El Juicio de Dios

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A caballo o a pie, los Caballeros del Temple eran una fuerza de élite.

El día que acabó el asedio solo se pudo distinguir las columnas de humo negro que manaban de las murallas agrietada por los impactos de los trabucos y catapultas de los musulmanes. Jerusalén, que durante 200 años fue capital del reino al que daba nombre se rindió al todopoderoso sultán Saladino, tras unificar a los pueblos islámicos bajo una bandera y llevar la guerra a los Estados Cruzados de Palestina. La caída de la Ciudad Santa solo fue el principio de la fragmentación y conquista de los reinos, ducados y principados que los supervivientes de las cruzadas fundaron en Tierra Santa.

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Las distintas órdenes monásticas militares con sus escudos.

Los belicosos señores católicos europeos habían perdido contra la media luna y los infieles ahora controlaban los santos lugares. Si bien es cierto que se organizaron más cruzadas para recuperar los territorios ocupados nunca se recuperó Jerusalén ni se obtuvieron victorias importantes contra los sarracenos, pudiéndose decir que casi todas las cruzadas fracasaron. Se perdió con ello el fin de las órdenes militares religiosas que, en el siglo XII, habían ganado riqueza y poder gracias a los servicios presentados al papado y a los caballeros cruzados. Entre ellos destacan, envueltos en un aura de misterio, los caballeros templarios.

 

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Símbolo de los Templarios, dos hombres cabalgan en un mismo caballo como símbolo de pobreza.

Su aparición fue tan rápida como su caída. Originalmente se conocían como Orden de los Pobres Caballeros de Cristo hasta que se les concedió como sede principal el Templo de Salomón, del que hoy solo nos queda el Muro de las Lamentaciones. La Orden del Temple era una orden milita religiosa, ya que sus integrantes eran monjes y a la vez soldados. Tanto su entrenamiento espiritual como su destreza con las armas eran famosas en toda Europa, considerándoselos soldados de élite. La Orden estaba dirigida por el Gran Maestre que desempeñaba el cargo de líder y administrador general de las innumerables posesiones templarias, tanto en oro como en tierras, feudos y castillos. En cada reino existían uno o varios  prioratos dirigidos por un prior, cuya misión era reclutar nuevos caballeros, servir de convento y lugar de acuartelamiento, abastecer de víveres a las campañas cruzadas, ayudar y servir a los peregrinos que iban a visitar los santos lugares. El Temple llegó a convertirse en la orden monástica más rica de la Europa Feudal e incluso más rica que algunos monarcas europeos que solicitaban de los monjes-guerreros múltiples préstamos para financiar sus guerras y construir sus castillos.

Jacques de Molay, último Gran Maestre del Temple.

Así fue como se inició su caída. La corona de Francia le debía tanto dinero al Temple que se decía que el rey tendría que vender dos veces todo su reino para pagar a los acreedores. Sus constantes guerras con estados de Europa lo habían dejado al borde de la bancarrota y era preciso tomar cartas en el asunto y con presteza. Felipe el Hermoso, marido de Juana la Loca -hija de los Reyes Católicos-, urdió una traición a escala nunca vista contra los templarios, envenenando los oídos del Papa con rumores de herejía y apostatismo (renegación del culto a Cristo). El obispo de Roma, Su Santidad, no pudo hacer nada más que acatar las órdenes del monarca francés ya que su propia elección estuvo fuertemente influenciada por Felipe IV, colocándole la tiara papal casi con sus propias manos. Cuando todo estuvo preparado, el rey mandó cartas selladas a sus hombres para apresar a los templarios que debían ser abiertas todas a la vez para evitar la fuga de ninguno de ellos. El día señalado fue un viernes 13 de Octubre de 1307, que se sigue considerando día de la mala suerte en muchos países occidentales.

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Equipamiento de un templario del siglo XII

El proceso contra los templarios no solo fue una auténtica farsa desde el punto de vista jurídico, también desde el punto de vista espiritual los Pobres Caballeros de Cristo eran totalmente inocentes, dado que nunca se encontraron pruebas en ningún priorato registrado de la adoración de los monjes a la cabeza momificada de Juan el Bautista o del ídolo pagano Baphomet, deidad pseudohumana que se atribuía al culto a Satanás. Todas estas acusaciones, al igual que las de sodomía, profanación de la Hostia y otras herejías, fueron un artificio para inculpar a los templarios y así expropiarles todas sus tierras y posesiones. De hecho, al igual que no se encontraron pruebas concluyentes de la culpabilidad templaria, tampoco se halló ni una sola moneda de oro de su tesoro. El Rey y el Papa se repartieron las riquezas junto con la Orden del Hospital o Caballeros Hospitalarios, que se llevaron también una cuantiosa tajada.

Aún así se dice que un grupo de templarios, advertidos de la traición, consiguieron escapar de París la noche antes de que la Orden fuese apresada, pudiéndose llevar la mayor parte del oro templario. Los caballeros supervivientes desembarcaron en algún punto de la costa de Inglaterra y se unieron a la causa de Robert I que, con un ejército de insurrectos, decidió pelear por la independencia de Escocia. Si bien estos monjes-guerreros no despertaron en un principio la simpatía del pretendiente, su habilidad con las armas y su conocimiento de la estrategia militar le fueron muy útiles para lograr su propósito. Los templarios sobrevivieron en estas latitudes, alejados de la todopoderosa Inquisición y de los ojos del rey francés.

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Los caballeros templarios eran la élite de la caballería europea feudal.

Se han escrito miles de libros que cuentan su historia, se han tejido cientos de hipótesis sobre su existencia en la actualidad, se ha especulado mucho y se sabe muy poco. Más allá del conspiracionismo que nubla nuestro conocimiento de la Historia, podemos concluir que la Orden del Temple ha jugado un papel determinante en la historia medieval Europea y en las Cruzadas, donde su valor y entrega a los peregrinos permitió a muchos de ellos culminar sus peregrinaciones a Palestina. Serán recordados siempre con un halo de misterio, sombras e ignorancia, siendo así como muere la historia y nace la leyenda.

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Pontevedrés, residente en Santiago de Compostela. Estudiante de Biología en la USC, investigador en formación y amante de la ciencia.

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