La utilidad de lo inútil

El verano pasado viajé al sudeste asiático, a Vietnam y Camboya más concretamente. Durante todos los trámites y preparativos previos, mientras leía la guía topé con un nombre que me era familiar: Pol Pot. Recordé un párrafo minúsculo del libro de historia contemporánea en el que se le citaba a él y a algo llamado el genocidio camboyano. Aunque me era vagamente familiar no habíamos profundizado más en ello, por lo que me pareció justo que si iba a viajar allí hiciera un poco de búsqueda sobre el tema. Tras leer “El infierno de los jemeres rojos” de Denise Affonço, donde trataba su experiencia personal, quedé ya algo tocado por las atrocidades con las que se había castigado al pueblo camboyano, pero fue tras visitar el S-21, un centro de concentración y exterminio en Phnom Penh, donde se me puso el estómago del revés y literalmente quedé sin habla durante unos minutos al salir.

Hombres, mujeres y niños torturados hasta la muerte sin el más mínimo miramiento. De hecho, de las 14.000 personas que tuvieron la desgracia de pasar por ahí entre los años 1976 y 1979, sobrevivieron doce, de entre ellas  cinco niños. ¿Su crimen? La cultura. Las ideas de Pol Pot y de los llamados jemeres rojos eran contrarias a todo aquél que tuviera algún trabajo para el que hubiera tenido que estudiar, el país debía empezar de cero y la economía basarse, única y exclusivamente, en el trabajo del campo. Las demostraciones de sentimientos estaban prohibidas, los lazos familiares, también. Para no gastar balas, les dejaba morir de hambre o morían a garrotazos. En resumen, todas las formas más macabras de acabar con lo vida y reducir la dignidad del hombre a cenizas que existen tuvieron cabida en la Camboya de aquellos años con un resultado de aproximadamente 1,7 millones de personas, un tercio de la población, exterminadas.

Tras asimilarlo todo, caí en la cuenta de algo, ¿cómo podían haber enseñado tal masacre tan por encima? Más aún, aquellos que no habían dado aquella asignatura por ser optativa, ¿sabían algo acerca de ello? Fue entonces cuando planté en mi cabeza la semilla de una idea a la que moriré dando vueltas, ¿qué nos enseñan realmente en clase?

Nadie cuestiona nunca la utilidad de la física, la química o las matemáticas. Su práctica aplicada al día a día da resultados tangibles. Una máquina se mueve así, si mezclas esto con aquello se produce lo siguiente, si pones demasiado peso aquí, se rompe. Pero, ¿qué pasa con saberes como la historia o la filosofía? ¿Existe realmente tal y como argumenta el filósofo y profesor Nuccio Ordine  una “utilidad de lo inútil”?

Vivimos en un país donde la cultura se ha utilizado como arma arrojadiza y como manual de adoctrinamiento al enseñar las ideas que han interesado más, utilizando a la vez maniobras de todos tipos; unas más sutiles, otras absolutamente descaradas. Hemos encadenado siete leyes de educación desde 1970 y resulta notorio que, por ejemplo, la LOMCE  deja la historia de la filosofía como algo opcional.

La historia es nuestra memoria colectiva, el hilo del que hay que tirar para entender que lo que pasa hoy es un eco de lo que pasó años atrás. A la vez, la filosofía ha vertebrado a lo largo de la historia el hacer de todos aquellos que toman cada una de las decisiones que nos afectan en el día a día. Si no prestamos atención, si no miramos por el retrovisor de nuestra sociedad, difícilmente podremos comprender el cómo y el porqué de algunas cosas que no pueden explicarse mediante ecuaciones, aleaciones o compuestos.

Si desconocía precisamente el cómo y el porqué murieron 1,7 millones de personas en un periodo de tres míseros años es una prueba muy clara de que algo en el sistema está fallando. Si las futuras generaciones van a crecer sin saber qué es el mito de la caverna, qué significa el utilitarismo de Mill, qué quería decir Nietzsche con su “Dios ha muerto” o cual es la relación del pensamiento y el sexo según Freud, no esperemos que se conviertan en los nuevos guías de la sociedad ni les culpemos de que puedan estrellarla.

Estamos a tiempo de replantearnos cuáles son los cimientos, de ver la utilidad a lo humanístico, algo que a muchos les parece prescindible.

No es así.

La historia, la filosofía y demás artes o estudios “inútiles” merecen un respeto, sobretodo por justicia con quienes han formado parte de ella, incluyendo en ese grupo a mentes tan perversas como la de Pol Pot, a quien tuve que conocer por mi cuenta por culpa de una educación que cojea.

 

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Find what you love and let it kill you, y así intento funcionar.

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