Refugiadas: doble Odisea

 

 

En toda historia, en toda guerra y en toda crisis siempre una cara de la moneda es ocultada y silenciada. Se condenan los ataques de DAESH, las condiciones en las que se encuentran los refugiados en Europa, la falta de actuación de nuestros gobiernos o el auge del racismo y la xenofobia en nuestras ciudades, pero lo que no somos capaces de denunciar es la utilización del hambre como arma de guerra por parte de todos los actores que participan en el conflicto sirio o la desprotección que han sufrido, sufren y seguirán sufriendo las mujeres y las niñas en nuestros territorios si no alzamos la voz y las proporcionamos protección y seguridad.

 

Creo que nadie puede negar que las sociedades en las que vivimos son patriarcales, sea esto más o menos evidente, es decir, que existe una supremacía de un sexo sobre el otro. Las mujeres deben hacer frente a la opresión que el otro sexo, consciente o inconscientemente, ejerce sobre ellas. Nos indican cómo vestir, qué podemos enseñar y qué no, nos culpabilizan de agresiones que sufrimos, nos dicen cómo debemos hablar y cómo debemos comportarnos. Mercantilizan nuestros cuerpos, nos hipersexualizan y se creen con el derecho de tocarnos, hablarnos, gritarnos y piropearnos sin ni siquiera conocernos. Además, al acceder a un puesto de trabajo en vez de preguntarnos sobre nuestra experiencia o sobre nuestros objetivos laborales; nos preguntan si tenemos pareja o si tenemos pensado en quedarnos embarazadas. Así, si queremos acceder a un puesto de alta directiva debemos hacer el doble, el triple o el cuádruple de esfuerzo. Y es que, aunque muchos intenten negarlo, la situación de la mujer siempre ha sido más precaria. Situación que se ve acrecentada en contextos de crisis, guerra o exilio.

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Louisa Gouliamaki / AFP

En enero de 2016 Amnistía Internacional publicaba un estudio de campo sobre las adversidades a las que se ven obligadas a hacer frente las refugiadas en su travesía hacia una nueva vida. Este estudio se realizó gracias a entrevistas en el norte de Europa con cuarenta mujeres y niñas refugiadas que habían ido de Turquía a Grecia para después cruzar los Balcanes. En ellas todas denunciaron que se habían sentido inseguras y amenazadas durante todo el viaje. Contaban que, en casi todos los países, incluidos los europeos, los traficantes, el personal de seguridad de los respectivos países y los propios refugiados las habían sometido a maltratos físicos y explotación económica, así como a toqueteos no autorizados o presiones para mantener relaciones sexuales. El acoso llegaba hasta tal punto que una joven de 22 años confesó que un guardia de seguridad uniformado le había ofrecido ropa a cambio de “estar a solas” con él. Una confesión que se sumó a la de una docena de mujeres que afirmaron que en los campamentos de tránsito europeos las habían tocado, acariciado o mirado lascivamente. Pero estos individuos eran y son listos, solo lanzaban estos ataques contra las más vulnerables: mujeres que viajaban solas o con hijos menores. La situación era tan insostenible que muchas de ellas se vieron obligadas a tomar decisiones extremas como dejar de comer y beber para no tener que enfrentarse a los fisgoneos de sus “compañeros” de viaje en los servicios, que ni son higiénicos ni están iluminados y, además, son mixtos. Por otro lado, una mujer siria, embarazada y encargada de amamantar a su hija, declaró que fue incapaz de dormir en los campamentos de Grecia al verse rodeada de hombres. El miedo era tal en algunas zonas que las mujeres salían de las zonas adecuadas para pernoctar y se iban a dormir a la playa, al considerar y sentirse allí mucho más seguras. Reem, una mujer siria de 20 años que viajaba con su primo de 15, nos dejaba el siguiente testimonio desgarrador:

 

“Nunca quise dormir en las instalaciones. Tenía demasiado miedo de que alguien me tocara. Las tiendas eran mixtas y fui testigo de escenas de violencia. Me sentía más segura mientras nos desplazábamos, especialmente en autobús, el único lugar donde podía cerrar los ojos y dormir. En los campamentos hay muchas probabilidades de que te toquen, y las mujeres realmente no pueden quejarse, porque, además, no quieren causar problemas que perturben el viaje.”

 

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Bilal Hussein / AP

 

Pero las refugiadas no solo explicaron y detallaron lo que les hacía el resto del grupo, sino que también dieron testimonios sobre la explotación sexual que algunas sufrían a manos de los traficantes. Y es que, si no tenían recursos económicos para pagarse el viaje, ejercían coacción sobre ellas para que mantuviera relaciones sexuales con ellos a cambio de una plaza en las embarcaciones o, si la tenían, para hacerles alguna rebajita. Así lo contaba una de las entrevistadas:

 

“Una amiga que vino conmigo desde Siria se quedó sin dinero en Turquía y el ayudante del traficante le ofreció que se acostara con él [a cambio de una plaza en la embarcación]. Ella se negó, claro, y no pudo salir de Turquía, en donde sigue.”

 

También manifestaron la violencia que sufrieron por parte de la policía y las condiciones en los campamentos de tránsito. Unos campamentos que estaban muy sucios, donde la comida escaseaba y las embarazadas contaban con muy poca o ninguna ayuda. Situación que se precarizó al aumentar las tensiones e intervenir la policía con cargas. Cargas que iban dirigidas su mayoría hacia mujeres, algunas en cinta, y niños que pedían salir o reclamaban más comida.

 

Con estas actuaciones se consentían y se consienten, se facilitaban y se facilitan, y, como hemos visto en algunos casos, se ejercían y se ejercen agresiones contra las mujeres. Si no se desarrollan vías de entrada legales y seguras, si no se crean las infraestructuras necesarias para protegerlas (como baños bien iluminados y dormitorios no mixtos y seguros), si no se proporciona ayuda médica y seguimiento a las embarazadas o a los niños, si no se desarrollan medidas prácticas para proteger a los grupos con más riesgo de sufrir abusos, es decir, si no se proporcionan ni se siguen las garantías básicas de protección a las mujeres, nos pasará lo que ya nos ha pasado. Terminaremos convirtiendo en los cómplices de estos maltratos y esta violencia, nos mancharemos aún más (si es que es posible) las manos de sangre. Porque como dijo Desmond Tutu: “Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor.”

Socialmente hemos invisibilizado esta desprotección que muchas podíamos intuir pero que solo ha denunciado Amnistía Internacional. Hemos dejado solas a mujeres que “tras vivir los horrores de la guerra en Irak y Siria, lo han arriesgado todo con tal de conseguir seguridad para ellas y para sus hijos. Pero [que] desde el mismo momento en que comienzan su viaje vuelven a verse expuestas a sufrir violencia y explotación, sin recibir apenas apoyo o protección”, como afirmaba Tirana Hassan, directora del Programa de Respuesta a las Crisis de Amnistía Internacional.

 

Asimismo, también se denunció lo difícil que es sobrevivir siendo refugiada fuera de nuestras fronteras. En el Líbano, un grupo de mujeres denunció a Human Rights Watch (HRM) que habían sufrido agresiones sexuales por sus empleadores, los propietarios de las viviendas que alquilan e incluso por miembros de organizaciones religiosas que llegan al país a proporcionar ayuda. Agresiones que no denuncian por miedo a las represalias o a que las expulsen del país por no tener el permiso de residencia en regla. Este fue el caso de Hala (53 años, procedente de Damasco) que contó que en nueve de los diez hogares donde había trabajado había sufrido acoso o intento de explotación sexual. En la conversación que mantuvo con HRM narraba como los empleadores intentaron tocarle sus senos y le presionaron para que mantuviera relaciones sexuales u obligarla a entregar en matrimonio a su hija de 16 años.

 

Lamentablemente, los abusos a mujeres refugiadas sirias o iraquíes no son una excepción, al igual que ningún abuso o violencia ejercida contra la mujer. En el año 1994 ya salieron a la luz datos que demostraban que cerca de 200.000 mujeres habían sido violadas en Ruanda, unas 1.152 violaciones al día. Algo similar también fue denunciado en 1992 en Bosnia, donde se usaron las violaciones para humillar al adversario y dejar huella en el país. Tampoco podemos ni debemos olvidarnos de las violaciones que se produjeron en Somalia por parte de los militares enviados por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ni de las mujeres refugiadas y desplazadas de Colombia o de las niñas de Darfur. Todos estos ejemplos, y muchos otros, nos muestran cómo los cuerpos de las mujeres es utilizado tanto en los conflictos como en los post-conflictos como armas de guerra. Así lo recogió, tras muchas luchas, la resolución 1325 (2000) de la ONU, la cual aboga por adoptar una perspectiva de género que incluya las necesidades especiales de las mujeres y las niñas durante la repatriación, el reasentamiento, la rehabilitación, la reintegración y la reconstrucción post-conflicto. Es decir, exige a todas las partes involucradas en el conflicto que respeten los derechos de las mujeres y apoyen su participación en las negociaciones de paz y en la reconstrucción de la zona una vez firmada esta.

Por esto, por lo contado anteriormente, se dice que en las guerras no solo se hace uso de las pistolas, los kalashnikov, los tanques o las bombas como armas sino también se usa a la mujer y al hambre: las más efectivas de todas las armas al no suponer ningún tipo de desembolso económico. Se va a herir en lo más profundo a una comunidad con el objetivo de lograr su rendición. Da igual que sean niños, ancianos o mujeres, se les deja sin comida e incluso sin bebida. Da igual que sean niñas, jóvenes o ya mujeres hechas y derechas; lo importante es mostrar quién manda. Siempre lo importante es la victoria y el sentirse superior al otro, nunca los derechos humanos y la gente que está detrás de todas esas historias desgarradoras que nos ha dejado cada uno de los conflictos que le ha tocado vivir a este nuestro planeta.

 

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Jamail Saidi / Reuters

Si quieres saber más sobre la situación de las mujeres refugiadas y sus posibles soluciones, te invitamos a que hagas click aquí para leer un artículo de Amnistía Internacional sobre esta problemática en el Líbano.

 

Artículo escrito por Sofía Hamed Serrano, estudiante de Filosofía y Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid.

 

 

 

 

 

 

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