LA FIESTA DE LA DEMOCRACIA

Hace unos días, reflexionando sobre las elecciones del 20 de diciembre, me di cuenta de que cada vez más asocio el proceso democrático a una fiesta, bien sea en la calle disfrutando de unas cervezas con los colegas, bien en un garito tomándote unas copas mientras observas a los parroquianos del lugar. Y como en toda celebración, en la que reconozcámoslo, nos venimos arriba a determinadas horas de la noche, al día siguiente sufrimos las secuelas de tanto desmadre con nuestra inseparable resaca mañanera.

Pues bien, así son las elecciones, primero todo son preparativos: ponerse guapos para las fotos, ensayar con qué frase vas a intentar camelarte a aquella morena del fondo, o en este caso, a cientos de ellas (y de ellos, cuando se trata de triunfar el sexo no importa), en resumen, salir a tirarte el pisto, a ver si con suerte sales reforzado con la moral por las nubes o si la cosa no funciona acabas regresando a casa hecho todo un “loser”. Ahora bien, la resaca del día siguiente no te la quita ni Cristo, y con perdón, pues no fue tu intención dejarle al pobre hombre sin sangre por beberte todas las barricas de vino que encontraste a tu paso. Y siendo honestos, estas elecciones nos han dejado el cerebro un poco frito con tanto sumatorio de escaños entre azulitos, naranjitos, rojitos, moraditos y la madre que alumbró al resto de hermanos pequeñitos. Ya no solo es que hayamos acabado tirando de ibuprofeno para hacer frente a tanto desenfreno nocturno sino que ahora nos hemos despertado con varios en la misma cama, con esos oportunos vacíos mentales que prefieren no recordar lo que hicimos o dijimos antes de acabar ahí. Nunca a España se le fue tanto la pinza en una fiesta (y en mi opinión para bien, será que me gusta demasiado la variedad), de tal manera que se nos presentan unos curiosos bailes durante los próximos cuatro años, si llegamos, que lo mismo con tanto devaneo todo queda en una aventura invernal y en primavera nos toca salir otra vez de parranda a ver quién pilla más cacho.

Divagaciones aparte, el 20D fue una fiesta, o al menos yo lo viví de esa manera y creo que todos deberíamos hacerlo. Es muy legítimo no votar y quedarte en casa, pero intentar desperezarte de esa resaca de domingo yendo a votar (dicen que una resaca se cura pegándote otra fiesta) es algo que todo ciudadano debe animarse a realizar. No quiero señalarme políticamente, en primer lugar porque no creo que a nadie realmente le importe, y en segundo lugar porque no quiero que el hecho de situarme en algún “color” sirva como pretexto para fomentar algún tipo de descrédito a mis palabras. Pero lo que sí quiero decir es que yo estuve allí, todo el día, en un colegio electoral de mi ciudad, participando en el proceso, hablando con los apoderados de los diferentes partidos, con los representantes de la administración, con los vocales y presidentes de mesa, con los municipales y policías nacionales que velaban por la seguridad del proceso, con el conserje encargado de reponer las papeletas, y sobre todo, con los votantes. Y por supuesto, hay de todo en la viña del señor, pero lo que más me sorprendió fue la ilusión con la que la mayor parte de ellos votaban, bien es cierto que a unos se les notaba más que a otros, que unos interactuaban más con los que nos tocaba por obligación o amor al arte estar allí, algunos incluso nos abrazaban, animaban y deseaban suerte. Suerte, eso es lo que me di cuenta que tenía el 20 de diciembre, suerte de poder votar, suerte de poder elegir, de poder equivocarme y aprender, suerte de poder cambiar, en definitiva, suerte de poder irme de fiesta e intentar ligarme a esa chica a veces tan difícil de conseguir. Quizá la Democracia sea imperfecta, pero a veces me da por pensar que no estaría mal pasarse el resto de la vida con ella.

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