Gerda Taro, la gran mujer tras Robert Capa

Dicen que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Gerda Taro y Robert Capa podrían ser el ejemplo perfecto para esa frase. Cuando se conocieron, en la primera mitad de la década de los años 30 en París, él todavía era Endré Friedmann, un joven húngaro que huía del fascismo y que intentaba ganarse la vida como reportero gráfico; ella, Gerta Pohorylle, una joven alemana judía de origen polaco que se vio obligada a escapar de Stuttgart y que no encontraba mucho sentido a su vida.

Al principio a Gerta no le gustaba Endré, pero si le gustaban sus fotos y sabía que necesitaba un empujón para ser reconocido como gran fotógrafo que era. Con esa convicción le compró ropa nueva, le cortó el pelo y lo rebautizó como Robert Capa. Un nombre que no era de ningún sitio y podía ser de todas partes. Corto, sonoro y fácil de pronunciar. Un alter ego. Un fotógrafo americano acostumbrado a una vida de lujo y glamour rodeado de estrellas de cine, una historia premonitoria de cómo acabaría siendo la vida del  joven húngaro.

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Un fotógrafo de tanto vuelo no podía vender sus propias fotos, así que Gerta se cambió la t por una d y pasó a ser Gerda, Gerda Taro, otro nombre que sonaba a todo menos a judía, algo de lo que ella estaba cansada de ser. Como mujer decidida que era no se iba a conformar con ser la manager de Capa. Cogió la cámara y aprendió a utilizar el obturador y el diafragma, a medir la profundidad de campo y a captar los instantes en una imagen fija para el recuerdo. A congelar momentos para que la vida que la gente se veía abocada a vivir no cayera en el olvido.

Dos personas que huyan del fascismo se encontraron en la ciudad de la luz para dar luz al resto del mundo. Dos personas que se enamoraron seguramente en el momento más raro y convulso de la historia de Europa, dos almas que no se podían separar. Con el estallido de la Guerra Civil española no se lo pensaron dos veces y decidieron combatir al totalitarismo con sus armas: la cámara de fotos. Consiguieron pases de prensa y atravesaron los Pirineos para fotografiar el horror de la guerra y del fascismo. El mundo debía conocer lo que pasaba, lo que era una un conflicto armado y lo que se avecinaba en todo el continente si no se luchaba para frenarlo en el sur de Europa.

De Barcelona a Zaragoza y de ahí a Córdoba, al pueblo de Espejo, donde Capa se hizo un nombre. La foto Muerte de un Miliciano es la imagen más icónica de nuestra guerra civil, la que convirtió a Robert Capa en el mejor fotógrafo de guerra del mundo, su gran foto, su gran instante capturado. Se dice que la foto no es de un combate real, que era una simulación de los milicianos para que pudieran sacar buenas imágenes que ilustraran la guerra. Sea como fuere, esa fotografía lo hizo eterno.

muerte miliciano

Las fotos de ambos eran vendidas con un mismo nombre, el de Capa, y Gerda necesitaba más. Gerda Taro era una mujer valiente, inteligente y superviviente que había huido de su Stuttgart  natal por judía y por conexiones con los movimientos socialistas en la incipiente Alemania Nazi. A ella no le servía ser la sombra de un hombre, a fin de cuentas se arrastraba por las trincheras igual que él. El distanciamiento fue inevitable y empezó a firmar sus propias imágenes, consiguiendo buenos reportajes, publicando en importantes revistas europeas y fotografiando batallas importantes, que para su desesperación, en su mayoría, acabaron en derrota para el bando republicano. Pero su esplendor duró poco. El 26 de julio de 1937, tras pasar todo un día en una trinchera fotografiando una batalla, un tanque, ya de retirada, la aplastó en un accidente fortuito, destripándola. Aunque fue trasladada al hospital inglés de El Goloso en El Escorial, Gerda Taro murió a las pocas horas, tan solo una semana antes de llegar a cumplir los 27 años.

Robert Capa no estaba allí, estaba en París, entregando unos reportajes que pocos días antes había realizado en la misma guerra que se tragó a la mujer de su vida. Dicen que Capa nunca encontró a otra mujer a la que quisiera tanto como a Gerda, y que tampoco intentó amar a ninguna otra tanto como a ella, seguramente porque como Gerda hay pocas en el mundo y su recuerdo era demasiado fuerte.

taro-capa

Capa siguió fotografiando la Guerra Civil española hasta la caída de Cataluña, que significó el fin y la derrota definitiva del bando republicano a manos del régimen fascista. Después siguió documentando la Segunda Guerra Mundial, fundó la agencia Magnum en 1947 y a falta de conflictos armados fotografió a los grandes artistas de los años 40 y 50, hasta el día de su muerte en la Guerra de Indochina. En mayo de 1954, con tan solo 40 años, Capa pisó una mina que lo hizo pedazos mientras acompañaba al ejército francés en un reconocimiento de campo. En aquel momento no solo murió uno de los fotógrafos más importantes de la historia, también murió el joven húngaro antifascista que soñaba con un mundo libre.

Taro se fue demasiado pronto, y Capa pudo enseñarle al mundo sus propios horrores, los errores que no se deberían estar volviendo a cometer. Los dos crearon una nueva figura, el fotoperiodista de guerra. La figura de quien nos enseña lo que nadie quiere ver pero que debe ser visto. Dos personas que se jugaban el tipo como los soldados pero con cierto privilegio, el privilegio de saber que te respetan porque tu trabajo son los ojos que muestran al resto del mundo la crueldad que unos pocos olvidados sufren. Nunca lo sabremos, pero quizás Capa nunca habría llegado a ser Capa sin Taro. Robert Capa y Gerda Taro fueron un tándem perfecto, duró poco, pero fue intenso.

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