La última resaca

Hace no mucho tiempo le tenía miedo a mi conciencia, a que me echase en cara una indigencia psíquica a la que aún no le hemos encontrado ni nombre. Somos los que hemos perdido la calderilla con la que pagar las deudas de la memoria los que escribimos sobre lo que  hemos olvidado, las palabras amnésicas, que son las peores y las mejores al mismo tiempo, básicamente porque seré yo la que nunca será capaz de pronunciarlas. He aquí la historia de a quienes el wiskhy penetra en el olor de su aliento al callar, de quienes en el supuesto de no recordar siquiera sus apellidos un sábado noche, podrían conformarse con la suerte inmerecida de llegar a casa con las llaves en mano, abrir la puerta y sobrevivir, al menos por un tiempo. La verdad es que se ha convertido en rutina el disiparse entre montañas de arrepentimientos, de disculpas, entre la bruna, la niebla e insatisfacciones varias. De todo ello soy culpable. Y pese a todo, no me preocupa demasiado esta colección de errores que soy yo, pues alguien dijo que “cuando un hombre no tiene algo de lo que presumir, no será nada malo que tenga al menos algo de lo que lamentarse” y es ese mi mayor orgullo, la aflicción, el suicidio de la conciencia, invitarme a morir una vez más resaca tras resaca, ser bala, pistola y herida a la vez: he aquí la poesía en vida, una canción cualquiera de Jerry Lee Lewis y los vasos vacíos de los que prefiero no hablar. La verdad es que así, haciéndolo todo a mi manera, la mejor forma que he encontrado de malvivir, sin patrias ni dioses más que yo misma, expuesta sin demasiadas esperanzas a la sed de algún loco que decidiese amarme a pesar de mi increíble habilidad de destruir todo cuanto toco. Sí, queridos, sigo teniendo de cuando en vez arrepentimientos, quizás demasiados. Pero hace tiempo que me obligo a mirar mis sombras con cierta querencia, a hallar en ella lo que hoy considero cierto. He aquí la noche más larga que soy yo misma, y en ella, en mí, en la penumbra, un latido iluminado por un incendio que si bien no se apagó nunca fue posiblemente por algo que tampoco recuerdo.

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Nací en el Portonovo del 1996 y lo que escribo es, probablemente, patológico.

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