Libros de autoayuda: una visión crítica sobre la invisivilización de las connotaciones sociales en los problemas del individuo

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Fotografía de Ana Uhía Pérez

 Pido al lector que dibuje en su imaginario dos escenas de las que me serviré para desarrollar la cuestión del vínculo social en la Modernidad: en la primera, una mujer que dice “amar demasiado” a su marido se halla indecisa frente a un sinfín de libros catalogados bajo el nombre autoayuda; en la segunda, una multitud de ellas pisan el asfalto de las calles de Gran Vía bajo el grito de “nos queremos vivas”. Las escenas que sugiero edifican un contraste claro entre un yo que busca rescatarse a sí mismo de un problema que es, en apariencia, individual, y un nosotros que identifica un conflicto común y lo afronta mediante la unión. La segunda escena es esperanzadora; la primera, a mi juicio, un producto de un caldo social propiciado por el proceso de individualización de la Modernidad que, por el bien de los propios sujetos, precisa de respuestas colectivas. Permítanme pues, que explique los rasgos del contexto que propicia esta situación para luego ahondar en lo particular del caso de los libros de autoayuda.

 

 De acuerdo con el diagnóstico de Dubet y Matuccelli, la sociedad moderna opone a un “’antes’ tradicional y a un ‘más allá’ exótico a un ‘aquí y ahora’ moderno y occidental” (La declinación de la idea de sociedad).  En este sentido, la sociedad es sometida, bajo la perspectiva de Weber, a un proceso de racionalización que nos conduce a una pérdida de marcadores de certeza, los cuales identificábamos como Dios, la familia, el trabajo, las ideologías, el desarrollo tecnológico y la idea de Estado-nación (Monedero, 2014).  Esta pérdida de marcadores de certeza está relacionada con la idea que Dubet y Matuccelli tienen con respecto al agotamiento del gran relato de la Modernidad. Así, el desarrollo de la idea de Modernidad acaba provocando la caída del papel fundamental que tenía la religión en nuestra sociedad: la función de Dios es sustituida por un sistema de leyes con bases de cumplimiento legales y éticas que, en el universo weberiano se identifican con la pérdida de valores tradicionales a causa del imperio de la razón.

 

En lo que concierne al marcador de certeza ‘trabajo’, cobra especial relevancia la concepción durkheimiana de la división del mismo en las sociedades industrializadas como destructora de vínculo social. A este respecto, la sociedad moderna deja de ser una sociedad de lucha de clases en tanto que “ya no está cerrada sobre el trabajo y la clase obrera, sino sobre la ciudad, los alrededores, las minorías, la pobreza, y la eficacia del estado benefactor” (Dubet y Matuccelli: La declinación de la idea de sociedad). Los roles sociales quedan así diluidos en una masa en la que uno ya no es consciente de sí mismo como integrante de un grupo social, sino más bien como un individuo autónomo inserto en una masa heterogénea de individuos igualmente autónomos, diferenciados e inconexos entre sí. Tal y como señala Simmel, la consecuencia de este sistema de división del trabajo es la gestación de una sociedad en la que impera el individualismo. Y es que la lógica de dicho sistema ciega al individuo frente a los pasos anteriores y posteriores a los suyos en el proceso productivo. En relación con esto, se configura una enajenación del producto final de todo ese proceso con respecto a sus propios creadores, tal y como explica el concepto marxista del fetichismo de la cultura que Simmel expone en relación a esto en su obra Sobre el concepto y la tragedia de la cultura:

 

El carácter de fetiche de Marx adscribe a los objetos económicos en la época de la producción de mercancías es solo un caso peculiarmente modificado de este destino general de nuestros contenidos culturales. Estos contenidos están bajo la paradoja de que, ciertamente han sido creados por sujetos y están determinados para sujetos, pero en la forma intermedia de la objetividad que adoptan más allá y más acá de estas instancias siguen una lógica evolutiva inmanente y, en esta medida, se alejan tanto de su origen como de su fin.

 

(Simmel, 2002: 350)

 

 La ceguera ante el otro hace que imperen las metas individuales frente a las colectivas. El estado de ceguera corrompe la búsqueda de nexos entre los problemas del sujeto individual y la colectividad y empujan a éste a obviar que las soluciones eficaces a sus desajustes vitales pueden ser halladas, en muchos casos, en la unión social, la cual -a su vez- puede generar vínculos sociales. El caso de los libros de autoayuda me parece muy clarificador a este respecto. Lejos de pretender establecer juicios de valor con respecto a los consumidores de este tipo de libros y con respecto a estos productos en sí, mi propósito es establecer un puente entre lo aquí expuesto y las soluciones que estos materiales de autoayuda aportan al individuo con respecto a ciertas problemáticas que competen, en muchos casos, al seno de lo social.

 El triunfo del género de autoayuda tiene que ver para muchos sociólogos con uno de los marcadores de certeza que anteriormente señalamos diluidos. Y es que se entiende que el auge de este tipo de libros tiene mucho que ver con la progresiva pérdida de credibilidad que están padeciendo las instituciones religiosas. En general, solemos aferrarnos a personas o deidades que nos garanticen seguridad ante nuestros problemas y si las instituciones religiosas son puestas en cuestión, hemos de hallar un elemento sustitutivo que nos “salve” y ayude ante nuestros problemas. La crítica fundamental que se le hace a este tipo de elementos sustitutivos es que, al concentrar todas las soluciones y expectativas en el sujeto como individuo, obvia las condiciones sociales que, especialmente a largo plazo, son determinantes, de modo que en muchos casos el consumidor de libros de autoayuda ve sus metas incumplidas y sucumbe a la frustración.

Con el fin de ajustarme a un caso real y práctico, he seleccionado un best-seller mundial de autoayuda de Robin Norward llamado Las mujeres que aman demasiado, en el cual se trata de exponer una crítica a lo que la teoría feminista llama amor romántico mediante el concepto de “amar demasiado”, que la autora define del siguiente modo:

 

Obsesionarse por un hombre y llamar a esa obsesión “amor”, permitiendo que esta controle nuestras emociones y gran parte de nuestra conducta y, si bien comprendemos que ejerce una influencia negativa sobre nuestra salud y nuestro bienestar, nos sentimos incapaces de librarnos de ella. Significa medir nuestro amor por la profundidad de nuestro tormento.

                                                                  (Robin Norward, Las mujeres que aman demasiado)

A lo largo del libro se esbozan una serie de características que definen a las mujeres que “aman demasiado” y que a continuación enumeraré:

 

  1. Típicamente, usted proviene de un hogar disfuncional que no satisfizo sus necesidades emocionales.

 

 

  1. Habiendo recibido poco afecto, usted trata de compensar indirectamente esa necesidad insatisfecha proporcionando afecto, en especial a hombres que parecen, de alguna manera, necesitados.

 

 

  1. Debido a que usted nunca pudo convertir a su(s) progenitor(es) en los seres atentos y cariñosos que usted ansiaba, reacciona profundamente ante la clase de hombres emocionalmente inaccesibles a quienes puede volver a intentar cambiar, por medio de su amor.

 

 

  1. Como le aterra que la abandonen, hace cualquier cosa para evitar que una relación se disuelva.

 

 

  1. Casi ninguna cosa es demasiado problemática, tarda demasiado tiempo o es demasiado costosa si “ayuda” al hombre con quien usted está involucrada.

 

 

  1. Acostumbrada a la falta de amor en las relaciones personales, usted está dispuesta a esperar, conservar esperanzas y esforzarse más para complacer.

 

 

  1. Está dispuesta a aceptar mucho más del cincuenta por ciento de la responsabilidad, la culpa y los reproches en cualquier relación.

 

 

  1. Su amor propio es críticamente bajo, y en el fondo usted no cree merecer la felicidad. En cambio, cree que debe ganarse el derecho de disfrutar de la vida.

 

 

  1. Necesita con desesperación controlar a sus hombres y sus relaciones, debido a la poca seguridad que experimentó en la niñez. Disimula sus esfuerzos por controlar a la gente y las situaciones bajo la apariencia de “ser útil”.

 

 

  1. En una relación, está mucho más en contacto con su sueño de cómo podría ser que con la realidad de su situación.

 

 

  1. Es adicta a los hombres y al dolor emocional.

 

 

  1. Es probable que usted esté predispuesta emocionalmente y, a menudo, bioquímicamente, para volverse adicta a las drogas, al alcohol y/o ciertas comidas, en particular los dulces.

 

 

  1. Al verse atraída hacia personas que tienen problemas por resolver, o involucrada en situaciones que son caóticas, inciertas y emocionalmente dolorosas, usted evita concentrarse en su responsabilidad para consigo misma.

 

 

  1. Es probable que usted tenga una tendencia a los episodios depresivos, los cuales trata de prevenir por medio de la excitación que proporciona una relación inestable.

 

 

  1. No la atraen los hombres que son amables, estables, confiables y que se interesan por usted. Estos hombres “agradables” le parecen aburridos.

 

                                                (Robin Norwood, Las mujeres que aman demasiado)

 

A pesar de que las anteriores características de “las mujeres que aman demasiado” pueden ser muy válidas dentro del análisis de cómo afecta la idea de amor romántico a las mujeres, la no señalización del contexto patriarcal que construye tanto este tipo de mujer como el rol de masculinidad que los hombres de los que éstas se enamoran cumplen, convierte una gran enfermedad sistémica en una mera patología de la individua en cuestión. De ahí que en la obra nos topemos con ideas que sugieran que la solución de este tipo de conductas radica en la iniciativa del individuo:

 

Es verdad en todos nosotros que, cuando sucede algo emocionalmente doloroso y nos decimos que la culpa es nuestra, en realidad estamos diciendo que tenemos control sobre ello: si nosotros cambiamos, el dolor desaparecerá.

                                                    (Robin Norwood, Las mujeres que aman demasiado)

 

No es mi intención, ni mucho menos, afirmar que la superación de los estereotipos de las relaciones en las que “se ama demasiado” (o dicho en el lenguaje que yo considero más acertado: de los estereotipos propios de las relaciones amorosas patriarcales) no conlleven un proceso de cambio individual. Las pautas de deconstrucción individual en estos aspectos son claramente necesarias, pero éstas no implican ignorar el contexto en el que se halla inserta la problemática, ni tampoco olvidar que la solución que se debe perseguir tiene un fin social. En términos de lo que aquí es mi tesis, la deconstrucción del yo se entiende como la propiciatoria de una deconstrucción social para la cual la unión se hace imprescindible.

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Fotografía de Ana Uhía Pérez

 Supongo que, llegados a este punto, el lector ya entiende mi invitación a imaginar dos escenas que yo tildaba como antagónicas. La primera de ellas ha sido ya expuesta y, en cuanto a la segunda -cuyo marco temporal podríamos definir en los acontecimientos del 7 de noviembre de 2015-, la idea de la necesidad de contextualizar socialmente los problemas individuales y la necesidad de unión para su superación dejan clara mi postura con respecto a la necesidad de subrayar las connotaciones sociales de los problemas individuales. La creación de colectivos en los que se discutan las repercusiones históricas del patriarcado en los actuales roles de género y se denuncien situaciones desiguales e injustas a este respecto, generan una conciencia colectiva que, sin lugar a dudas, es mucho más eficaz a la hora de atacar a la raíz de los problemas. Por otro lado, esta inclinación hacia el agruparse en relación a unas metas comunes resulta esperanzadora en tanto que devuelven, a mi juicio, el vínculo social que la fragmentada sociedad actual dinamita.

En lo que respecta a problemáticas como pueden ser las tan nocivas relaciones amorosas patriarcales, subordinar ciertos aspectos de nuestra esfera individual, diluir nuestro yo en un nosotros, en ningún caso nos mutila como sujetos, sino que precisamente traza el mejor de los caminos para alcanzar la tan ansiada integración individual. Dinamitar las cárceles de la cultura y de la sociedad, con cultura y sociedad: he ahí vuestra arma. Quizás la única posible.

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Fotografía de Ana Uhía Pérez

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Nací en el Portonovo del 1996 y lo que escribo es, probablemente, patológico.

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