La Rebelión de Akhenatón

Estatua, de roca caliza, de Akhenatón

“Tenemos bastante religión para odiarnos unos a otros, pero no la bastante para amarnos ” así se lamentaba Jonathan Swift, autor de Los Viajes de Gulliver, en el siglo XVIII sobre una problemática que en nuestros días rellena párrafos, páginas, periódicos enteros y libros: la religión como arma para justificar el enfrentamiento entre pueblos y naciones. Es difícil asegurar en que momento de nuestra historia la religión tomó el rumbo de la sociedad. Las civilizaciones antiguas son un buen comienzo para esta búsqueda, ya que en ellas se sentaron las bases de las religiones más potentes y populares, algunas de ellas vivas hoy en día. Hoy vamos a hablar de uno de los aspectos más interesantes de la religión egipcia: la voluntad férrea de un faraón que llevó a un pueblo, Egipto, de tradición politeísta a un nuevo amanecer de mano de un único y verdadero dios, Atón.

Akhenatón y la familia real juegan bajo la protección de Atón, relieve policromado.

En el año 1364 a.C un nuevo faraón sube al trono de Egipto. Amenhotep IV es coronado líder político y espiritual del país del Nilo. La revolución religiosa ha comenzado. No pasaron ni siquiera cuatro años desde su entronización hasta el joven rey se cambia el nombre a Akhenatón, cambia la capital del reino a Amarna e impone el culto total al disco solar Atón. La rebelión de Akhenatón tuvo trascendencia política y religiosa. Por una parte, Tebas fue desde antiguo la capital del Bajo y Alto Egipto, y su clero-  el clero tebano de Amón – tenía gran poder político y religioso, por lo que podría rivalizar con el del propio faraón. Hay que recordar que, antiguamente, los sacerdotes tenían una gran influencia por lo que sus discursos y decisiones no eran tomados a la ligera. En el plano religioso, Atón suponía una auténtica novedad. Antes de su aparición, la sociedad egipcia adoraba a cientos de dioses- rasgo característico de las culturas antiguas – que eran motivos de devoción, ya que se creía que sus bendiciones  harían caer el agua del cielo, proporcionarían cosechas más abundantes y protegerían a las familias de todos los males. Atón rompía los esquemas de los dioses egipcios, ya que suponía una idea religiosa más abstracta sin forma definida a excepción de la manifestación de su poder en forma de rayos solares.

La nación del Nilo

Esta ideología se considera muy avanzada para la época. Las religiones monoteístas no surgirían hasta muchos siglos después, mas las similitudes son increíbles, por lo que muchos afirman que probablemente esta revolución fuese el germen de religiones tan poderosas como la cristiana, la judía o la musulmana. Akhenatón tuvo que lidiar con la negativa de un clero que, como hemos visto, era muy poderoso. El rey anuló la autoridad del Sumo Sacerdote de Amón y ordenó la destrucción de las imágenes del depuesto dios. El faraón era ahora el profeta del nuevo dios y su Sumo Sacerdote, por lo que unía en su persona el poder político y religioso, haciéndose con un tremendo poder. La fiebre “atoniana” se había disparado. Templos, ciudades, paseos, columnas, estatuas se embellecían con las escrituras del nuevo dios egipcio y los herejes adoradores de las falsas creencias fueron perseguidos y aniquilados. La victoria de Atón fue definitiva y triunfal.

El faraón Akhenatón no lo tuvo fácil pero, poco a poco, su dios era aceptado a nivel social e institucional. La familia real no fue una excepción y se convirtió rápidamente a la nueva creencia. Un personaje clave en esta historia es la Gran Esposa Real Nefertiti (de la que se conserva un precioso busto policromado) famosa por su belleza sin igual. La reina de Egipto acompañaría a Akhenatón en su andanza reformista durante varios años hasta que muere y es sustituida como Gran Esposa por su hija Meritatón. No debe ser extraño este hecho ya que en las familias reales egipcias no era extraño el incesto para mantener una línea real pura, provocando numerosos problemas en los descendientes. Aunque Meritatón era la Gran Esposa Real, Akhenatón disponía de un harén de mujeres que le daban numerosos hijos. Uno de estos descendientes fue Tutankhatón. ¿No os suena? Cambiemos una letra: Tutankhamón; el más famoso de los faraones egipcios debido a las famosas maldiciones de su tumba que, supuestamente mataron a Lord Carnarvon, el promotor de su descubrimiento, así como a más de 20 trabajadores egipcios en extrañas condiciones, era hijo del nuevo Profeta de Egipto, Akhenatón.

Máscara de Tutankhamón de oro, lapislázuli y piedras semipreciosas

Pero la aventura del faraón pronto llegaría a su fin. El pueblo llano egipcio se resistía a convertirse a una ideología que se veía promovida por la monarquía y no por el clero, que era la palabra de los dioses. La muerte de Akhenatón en el año 1346 a. C, 18 años después de su subida al trono, propició un periodo de inestabilidad que fue aprovechado para entronizar al faraón niño Tutankhatón. Este pequeño rey, coaccionado por el clero de Amón que impulsó su ascenso, deshizo todo lo andado, permitiendo de nuevo el culto a Amón y a las demás divinidades egipcias. Su cambio de nombre por el de Tutankhamón fue el símbolo definitivo del fin de una era. Su temprana y extraña muerte ha sido el detonante de múltiples películas y novelas fantasiosas sobre la maldición de Tutankhamón. Quién sabe que sería de Egipto si se hubiese mantenido este dios en el poder.

En conclusión, hemos recorrido una etapa histórica dinámica e inestable de la historia de Egipto. Una historia de luchas de poder entre sectores sociales tradicionalmente enfrentados, política y religión, dieron germen a una creencia innovadora y popular. El “atonismo” fue un movimiento vanguardista a todos los niveles, ya que proporcionó una perspectiva religiosa nueva (el monoteísmo), hizo temblar los cimientos de la poderosa nación del Nilo y proporcionó a los artistas de la época una nueva perspectiva artística muy alejada de lo cotidiano: la monótona interpretación de los dioses en formas terrenales sufrió un gran cambio al verse eclipsada por una renovada imagen abstracta de un dios todopoderoso, omnipotente y omnipresente, el disco solar Atón.

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Pontevedrés, residente en Santiago de Compostela. Estudiante de Biología en la USC, investigador en formación y amante de la ciencia.

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