El mar, de John Banville

“Estaba pensando en Anna. Me obligué a pensar en ella, lo hago como ejercicio. Ella se alojaen mi interior como un cuchillo, y sin embargo empiezo a olvidarla. La imagen que tengo de ella en mi mente es ya deshilachada, se le están cayendo los trozos del pigmento, del pan de oro. ¿Algún día estará el lienzo vacío? He llegado a comprender lo poco que la conocía, es decir, qué superficialmente la conocía, qué mal. No es que me culpe por ello. Aunque quizá debería. ¿Fui demasiado perezoso, demasiado desatento, estuve demasiado pendiente de mi? Si, todas esas cosas, y no obstante no me parece que sea una cuestión de culpa, este olvido, este no haber conocido. Me imagino más bien que esperaba demasiado de ese conocer. Me conozco tan poco, ¿cómo iba a conocer a otro?”

-Extracto de El mar, de John Banville-

 

Busqué, – al igual que otros ansiosos lectores, quiero pensar – por todas partes, en diferentes puntos de España y en librerías de distintas clases. Al parecer, tras el reconocimiento del autor con el premio del Príncipe de Asturias, las existencias de este libro se agotaron y la editorial se preparaba para sacar a la luz los nuevos ejemplares. Antes de que esto ocurriese, la obra llegó a mis manos y John Banville, que demuestra con su vida que las experiencias son lo que alimentan la obra de un escritor, me demostró a mí que la vida se puede congelar en un instante para luego forzarte a ser protagonista de un deshielo que se produce nunca lo suficientemente rápido.

El autor de esta obra galardonada con el premio Man Booker en 2005,  es coleccionista de relojes de bolsillo, candidato al Nobel en varias ocasiones y Benjamin Black para crear novelas como Venganza, Muerte en verano, y En busca de April. La peculiaridad de Banville, conocida ya como algo intrínseco a su personalidad le permite escribir una cantidad de palabras mayor que cuando trabaja bajo su verdadero nombre. Se describe como un hombre de frases, que trabaja por frases:

Si me preguntase cual es el mejor invento de la humanidad diría la frase. Hay civilizaciones que se las han arreglado sin rueda, pero tuvieron que tener frases.

Polivalente, trabajó como periodista y escribe, además de prosa, poesía y teatro. Reconoce la influencia que Yeat, Joyce, Beckett y Nabokov tienen sobre el. Muchos lo declaran como heredero de este último. Su sentido del humor, irónico, punzante, está presente de una manera siempre singular en sus novelas.

Llamado por un sentimiento de nostalgia que lo desvela en sueños y en medio de un dilema con su pasado, el historiador de arte Max Morden decide abandonar la casa que compartió con su mujer, y en la que ahora se respira enfermedad y ausencia, y volver al pueblo donde pasó el verano durante su juventud, donde los colores eran más fuertes, los días más largos, y las noches más fáciles. Recuerda, como si de un viejo amigo se tratase, cada uno de los rincones, ahora envejecidos y abandonados por el invierno. Las cosas siguen igual en forma, pero no se han mantenido estáticas con el paso de los años. Los Cedros, junto a la familia Grace, protagonistas del anhelo que siente por esos días, quedaron atrás dejando una estela de amargura.

El mar es una plegaria al pasado, para que vuelva y se instale para siempre en el corazón de Max, a donde acude en oleadas de nostalgia que le obligan a moverse, torpemente, hacia los rincones más oscuros de su memoria, intentando encontrar en ellos la respuesta a las preguntas que se agitan a su alrededor como un torbellino de hojas de otoño. Los recuerdos son los trozos de madera que flotan en el mar después de un naufragio, y la tragedia va más allá de los sucesos terribles que han azuzado la vida del protagonista desde joven. La tragedia es el no saber continuar, el haber interrumpido el curso de una vida insípida, condimentada por la presencia de Anna, su mujer; la conciencia absoluta de haber estado viviendo en gris, en una decepción constante que se ha alargado tanto en el tiempo que parece haber situado al historiador en un punto de no retorno. Este, se esfuerza por introducir en su día a día los resquicios que puedan quedar de la etapa en la que su existencia tenía la intensidad que ahora destaca por su ausencia. La infancia funciona como bálsamo que calma las heridas de la pérdida. Se ilumina como un camino para esquivar el dolor y evitar la pena.

Los olores son la puerta que se abre y que invita a Max a rememorar, a buscar la marca que los sentidos dejaron en su cabeza, para aferrarse a ellos e insuflar sentido a lo que parece una caída al vacío. El olor de su mujer sana, de su mujer en el hospital, de su hija, de la playa, del pelo sucio de la pequeña melliza de los Grace. Las manos pequeñas de ella y de su hermano, las manos rojizas  de la señora Grace, las manos peludas de Carlo Grace, las manos  de Anna. Todo enlazado en una combinación de sensaciones que llega al lector, pasando por el protagonista y a través de las páginas.

La vida de Max Morden se nos antoja a la historia de un hombre que siempre quiso ser otra persona. Que quiso vivir en otro sitio, con otras personas, cerca de otro mar, y que ni siquiera se quedó en el intento, si no en un reflejo de lo que puedo ser. He ahí el drama y he ahí el consuelo. Sin arrepentimiento, relata lo que a su juicio pasó como él dejó que pasara. Como su mujer resultó ser una desconocida a la que no quiso conocer, como se enamoró de la joven Chloe, permitió todos sus caprichos, hasta el último; y como dejo que los días se sucediesen, bebiendo de más para intentar comprender y vivir menos.

Las últimas 20 páginas resultan reveladoras a la par que dolorosas. Y el lector sensible sentirá el nudo en la garganta nacido del abandono al que se ven sometidos los personajes, dejados a la muerte o a la soledad. Los actuales habitantes de los Cedros, el coronel y la señorita Vavasour, Chloe, Myles, Grace, Carlo y Claire. Incluso esta última, de una manera tal vez menos evidente, retrocede. Todos ellos forman parte de la plegaria al pasado, del hasta luego que debería ser un adiós, de la representación del rechazo al presente.

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María Martínez

Estudiante de derecho y ciencias políticas en la Universidad Autónoma de Madrid. En verano una montaña de libros le da sombra. Amante, de la música, de la literatura, de los poetas desgraciados, de ver donde nadie mira. Escribe en Chicken Town, y comparte la dirección de The Cavern Club como Srt junto a Sr.

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