Gran Torino

Nuestros análisis

Tras el proyecto fallido que supuso “El Intercambio”, empecé a creerme aquello que mi madre me repite cada vez que repaso la obra de Clint Eastwood: que es un pésimo actor sólo superado por lo malo que es dirigiendo. Supongo que hay gustos para todos.

Harry el Sucio, los apasionantes thrillers de Million Dollars Baby o Mistic River (denostada por mi madre); el máximo exponente del amor que supone Los puentes de Madison, el viaje por la historia en el doble film: Banderas de nuestros padres (notable) y Cartas desde Iwo Jima (sencillamente sobresaliente); etc. Toda una filmografía plagada de éxitos y maravillas que me gusta recordar de vez en cuando. Pues allá por el 2008, tras ver esa basura de A. Joli, pensé que mi madre estaba en lo cierto, que el río de la inspiración se secaba, y que el inexorable paso del tiempo y de la edad tocaba también a la puerta del mítico director. Pero no fue así. Rompió, por enésima vez, la promesa que había hecho ya en Sin Perdón, la de no volver a ponerse ante las cámaras para, esta vez, interpretar un papel adaptado a la perfección a su estilo y a su ser. El autor de la novela, Nick Schenk, jura no haberla escrito pensando en Eastwood pero, tras ver el registro del personaje y sus circunstancias, uno entiende que Walt Kowalski, en su acercamiento lento e inevitable a la muerte, es también Clint Eastwood, cuya interpretación aplasta de coherencia el film, con una soberbia espectacular.

El Gran Torino (coche clásico mítico en cine, televisión y- por encima de ambas- Starsky & Hutch) funciona como “easter egg” para introducirnos en el pensamiento del protagonista. A través de ese coche conservado en un estado de ensueño podemos hablar del cambio de época, de la tradición familiar, social, moral y hasta automovilística (recordemos que montó “la columna vertebral” a ese coche en la cadena de montaje) e incluso de la conexión que existe, gracias al respeto, a la justicia y, sobre todo, a la amistad, entre la gente que es, a priori, radicalmente opuesta.

Así, en cierta medida a causa del coche, Walk Kowakski, veterano de Corea, racista, xenófobo y absolutamente intolerante con lo que no conoce, entabla relación con Thao, (Bee Vang en su única vez, al menos que yo haya visto en el cine: bravo chaval), un vecino de la comunidad Hmong (vietnamitas exiliados que apoyaron al bando americano en la Guerra de Vietnam).

Entran un mejicano, un negro y un judío en un bar, y el camarero les dice: “¡Eh! Largaos a tomar por culo.” Creo que está claro de que pie cojea. 

Al comienzo de la película, tras la misa y ya en el velatorio (que en Estados Unidos se hace después y no antes del funeral. Y se come. Mucho), Walt observa como la casa de sus vecinos se atesta de personas ante lo cual, escupe en el suelo y se pregunta así mismo cuántas ratas puedes meter en un mismo agujero. Apenas un instante después encuentra a su nieta fumando en su garaje. Ella, con un tacto intencionadamente  inexistente, le pide el coche y el sofá para cuando muera. Es despreciable, y Walt paga con el mismo gesto: escupe y se va, esta vez sin tan si quiera mediar palabra. Él es racista, pero también coherente; detesta por igual aquello con lo que no comulga. Pero esta película enseña una lección. Va a aprender. Y si lo aprende: lo entiende. No entiende a su nieta. Tampoco a los vietnamitas. No conoce a ninguno de los dos. Pero a estos últimos los va a conocer pronto, iniciando la lección de su vida.

Las culturas son absolutamente diferentes. Los vietnamitas son “unos malditos bárbaros”, o así los ve. Tal vez no… pues a fin de cuentas, ambos piensan igual el uno del otro; y no está claro cuál de los dos patriarcas escupe más… Esta intolerancia que podemos ver en los ancianos se aprecia también en los jóvenes. Todo el film se plaga de este clima de xenofobia y oscuro racismo que sólo conseguirá verse iluminado por la luz de su protagonista. Los camorristas reaccionan ante los mejicanos porque se odian. Son jóvenes y les queda camino por andar; frente a ese americano que se pica con el barbeo italiano… No cabe duda de que ambas escenas hacen respirar la misma atmósfera de incomprensión. Ambos choques apestan a racismo. Pero Walt y su barbero son viejos perros que se respetan. Al final, parece querer decirnos el guión, sólo el adulto es capaz de aprender la más importante de las lecciones.

La escena de “¿qué tramáis morenos?”, el diálogo de él, es PERFECTO. “¿Nunca os habéis cruzado con alguien a quien no deberíais haber puteado?”. La escena en inglés no tiene desperdicio; seguro, convencido. Vencedor por segunda vez. Al sonido de los tambores militares les deja la cosas claras a los negros y al payaso del rapero. 

Tampoco conoce la iglesia. Y tampoco la llega a conocer nunca del todo. En el fondo es un racional que no duda en castigar esa realidad con palabras muy duras, definiendo al párroco de buena intención como un chico de veintitantos, virgen, y al que le gusta sujetar la mano de ancianas que se mueren para venderles el paraíso. No cabe duda de que, de primeras, no tiene la intención de enfrentarse sus demonios, y es que la intención del personaje encarnado por Clint Eastwood no es otro que la de “beber” sus problemas. Sólo la amistad con el joven Thao le hará replantearse su existencia y pensar, con profundidad, en aquello que le corroe la conciencia desde siempre. Si bien, como digo, nunca llegó a conocer a la iglesia, acabará por cumplir el deseo de su mujer y se confesará. Aquí asistimos a un doble juego brillante de confesiones, ante el párroco primero y junto a Thao después; entregando el testigo, reconociéndole como un amigo e igual, haciéndole entrega de su medalla al valor. Es el colofón final, perfecto, para el aprendizaje de Thao; la guinda de aquella maravillosa sucesión de escenas, en las que, llueva o truene, Thao se gana el respeto de Walt trabajando para él. Digo más: forjando un cariño, todo bajo la música de Gran Torino.

Y es por este amor por el que él se sacrifica. Es por ese cariño por el que Walt, como un cristo redentor, se sacrifica; por él, por todos. Salva el barrio haciendo el bien, pues justo antes de los mortales silbidos del final, pregunta: ¿Alguien tiene fuego? (“light” en inglés). A lo que él mismo responde: I have the light. Yo tengo la luz: la fe de sacrificarme por vosotros. No es más que un final magistral de un, tal vez escéptico, personaje interpretado por un brillante director, en el fondo, republicano.

Asistimos al final, con una escena que representa lo que oímos en la letra de la canción que da título a la película, cantada por, nada menos que  su director, quien despide a la película.

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Comentario

Trasnochada caballerosidad. Cinéfilo y melómano, estudiante de derecho en su tiempo libre. ☐ Bodrios infumables. ★ Típica película de domingo. ★★ Buenas películas, de las que aportan algo. ★★★ Obras maestras. Estas maravillas irrepetibles. ☞ Cinéfilos. ¿Te gusta el cine?

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