¿Historia o Memoria?

Fue en 1598 cuando, a raíz de la violencia producida ante el conflicto católico-protestante el monarca Enrique IV, propuso un edicto imposible que suponía la prohibición de que sus súbditos guardasen en su memoria los sucesos ocurridos en tal contienda. Ya entonces, quienes se aferraban al poder entendían la diferencia entre historia y memoria, comprendiendo que era esta última y no la primera la que podía ayudar a maquillar su presente y, en consecuencia, el que sería su pasado. Son múltiples los ejemplos que reflejan el afán por escribir la Historia por parte de quienes entendieron esta disciplina como un arma indispensable para hacer suyos países y pueblos que, ajenos a la visión objetiva de los hechos, portan en su memoria la versión que a ciertos sujetos más les conviene.  Es así como los españoles entendieron el descubrimiento de América como uno de los mayores logros de la nuestra Historia, mientras que los pueblos de América Latina continúan reivindicando la barbarie y la sangre derramada durante la colonización. De este modo, mientras que para unos el 12 de octubre representa el honor de una nación, para otros no es más que el recuerdo de un nefasto episodio del que más que aplausos, emana rabia.

Es precisamente este último ejemplo, uno de los mejores para comprender la diferencia entre memoria e Historia, puesto que si bien el relato de esta última constituye algo inmutable y objetivo -se cuente en Madrid o en Bogotá-, la memoria se corresponde con una conmemoración de los hechos históricos, es decir, con la traslación de estos últimos del pasado hacia el presente con una finalidad concreta. Es la memoria y no la Historia la que construye, por ejemplo, identidades diferenciadoras o la que aboga por deberes de lucha o gloria a través de la emisión de juicios morales acerca del pasado. Se trata, pues, de un ámbito del conocimiento en el que no se puede contemplar una plena objetividad, pero tampoco una subjetividad absoluta,  puesto que bien sesgados o no, la memoria se sujeta a hechos históricos y, aunque se trate de un asunto delicado, su existencia resulta imprescindible para el progreso de la Humanidad. Afirmo ésto último porque considero necesario que la sociedad no haga una lectura meramente superficial de lo sucedido en el pasado, sino que halle en la Historia un trasfondo que le permita reflexionar para no reincidir en los errores de antaño. Es éste y no otro el valor que tiene la Historia en el mundo: el aprender a no ser de nuevo quienes, desgraciadamente, ya hemos sido no pocas, sino muchas veces a lo largo de la historia; se trata de no caer de nuevo en la barbarie que, leída en un libro raído por los años, consigue estremecernos. Es, por lo tanto,  innegable la necesidad de recurrir a la moral, juzgar y filtrar en uno mismo el ayer resultando de esto la memoria histórica del individuo.

En correspondencia con lo anterior, surge un problema fundamental y es que el análisis histórico que las personas realizamos casi nunca –o más bien nunca- se subordinan a los hechos, sino a una memoria colectiva o nacional que el poder se encarga de elaborar –esto es: nuestra memoria es resultado no de la Historia, sino de otra memoria, de una Historia ya juzgada, ya valorada, ya interpretada-. Es así como, por ejemplo, durante la España franquista, la asignatura de Historia se convirtió en la voz que glorificaba a vencedores mientras demonizaba a los llamados rojos.  En base al relato histórico plasmado en los libros de texto de la época, para muchos españoles que se nutrieron del sistema educativo franquista esa fue la verdad de un pasado al cual juzgaron a través de su particular presente, no pudiendo ser consideradas suyas, sino impuestas, muchas de las conclusiones derivadas de la reflexión acerca de lo aprendido. La memoria se convierte entonces en un producto colectivo y, lo peor, es que consigue traducir el pasado en el presente, casi siempre con nefastas consecuencias en cuanto a la manipulación de la sociedad a través de la clara distinción de buenos y malos. Respecto a esto último, me gustaría exponer el ejemplo del terrorismo de Al Qaeda, cuyas acciones son interpretadas por la sociedad estadounidense como una fatalidad –porque son una fatalidad- sin llegar a profundizar en lo que respecta a la otra parte, es decir, a la suya, a las actuaciones del gobierno de los Estados Unidos en relación con la invasión de Irak

Pese a quien le pese, los periódicos seguirán mintiéndonos y, por supuesto, los libros, las imágenes, los discursos de quienes se empeñan en liderarnos también lo harán. Decía Foucault que el saber es el único espacio para ser libres, olvidándose de decir que el conocimiento de la verdad parece, hoy en día, un monopolio inaccesible. Y es que me pregunto hasta qué punto, dada la manipulación de la realidad del ayer y del hoy, se nos permite serlo; hasta qué punto estamos dispuestos alcanzar el libre pensamiento quedándonos no solo con una versión de los hechos, no con una valoración simplista del mundo que reduce todo a dos polos antagónicos a uno de los cuales siempre se nos obliga a pertenecer.

 

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Nací en el Portonovo del 1996 y lo que escribo es, probablemente, patológico.

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