“El fútbol, como decimos nosotros en Brasil, es una religión”

Ayer la Selección Española de Fútbol, reconocida internacionalmente y clara favorita para este Mundial, se despedía del título tras perder en la primera fase contra Chile, de la que se ha dicho hoy que es “la otra roja” que domina el fútbol. En Francia la prensa dice que hemos entregado la corona, en Alemania que abdicamos, en Italia tildan nuestro paso por Brasil como un desastre, en Reino Unido el Daily Mail publicaba hoy: “El campeón del mundo está fuera, el primero que se marcha del torneo matemáticamente y psicológicamente”, y The Guardian sentencia con un: “España se estrella”. Hoy España se despierta triste, triste por no haber conseguido otro título que ganan unos pocos pero que disfrutan muchos. El fútbol domina nuestros sentimientos, llena nuestras plazas y nos hace sentir de una determinada manera; mientras otros, los que viven más cerca de la fiesta del fútbol internacional lo pasan realmente mal. El país del fútbol sufre, no quiere deporte, quiere vida. Y nosotros nos quejamos por algo que carece de importancia. Vayamos al principio para entender todo esto, que no pertenece a nuestra selección, sino Brasil: la gran afectada.

La Federación Internacional de Fútbol Asociación, con sede en Zurich, es el ente superior que rige el movimiento de la pelota. Domina toda la industria del fútbol, absolutamente todo el dinero que ha conseguido manejar lo que antaño era un noble deporte. Fu un brasileño, João Havelange, el que empezó a cambiar el destino de el deporte, apostó por una globalización del negocio (McLuhan y su aldea global) para conseguir un mayor público objetico, un target mucho más numeroso, empezando por hacer un Mundial en Asia en 2002 para explotar todo lo que se pudiese aquel continente aún por descubrir a través del juego del esférico. Unos años más apareció Joseph Blatter, con la política de rotación de mundiales por continentes, y que allá por el 2007 decidió que el Mundial de 2014 se jugaría en Brasil. El que entonces era presidente de Brasil, Lula da Silva, aceptó, como no, y Brasil se convirtió en sede del Mundial del año 2014 en el momento en el que esto se oficializó: 30 de octubre de 2007.

Mientras en Brasil se producían cambios profundos que todavía no eran del todo visibles. Los jóvenes militantes interesados por la política de Latinoamérica tomaban conciencia política, comentaban lo que hoy se ha hecho realidad, y podemos ver en cualquiera de nuestros informativos o redes de información. Mostraban una gran preocupación por las intenciones del poder público en “privatizar el espacio público, con amenazas de remoción de comunidades pobres sin política habitacional digna y compensatoria, el desmantelamiento del Estadio de Remo para transformarlo en un lugar explotado comercialmente, el carácter elitista de la Villa de los Atletas y la construcción onerosa de un estadio en un barrio habitado y sin infraestructuras”. Estos movimientos a partir del 2009 comenzaron a tomar gran fuerza en universidades, hasta que llegó 2013 y la Copa Confederaciones, el detonante. Los brasileños nunca habían salido a la calle desde hacía 20 años, y ahora, todo el mundo tomaba conciencia política. Las calle se llenaban, protestaban, claro, por algo más que lo subida de precios en el sector público. La mayoría de pancartas ya tenían destinatario muy diferente a alcaldes o empresas de transporte: el Mundial y los Juegos Olímpicos se llevaban, en gran parte, la ira de los manifestantes. “FIFA, paga mi tarifa”, “Transporte estándar FIFA” y “No va a haber Mundial” se empezaban a ver.

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“Estamos preocupados por la exclusión de millones de ciudadanos respecto al derecho de la información y su participación en las decisiones sobre las obras del Mundial, por el desalojo de familias y la profundización de la desigualdad, la apropiación del deporte por entidades privadas y grandes corporaciones a las que los gobiernos están delegando responsabilidades públicas; o la inversión de prioridades en el uso del dinero público que debería servir, prioritariamente, para salud, educación, transporte y seguridad pública” Esto es un documento publicado hace algunos días por nada más ni nada menos que la Conferencia Episcopal de Brasil y con el título: “Los errores del Mundial”. La indignación ha llegado a un nivel inesperado, pero aún así se necesita llegar a más gente: manifestaciones con un carácter más ameno y divertido.

Llegó el primer partido, la inauguración del Mundial. Hace siete años les dijeron a todos que los eventos serían vehículos para la transformación del país. Transcurrido el tiempo toda la sociedad vio que no era así, sino todo lo contrario, y se revolvieron contra ello saliendo a la calle. Maracaná ha tenido en los últimos quince años tres grandes reformas. La última, la del Mundial, ha costado mil doscientos millones de reales (cuatrocientos millones de euros) y fue inmediatamente privatizado para amigos de quienes mandan. Ahí llega la contradicción: hay dinero para los estadios pero no para la salud o la educación, que son una exigencia mínima para el Estado. ¿Cómo no va a salir la gente a la calle? Gaffney lo resume de una manera muy clara: “Los estadios se pagan con dinero público, pero van a manos privadas. Es decir, se hace una concesión por concurso y el Estado le cobra un alquiler anual durante treinta y cinco años, normalmente. El problema es que Maracaná, por ejemplo, costó cuatrocientos millones de euros, el doble de lo previsto, y el alquiler es de poco más de cuatro por año”. El mantenimiento imagínense, roza lo estratosférico. Las criticas se centran en, como diría Antón Losada, en los piratas de lo público, en aquellos que crean e imponen modelos de negocio y de reparto de dinero inaceptables, y por encima de todo las quejas sobre el desplazamiento de las personas residentes en las favelas próximas a los estadios.

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Vasco da Gama: Soy un loco del fútbol, y no estoy contra el Mundial como juego, sino por cómo está concebido

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¿Y la ley del país no protege a los ciudadanos? Hablamos de la llamada Ley General de la Copa, la estructura jurídica  del Mundial y todo lo que rodea al evento a lo largo del año. Esta ley contiene una serie de artículos que han molestado, y mucho, a todo el mundo -y con razón-. Que se permita consumir alcohol en los estadios no deja de ser algo parecido a lo que aquí en España se quería hacer con Eurovegas, pero que por ejemplo, que la FIFA tenga garantizados todos los beneficios si hay alguna especie de catástrofe natural deja bastante que desear. La gente de las favelas no tiene tiempo de soñar con el fútbol, ellos tienen una vida que empujar, y la imagen de los niños en la favelas jugando al fútbol para convertirse en un Neymar es un clásico. Pero fíjense ustedes que poco comprometida es la familia del jugador que dice destinar dinero a estas favelas y va a parar a su bolsillo, parece ser que no recuerdan ni su propia identidad.

La opinión de los brasileños es la primera a tener en cuenta. Según el instituto de encuestas más importante de Brasil, para el 55% de los brasileños el Mundial traerá más perjuicios que beneficios para Brasil. Al mismo tiempo, se dice que el 72% está insatisfecho con las políticas del país. Las promesas sobre infraestructuras se rompen, más de la mitad de las obras y transportes y movilidad urbana parece que no estarán listas a tiempo. Sobre las inversiones, hablamos de aproximados, hay estimaciones que llegan a los diez mil millones de euros, mientras que los estadios han alcanzado los dos mil quinientos (un 90% saldrá de las arcas públicas). Se suele pensar que es un buen negocio organizar un Mundial en un país con una liga potente de fútbol, pero hemos visto que no siempre sale bien.

Los brasileños aprovechan el poco tiempo que tienen siendo el foco de las miradas para denunciar lo injusto que está siendo el fútbol con ellos. No siempre ganan los mejores, hablo del pueblo. Yo he decidido no seguir este Mundial, por respeto, pero me ha sido imposible no saber nada sobre los resultados, todo el mundo que tengo alrededor viven el Mundial: Google, Twitter, mis círculos, incluso el camarero de aquel bar en el que no había televisión y me dijo que España había marcado. Este es mi grano de arena a favor de Brasil.

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Fuerza Brasil.

Nota: Por si quieren más, una recomendación.

 

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Camilo Camba

No soporto el noventa por ciento de las cosas que existen, así que me reúno alrededor del diez restante y lo disfruto como los que soportan todo no lo hacen con nada.

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