hispana de pensar que aquí sólo cultivamos tontos del culo.

Proponía Luis Ortiz en su Memorial al Rey para que no salgan dineros de España aumentar la productividad nacional. Este contador de Hacienda de Felipe II señaló que un problema del país era que exportaba materias primas e importaba productos manufacturados, teniendo esto la consecuencia de un déficit crónico en lo que después llamaríamos balanza comercial. También propuso levantar las aduanas interiores, recortar el gasto suntuario y aumentar los tributos. Esta canción del siglo XVI nos debe de sonar. Sancho de Moncada fue uno de los primeros mercantilistas en defender políticas proteccionistas pues a su entender había demasiados negocios extranjeros en el país. Valle de la Cerda publicó Desempeño del patrimonio de Su Majestad y de los reinos, sin daño del Rey y vasallos, y con descanso y alivio de todos, por medio de los Erarios públicos y Montes de Piedad obra que teorizaba tempranamente sobre los montes de piedad y la creación de algo parecido a un crédito nacional. Uno de los más famosos nombres de la Escuela de Salamanca, Tomás de Mercado, como sus compañeros tuvo una visión del préstamo y del interés que chocaba con la idea postulada por la Iglesia Católica (ellos condenaban también la usura, pero no la utilidad práctica del préstamo). Su denuncia del envilecimiento de la moneda le valió la cárcel (en nuestros días el BCE se crea para envilecer el euro un 2% al año).

No me extiendo más, tan sólo pretendo con estas líneas apuntar a que los paracaidistas han existido siempre, pero también las personas con algunas lecturas más a su espalda. De nosotros depende escuchar a unos o a otros.

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¡Mira mamá sin comas!

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