Ingmar Bergman y la trilogía del Silencio de Dios

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El cine clásico europeo siempre ha despertado opiniones dispares. No es como el cine actual; tampoco sus películas se asemejan a las clásicas americanas. Este tipo de cine está mucho más expuesto a la influencia del director (también guionista en la mayoría de casos), es más lúgubre y en muchos casos incluso llega a ser espeso. La alegre historia de amor que luego se tuerce, a la que tan acostumbrados estamos a ver en los clásicos americanos; en las pantallas europeas se convierte en algo surrealista, decadente, llena de conflictos y contradicciones, más humana al fin y al cabo. La vanagloriada amistad incondicional que el fiel compañero presta al protagonista a modo de Sancho Panza, en el cine europeo se convierte en un gesto de humor, a expensas de la ridiculez del leal y servicial escudero.

Son obras con un ritmo distinto, cuyo valor radica más en la construcción de los personajes y las relaciones que mantienen que en una trama elaborada o una serie de frases memorables incrustadas en diálogos soberbios. Normalmente, van acompañadas del blanco y negro que los americanos tempranamente abandonaron con la llegada del Technicolor. Muchas veces es difícil encontrar un significado o argumento, puede que simplemente ni lo tenga, pues únicamente se plasma un universo, una forma de vivir (al fin y al cabo, así es la vida, no siempre pasa algo).

Por este tipo de razones, y tantas otras, el cine europeo siempre ha despertado opiniones dispares. Para algunos es de los pocos motivos que hay para llamar al cine “arte”, para otros es un conjunto de muy buenas películas, con sus muy buenos directores y sus muy buenos actores; otros, sin embargo, lo aborrecen, y dicen, a veces con bastante razón, que no es más que pedantería. Muchos, a día de hoy, ni siquiera les sonará el nombre de los grandes artistas que ha dejado el cine clásico europeo como Jean-Luc Godard, François Truffaut, Federico Fellini, Roberto Rosselini o Luis Buñuel, entre muchos otros.

Sin embargo, ni para la totalidad de los amantes del cine europeo, Ingmar Bergman sobrevive a las críticas contra el ocultismo deliberado que sólo esconde vanidad, contra el ritmo de sus obras que hace que una hora y veinte minutos de duración se extienda inexorablemente, contra esos interminables silencios en los que sólo se ven paisajes, miradas, luces y sombras; contra su decisión de no usar nunca música en sus películas, más que para dejar un detalle de violín, normalmente de Bach.

Realmente, las obras del genio de Upsala merecen todo ese descrédito, de la misma forma que merecen el mayor reconocimiento. Reconocimiento a todos los mensajes ocultos que esconden los diálogos y las miradas, a veces ni siquiera son éstos los que esconden ese mensaje, sino toda la obra en sí es mensaje de algo. Reconocimiento a esa forma de hacer cine que envuelve al espectador en escenas oníricas y diálogos aparentemente intrascendentes; para luego, cuando se despierta del sueño, palpar todas las sensaciones e inseguridades que la obra trasmitía. Reconocimiento a sus largas secuencias puramente artísticas con esos juegos de luces y sombras que con tanta maestría dominaba su director de fotografía Sven Nyvkist, y con esas expresiones que su leal reparto de actores bordaban. Reconocimiento a su decisión de no usar bandas sonoras en sus obras para que todo el peso de la carga dramática sea llevado a hombros de su talentoso grupo de actores y fotógrafos; con las contadas excepciones en las que un violín de Bach desgarra el sueño del espectador.

Entre sus mejores y más valoradas obras están  El séptimo sello (1957), Fresas salvajes (1957), El manantial de la doncella (1960),  Persona (1966) o Fanny y Alexander (1982). Todas ellas, como el resto de su filmografía, fieles a un estilo único y con la presencia de sus temas más recurrentes: la muerte, la crueldad, la incapacidad de comunicarnos, las relaciones amorosas y familiares, la gestión de traumas y remordimientos; y el silencio de Dios.

En este artículo me propongo comentar (sin spoilers) tres de las que, a opinión personal, son de sus mejores películas: Como en un espejo  (1961), Los comulgantes (1962) y  El silencio (1963). Éstas componen la que, posteriormente a su lanzamiento, se llamarían «La Trilogía del Silencio de Dios».

Es importante mencionar que estas tres películas no fueron concebidas como una trilogía, pero acabaron siendo reconocidas como tal por el propio director por su similitud tanto temática como estética.

 

 

Como en un espejo / Såsom i en spegel (1961)

 

El título de esta obra cita el pasaje de Corintios 13:12 “Ahora vemos como en un espejo, oscuramente, pero entonces [cuando llegue lo perfecto] veremos cara a cara. Al presente conozco sólo en parte, pero entonces conoceré como soy conocido”. No entraré en mi interpretación del porqué de este título, ya que entraría en spoiler.

Rodada a modo de obra de teatro en la isla de Farö, parte de Gotland (isla más grande de Suecia). Un sólo escenario, una acción de 24 horas y la única presencia de cuatro personajes bastaron para representar la que, según el propio director, sería su primera película (curioso que dijera eso, porque a esas alturas ya había filmado más de 20 películas, entre las cuales se encontraban obras maestras como Un verano con Mónica (1953), Fresas salvajes (1957), El séptimo sello(1957) o El manantial de la doncella (1960) ).

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Un escritor llamado David (Gunnar Björnstrand) vuelve a Suecia para visitar a sus hijos, Karin (Harriet Andersson) y Minus (Lars Passgard), y a su yerno Martin (Max von Sydow). Está pasando por una crisis creativa que le impide seguir escribiendo, de modo que vuelve unos días con una familia que siempre ha dejado bastante desatendida; trayendo consigo sus problemas y depresiones.  Anuncia que pronto volverá a Suiza para continuar con su libro, lo cual causa conmoción en sus dos hijos, y decepción en Martin.

Su hija, Karin, padece esquizofrenia y experimenta diálogos con personajes de otro mundo que la hacen sufrir. Su enfermedad parece no tener cura, y su sufrimiento afecta emocionalmente a todos los miembros de su familia, especialmente a su marido.

Martin es médico e intenta cuidar de ella. Sin embargo, vive frustrado por ser incapaz de ayudarla. A su vez, siente decepción hacia David, ya que hace tiempo que abandonó su imagen como padre en el padecimiento de Karin.

 

Minus es un chico de 17 años que ha crecido con la indiferencia de su padre, la tristeza de su cuñado y la enfermedad de su hermana. Está desorientado en este conflicto, y busca con desesperación el afecto de su padre. Además, se encuentra en la ebullición hormonal de la adolescencia que provoca el rechazo al cariño de su hermana.

La enfermedad de Karin, y la incapacidad e insuficiencia de la respuesta de sus familiares, mueve el hilo de una trágica pero bella historia que ataca el sentido de una vida que se torna cruel y las relaciones entre personas incapaces de amar. Tal y como pasará en El silencio, la figura del padre simboliza el Dios ausente que calla y se esconde ante las desgracias del mundo, la desorientación en la búsqueda de la felicidad y la angustia por la muerte y el sentido de la vida. En esta obra, sin embargo, esta metáfora de Dios interactua con los personajes, mostrando su frustración por no poder resolver los problemas del mundo; no es un Dios perfecto, es un Dios angustiado por los problemas que ha creado y no puede solucionar.

Una gran obra, con magníficas interpretaciones (especialmente la de Harriet Andersson) y la genial fotografía de Sven Nykvist. La música aparece en contadas ocasiones, pero en los momentos más adecuados; la Suite para violonchelo nº2 en Re menor de Johann Sebastian Bach.

 

Los comulgantes / «Nattvardsgästerna» (1963)

 

En mi opinión, esta es la mejor película de las tres de esta saga, la que mejor muestra toda la angustia generada por el vacío del desamparo. Posiblemente, también sea la mejor de toda su filmografía junto con “Persona” y “Secretos de un matrimonio”. De hecho, para el propio Ingmar Bergman esta es la mejor película de toda su obra. Él mismo reconoció que esta era una de sus más íntimas y autobiográficas obras en la que se dio cuenta de quien era realmente durante su realización.

Se repite la misma fórmula, pocos escenarios (una iglesia, un río, una escuela y una casa), pocos actores y acción de 24 horas. Una obra austera y simple, pero de las que contiene más trasfondo y de las más brillantes en cuanto a diálogos e interpretaciones. De nuevo, Sven Nykvist, se encargó de la fotografía en una cinta en la que todas las imágenes eran tomadas bajo tiempo nublado, o niebla; como siempre, destacan sus juegos de luces y sombras para comunicar las emociones de los personajes.

La historia trata de un pastor protestante llamado Tomas (Gunnar Bjönstrand) que está sumido en la soledad y la angustia. No tiene ninguna razón para creer en nada, ni siquiera es capaz de sentir afecto por nadie desde el fallecimiento de su mujer. Cumple con todos los rituales de su oficio automáticamente, como un títere sin alma, del mismo modo que lo hacen las pocas personas que participan en ellos.

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Este pastor experimentará durante toda la obra el fracaso y el vacío de su vida con apatía y desgana. A todas sus palabras y actos les sigue una cara de incredulidad, pero continúa arrastrándose como una marioneta de unas convicciones que no son suyas mientras que se mantiene incapaz de ayudar a quienes le necesitan o le quieren, incapaz de dar respuesta a sus dudas existenciales y, sobretodo, incapaz de devolver el afecto que su compañera Märta Lundberg (Ingrid Thulin) le procesa.

El viaje de su apático sufrimiento empieza con la petición del matrimonio Persson, formado por Jonas y Karin (Max von Sydow y Gunnel Lindblom), quienes solicitan la ayuda del pastor pues Jonas se encuentra sumamente deprimido por un motivo de irrelevante apariencia, la creación de una poderosa arma nuclear en China. Sus dificultades para dar respuesta a los problemas de Jonas iniciarán el tormentoso viaje de Tomas, acompañado del incondicional y desesperado apoyo de Märta y un resfriado molesto que entorpecerá el ritmo de la obra.

Esta obra, en mi opinión, va mucho más allá de una crítica a la fe cristiana. Es un reflejo de lo difícil que puede resultar sentir cualquier tipo de afecto o ilusión en un mundo donde se crean poderosas armas nucleares, o la gente se hace daño; una dificultad que choca contra la idea de aferrarse siempre a algo, ya sea la religión, la devoción absoluta por alguien (tal como representa de forma extraordinaria Ingrid Thulin) o cualquier otro motivo, no menos insignificante. Es una representación de una depresión que en cualquier momento, y en distintos grados, todo el mundo a sufrido. No es una depresión heroica, llena de grandilocuentes diálogos y vanagloriada con desesperadas reacciones; es una depresión penosa, desilusionada, torpe, representada por alguien que no sabe como expresarse, una depresión más humana, al fin y al cabo (el perpetuo resfriado lo acentúa).

 

Como detalles a destacar, el diálogo final antes de la misa entre Tomas y el sacristán Algot es un buen resumen del mensaje de la película, y sobre todo, la inconmensurable interpretación de Gunnar Björnstrand en toda la película.

 

 

El silencio / «Tystnaden» (1963)

 

La última de la “trilogía” y posiblemente la más oscura y confusa de las tres. Parece un sueño, todo lo que sucede se hace extraño e irreal al espectador, no hay un hilo claro en la historia, sino un estado de confusión perpetuo por donde bailan enanos españoles de un número de circo, tanques y un hombre huesudo y decrépito. La comunicación en esta obra viene dada por la falta de comunicación, y el mensaje que se puede sacar de ésta ha de ser percibido de otras formas que van más allá del diálogo; aquí es donde entran en juego las soberbias interpretaciones de las dos principales actrices de esta obra, Ingrid Thulin y Gunnel Lindblom.

Como bien nos indica el título de esta obra, las escenas sin diálogo dominan el peso de la película; de hecho, en 96 minutos de película, meramente hay 1.710 palabras. Es importante tener esta idea clara antes de ver la película para estar preparado a ver algo completamente distinto a lo acostumbrado.

El film trata de dos hermanas, Ester y Anna (Ingrid Thulin y Gunnel Lindblom, respectivamente) que viajan por el centro de Europa con el hijo de esta última, Johan. Pretenden regresar a casa, pero deciden detener su viaje en un país inventado de extrañas costumbres cuyo idioma resulta incomprensible. En la primera escena se encuentran los tres en silencio en un tren, y Johan encuentra un cartel que dice “Mutsa stapniuk palik” (palabras escritas en el idioma inventado). Ésta, para mi, es de las escenas más importantes.

Las tres llegan a parar a un hotel con habitaciones separadas y, a partir de ese momento, todo cobrará dimensiones oníricas. La obra girará sobre sí misma en la enfermedad de Ester, que permanecerá en cama, sufriendo; en los paseos de Johan por el hotel donde encontrará a enanos miembros de un circo y al perturbador trabajador del hotel que recuerda a la muerte; en el desahogo sexual de Ana, un desahogo que resultará incluso violento; y, sobretodo, en el silencio y la incomunicación.

Johan se verá desprovisto del cariño de su madre, mientras Ester intentará acercarse a él, pero sus intentos se verán frustrados por el rechazo de un Johan seriamente afectado por convertirse en el principal espectador de la autodestrucción de su familia, en un hotel fantasmagórico y en un país al borde de la guerra, donde no entiende absolutamente nada.

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El desprecio dominará la relación entre Ana y Ester, la envidia y la vanidad, quien comete errores y quien lo observa desde un altar moral. Ambas marcadas por el abandono de su padre y llenas de resentimientos por su infancia.

Ana reacciona con violencia a toda esta situación, usando como arma su apetito sexual que satisface cuando tiene la ocasión; revelándose contra un hijo al que no quiere, y una hermana con la que no puede comunicarse, una hermana que envidia, detesta y ama, una hermana al borde de la muerte que se siente sola.

Ester sufre su enfermedad y la frustración de no lograr comunicarse ni con Ana ni con Johan, a pesar de creer haber vivido de acuerdo con unos valores justos. Esta abandonada, y sólo le queda tratar de comprender el idioma extranjero.

Creo que esta obra trata del choque entre los valores aprendidos en la infancia y la realidad, de como estos valores dejan la espalda a quienes se aferraron a éstos, del desamparo tras ser abandonados, los restos que quedan de alguien que vivió en una ilusión después de que ésta se haya desvanecido. El padre del que sólo hablan de su ausencia es Dios (o esos valores para universalizar la obra), y el idioma incomprensible es su mensaje, el que nunca entenderemos siguiendo pistas falsas, el mensaje de cómo vivir.

Las hermanas, abandonadas de todo el afecto de su infancia, se encuentran inmersas en ese grotesco mundo (una caricatura del mundo real) y no entienden absolutamente nada. Todo sucede en el silencio, no hay comunicación posible cuando los idiomas son distintos, incluso entre ellas, y entre Johan.

Para entender esta obra, es muy importante prestar atención a los símbolos que se presentan (el tren, el hombre del hotel, el tanque, el padre); también lo es saber leer el silencio de los personajes, sus brillantes interpretaciones facilitan la tarea; pero, sobre todo, una vez vista interpretarla como una alegoría de todo lo mostrado en las dos anteriores películas, como los restos de una guerra que no se ha luchado, hay que tratar de entender lo que ese sueño nos quiere decir.

 

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Ingmar Bergman tiene el mérito que muchos de sus predecesores e ídolos no pudieron conseguir, indagar en las cuestiones existencialistas de forma bella y artística. Este es su trabajo, un fluir, que si bien fluye a un ritmo tedioso, fluye armoniosamente con notable grandeza estética.

Con estas tres películas, Ingmar Bergman abandona el Dios de su infancia, impartido por una profunda educación religiosa por parte de su padre, quien fue pastor luterano, y representa un nuevo Dios adaptado a todas las tragedias del siglo XX y su silencio. Esta trilogía es el reflejo de una imagen que caía en su decadencia, de la frustración de una sociedad que ya no tenía motivos para creer en Dios y debían buscar algo nuevo a lo que aferrarse, o poder vivir cómodamente en el vacío, en el silencio.

 

 

PD: Uno de los objetivos de este artículo es, evidentemente, promover el cine de Ingmar Bergman, por lo que no recomiendo que esta trilogía sea la primera experiencia con el autor sueco. En caso de que sea la primera película suya, creo que es mucho mejor empezar con “Secretos de un matrimonio” (1973) o “De la vida de las marionetas” (1980). En el caso de “Secretos de un matrimonio” creo que es mucho mejor ver la serie de TV, ya que la película es una versión muy reducida que pierde muchos matices.

 

 

 

Artículo escrito por Miquel Bassart, estudiante de Economía en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona.

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