El Rey Destronado: Una Historia del Cretácico

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Una escena del Jurásico, el apogeo de los dinosaurios

Desde que tengo uso de razón, tanto mis maestros como mis padres, me han enseñado que todo está conectado. El sol que acaricia las hojas de los árboles les da la vida, mientras que el mismo árbol se la proporciona a cientos de miles de revoloteantes insectos que, sin cesar, extraen el dulce néctar de las flores que produce. A su vez, polinizan estas flores y da frutos, pudiendo ser consumidos por los organismos superiores. Todo se encuentra relacionado. También me supieron enseñar, desde mi tierna infancia, que el conocimiento se encuentra sometido a esta misma naturaleza: las letras nos permiten a los científicos adquirir y transmitir conocimiento, pudiendo explicar cómo funciona el maravilloso cerebro de un escritor cuando compone un soneto. La tecnología del carbono – 14 permite a los historiadores reconstruir el pasado con fechas; el estudio de la historia de la ciencia nos permite no cometer los errores del pasado, pudiendo avanzar con más rapidez. Con esta primera reflexión quiero comenzar el artículo, no sin antes pedir perdón por este giro argumental tan rocambolesco.

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Los dinosaurios consiguieron colonizar ambientes muy dispares como el agua y el aire

Ahora bien, si he decidido contaros esto es porque el título de este artículo tuvo origen al parafrasear a Miguel Delibes, el famoso escritor español, que escribió un libro titulado “El Príncipe Destronado” en el cual un pequeño niño pierde el poder en su casa al nacer su hermana, perdiendo toda la atención de sus padres. Os lo recomiendo, ya que es brillante. Con esto quiero enlazar el tema central del artículo: hoy he relacionado el libro de un escritor del siglo XX español, con la extinción masiva de los dinosaurios hace 65 millones de años, para que veáis que absolutamente cualquier campo del conocimiento y del saber están relacionados.

Los dinosaurios lo tenían todo: una tierra bajo su dominio, una admirable fuerza y destreza, un tamaño y proporción desorbitados

Al igual que este pequeño niño de 4 años, los dinosaurios disfrutaron de un largo y apacible reinado conocido con el romántico nombre de Mesozoico, dividido, a su vez, en tres periodos : el Triásico, el Jurásico y el Cretácico. En sus dominios, como en los de Carlos V, no se ponía el Sol, ya que supieron colonizar hábilmente muchos nichos ecológicos. Tanto por tierra, como por mar y aire, los “lagartos terribles”, prosperaron y se asentaron, diversificándose enormemente. Su apogeo, el periodo Jurásico, fue un auténtico campo de batalla entre moles de hueso y músculo, en una lucha constante por la supremacía. Pero, ¿por qué este imperio se derrumbó y desapareció entre las arenas del tiempo?

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Un visionario T-Rex anuncia lo evidente

Los dinosaurios lo tenían todo: una tierra bajo su yugo, una admirable fuerza y destreza, un tamaño y proporción desorbitados; en síntesis, tenían el poder. Lamentablemente, la biología no es muy amiga de los dictadores, por lo que, aún teniéndolo todo, su reinado llegó al ocaso de su vida. Si bien es cierto que los dinosaurios eran criaturas extremadamente grandes, ello no significa que tuvieran más probabilidades de subsistir. La evolución favorece a los pequeños. Una criatura que pesa 100 toneladas ha de ingerir una cantidad de comida tremenda, del orden de 5-10 toneladas diarias. En un medio cambiante y frágil como un sistema biológico, un tamaño elevado supone una bomba de relojería: en el momento que todo vaya mal, se acabó. Por otra parte, el elevado tamaño de los dinosaurios los convertía en animales bastante lentos. A la hora de encontrar refugio lo iban a tener muy crudo. Crecieron mucho y muy rápido, clavando, con cada tonelada de peso añadida, un clavo en su ataúd.

Tanto por tierra, como por mar y aire, los “lagartos terribles”, prosperaron y se asentaron

El terreno de juego estaba dispuesto para una catástrofe, y así ocurrió. Un severo cambio climático hizo retroceder los grandes bosques de helechos y árboles de los que se alimentaban los formidables saurios, llevándolos a migrar periódicamente en busca de alimento. En esta situación de crisis se produjo un suceso inaudito: uno – o varios según algunas hipótesis –  cuerpos espaciales colisionaron con la Tierra, conduciendo a la vida en nuestro planeta a una nueva extinción masiva: la extinción del Cretácico. El golpe de Estado estaba servido y las cabezas de los dictadores rezumaban el calor de la explosión producida por el asteroide. El Sol se cubrió durante años; las plantas murieron; los herbívoros fueron los primeros en perecer seguidos de los carnívoros. Los que más aguantaron fueron los carroñeros que rescataban de la morgue prehistórica su valioso alimento. Pero la historia, como ya sabemos, no se acaba aquí.

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Recreación artística del asteroide que acabó con los dinosaurios

De las cenizas de este nuevo mundo, surgieron los sucesores al trono de la Tierra: los mamíferos. En la época de los dinosaurios, los mamíferos no eran más que una especie de rata comedora de insectos. Este frágil y escurridizo animalillo se cobijaba bajo tierra en profundas galerías donde guardaba alimento y daba a luz a sus crías. Esto fue determinante a la hora de sobrevivir a la gran hecatombe cretácica. Al encontrarse un mundo en ruinas, no tuvo problema en crecer, reproducirse y diversificarse, evolucionando constantemente hasta convertirse en un robusto simio que fue nuestro tatarabuelo. En nuestro apacible sillón, dominamos la tierra y a sus criaturas, como si de dinosaurios nos tratásemos, en un también largo y feliz periodo llamado Cenozoico.

En la época de los dinosaurios, los mamíferos no eran más que una especie de rata comedora de insectos.

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Nuestro antepasado mamífero

Pero, ¿qué sucedió con los destronados reyes del pasado? ¿Perecieron todos? Creo que no. En una de estas apacibles tardes estivales, nuestros ojos se deleitan con el revolotear de los insectos, el cantar de los pájaros y ¡oh, vaya!, el escurridizo movimiento de cola de una lagartija escondiéndose a nuestra vista en su rudimentaria cueva. Aquí está el último descendiente de una larga y orgullosa familia de reyes, huyendo a nuestra vista. Contemplamos poderosamente su huida, mientras nos regocijamos en nuestra nueva posición de fuerza. Ahora somos nosotros los devoradores y no los devorados. Dejando a un lado el poetismo, los dinosaurios no se extinguieron del todo. Cocodrilos, tortugas, lagartos y lagartijas, camaleones y serpientes son algunos ejemplos palpables y vivientes de este hecho. Y la cosa no se queda ahí, ya que, para los zoólogos, los popularmente denominados reptiles no existen.

En una de mis clases de zoología me quedé yo anonado ante la misma afirmación: los reptiles no existen. Era inconcebible. Toda la vida diciendo que los lagartos eran reptiles como las tortugas y las serpientes porque reptaban y ahora no existen. Aquí estábamos yo y mi cabreo monumental, cuando, con mucha razón, el profesor explica que los reptiles no existen ya que no es un grupo zoológicamente válido, ya que los descendientes de los dinosaurios incluyen, increíblemente, a las aves de nuestros días. Los reptiles son un grupo “parafilético”, lo que, para entendernos, es como decir que los hijos de Juan son  sólo hombres y dejar excluida a Ana que es mujer. Al decir que el camaleón es un reptil, estamos diciendo que los únicos descendientes del antecesor común del grupo son los saurios, excluyendo a las aves. En efecto, las aves descienden de una rama de dinosaurios que, en un momento histórico puntual, desarrollaron una cadera especial, muy parecida a la de las aves actuales, y un cuerpo recubierto de plumas. De hecho, el Velociraptor mongoliensis, una especie de dinosaurio, poseía un denso plumaje. El término medio entre aves y dinosaurios fue el Archaeopteryx lithographica, mitad dinosaurio, mitad ave.

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Rememorando viejos tiempos

En definitiva, puede que algún día nos convirtamos de nuevo en escurridizas ratas que tengan que huir de una catástrofe de proporciones épicas para sobrevivir. Puede que algún día perdamos la corona de la tierra y dejemos paso a otro grupo de animales que porten el cetro de poder – quizás peces con una inteligencia fuera de lo común, quién sabe -, siendo relegados nosotros a compartir cueva con una lagartija asustada, la reina destronada. Ahora gobernamos, quizás mañana caeremos. ¡Quién sabe! La selección natural y la evolución son tan azarosas como crueles, hilando los destinos de todas las criaturas vivientes en un ciclo continuo y constante, desde el inicio de la vida en nuestro hermoso y azul, fértil planeta.

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Pontevedrés, residente en Santiago de Compostela. Estudiante de Biología en la USC, investigador en formación y amante de la ciencia.

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