El ratoncito Pérez y el arte contemporáneo

¿Sabéis cual es el secreto más bien guardado del mundo? La no existencia de los Reyes, el Padre Noel o el Ratoncito Pérez. Mucha gente se ha puesto de acuerdo, muchísima. En la televisión no se habla, no se menciona en los diarios. Por un gran acuerdo social, los reyes existen. Ahora bien, todo el mundo sabe que en realidad son los padres quién ponen los regalos. Pero nadie con dos dedos de frente dirá en un medio público que estas entidades mágicas no existen.

Actualmente en el mundo del arte sucede una cosa similar. Hay un gran acuerdo general que permite al arte contemporáneo sobrevivir. Un gran acuerdo general movido en altas esferas permite que la creación artística pase cada vez más por aquello conceptual y menos por aquello técnico. Este acuerdo tiene algunas ventajas y pocos inconvenientes.

El acuerdo se genera en el mundo del arte. Un mundo que se basa en las relaciones entre los diferentes actores artísticos, desde creadores hasta espectadores, pasando por coleccionistas, directores de grandes museos, instituciones y críticos. El mundo del arte decide por acuerdo qué es arte y que no. Lo hace no por votación en una asamblea, si no por sus laberínticas relaciones. Desde charlas en universidades hasta subastas de arte o fiestas en casas de marchantes. Ese mundo, al permitirse el lujo de decidir que es el arte y que no, impone su lógica sobre los otros mortales. Pero al tener encriptados sus mecanismos, se necesitan conocimientos profundos para entender lo artístico. Por esta razón se acepta el arte contemporáneo por él mismo si dudar. Y si por un momento dudamos de él, como sucedería si dudáramos del ratoncito Pérez, alguna persona con mayor autoridad culta y moral nos explicaría pacientemente una gran mentira retorcida, en la cual él tendrá razón y nosotros no.

Son evidentes los motivos por los que muchos adultos mantienen el secreto de los reyes, pero y el arte, ¿Por qué? Pues por un motivo muy simple: dinero y especulación. El arte contemporáneo es ideal para especular, aún más que con todo el arte que se ha hecho hasta ahora. Cualquiera puede invertir en él, subir sus precios, parecer un filántropo e ir a todas las fiestas como el gran benefactor. Puede invertir millones y ahorrar impuestos. ¿Alguien huiría de este plan perfecto? Es genial. Fiestas, glamour, chicas bonitas, artistas que te dan prestigio… Un cóctel que nos retrae a mundos parisinos, ahora en el nuevo continente: léase Nueva York.

El mecanismo para acceder a esta vida es muy simple. Un millonario harto de hacer dinero decide comprar arte, para digamos, decorar su magnífica mansión. Si lo hace lo hará a la última moda, ¿por eso es rico, no? Acudirá a algún amigo suyo que ya lo ha hecho y descubrirá que hay artistas que empiezan con un estilo muy transgresor y moderno, como ellos mismos antes de ganar tanto dinero. Un estilo que no pueden entender, una composición que no saben apreciar. Por este motivo en la reunión hay un crítico amigo del artista, que usando complejas construcciones léxicas y sintácticas le explica el cuadro a nuestro amigo millonario.

Al salir de la reunión, con 4 o 5 cuadros, nuestro colega llega a su casa y los cuelga en la pared. No consigue entender la explicación del crítico pero sabe que son muy buenos y además no le han costado demasiado. De hecho, en justicia a las palabras del crítico, ha pagado muy poco. Tan poco que al cabo de unas semanas decide comprar dos o tres más para venderlos. Funciona. Le han pagado más, se habla del artista, ya que en los círculos se dice que nuestro creador vende muchos cuadros y otros millonarios compran sus cuadros pensando: Si todo el mundo los compra  dentro de unos meses valdrán más. Pero sucede otra cosa que aún beneficia más a nuestro amigo millonario y a su artista favorito. Al empezarse a vender tan bien, una reconocida galería lo invita a exponer, por lo que se escriben artículos excelentes sobre ese pintor. De tal excelencia que el MoMa decide invitarlo a dar una conferencia. La bola de nieve crece bajando la montaña y alimentándose ella misma.

Sin darnos cuenta, los cuatro o cinco cuadros iniciales ya valen miles de euros. Nuestro amigo millonario tiene unos beneficios a la altura de su fortuna, pero en un acto de bondad redentora decide darlos al estado, para que todo el mundo se pueda beneficiar de ellos. Pero ¿lo hace realmente por bondad? No, las donaciones de obras de arte desgravan en impuestos por su tasación, desgravando un tanto por ciento del valor que un crítico o especialista evaluará (con un poco de suerte podemos hacer que el crítico amigo del artista, sí, aquel que hablaba de forma complicada, lo haga, así todo ganamos). Sin darnos cuenta hemos hecho un negocio enorme. Y además hemos vivido en el mundo del arte, hemos ido a sus fiestas y conocido a sus hombres y mujeres. ¡Que nos quiten lo bailado!

El debate artístico huye de las discusiones estéticas y se centra en los conceptos que generan las obras de arte. Cada vez vemos menos la belleza surgir del arte. Pero encontramos montones de obras que nos cuestionan como individuos ante la vida y la muerte (para poner un ejemplo). En este contexto tenemos a artistas más preocupados por exponer grandes teorías socioculturales que en saber dibujar. Entendiendo el dibujo en su sentido más amplio.

Es evidente que el arte tiene que cuestionar el mundo en que vivimos, pero esto se puede hacer perfectamente desde una buena composición, desde una performance que aporte algo nuevo, desde grafitis en las paredes. Pero se suele hacer a través de obras que necesitan de la traducción de un crítico o de algún experto, como se dice en italiano: traductore, traidore.

El lector, a estas alturas, se preguntará porqué hablo del ratoncito Pérez y del mundo del arte contemporáneo. Pues es muy simple. En los dos casos no queremos ver la realidad. En toda la explicación de cómo funciona este mundo, el talento del artista es un hecho secundario. Lo es ya que al liberarse el arte de la técnica, podemos hacer lo que queramos y en nuestra condición posmoderna todas las interpretaciones son correctas. Solo hace falta un buen márquetin. El artista X puede convertirse en un artista de renombre aunque no haya hecho nada para merecerlo. Si alguien se opone a él, solo tenemos que decir que está en contra del arte contemporáneo, de la libre expresión personal. Nadie puede responder a esto. Pero solo es una cuestión de dinero, de especulación. Todo este mundo está pensado para la especulación pura y dura. Si no, ¿Cómo explicar seriamente a la mitad de artistas contemporáneos? ¿Alguien puede justificar de algún modo que poner a un tiburón en formol es una obra de arte? ¿Una escultura que simula un globo en forma de perro es arte? Como todo el mundo y el del arte dice que lo es, que es arte y del de la más alta alcurnia, todos los demás mortales lo aceptamos. Aunque solo lo aceptamos después de escuchar medias verdades y coartadas bien elaboradas, tal como nuestros padres nos explicaban, el día de reyes, que las sombras vistas la noche anterior eran mágicas.

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Joan Vila i Boix

Nacido el 1991, estudio Historia del Arte en Barcelona. Escribo crítica de arte y de literatura, con pasión y compromiso. Creo en la importancia de los detalles que pasan desapercibidos. Todo eso lo hago de forma clara y catalana, paradójicamente en castellano.

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