Los años de peregrinación del chico sin color

“Quizá, ese día, el sentimiento que le embragó en sus sueños actuó como un contrapeso y anuló el tenaz anhelo de morir que se había apoderado de él. Del mismo modo que los fuertes vientos del oeste despejan gruesas nubes arrastrándolas por el cielo. Si, supuso que había ocurrido eso. Únicamente se quedó un poso sereno, como el que queda después de una iluminación. Era una sensación carente de color, neutra como una calma chicha. Y se sentó solo en una gran casa vieja y abandonada, y prestó oídos al ruido hueco de un enorme y vetusto reloj de pared que marcaba las horas. Se limitaba a observar con la boca cerrada, sin apartar la vista, el avance de las manecillas. Y con sus sentimientos guardados en el vacío de su corazón, envueltos con una especie de fina membrana, fue envejeciendo constante e inexorablemente a cada hora que pasaba.”

Es llamativa la manera en la que muchos libros consiguen transmitirnos la dualidad de un personaje en el espacio breve que permite un puñado de páginas, ofreciéndonos, en un primer momento la visión de alguien que es, siente, habla y quiere de una determinada forma, para después introducirnos en la contraria, logrando que, si forzamos a nuestra mente a prescindir de la parte transitoria que conecta el principio con el final, nos encontramos con dos polos opuestos que han sido en realidad, siempre uno, pero difuminado y ennegrecido por factores ajenos a lo que permanece intrínseco en la persona que se nos da a conocer. En la vida esto también ocurre, pero demasiado despacio como para que seamos capaces de visualizar el proceso completo, recibiendo así, fogonazos de información sobre los que se mueven y se desarrollan a nuestro alrededor, sin tener una constancia plena de lo que viven. Nos encontramos con las personas y las conocemos al margen del punto en el que se encuentren en la línea temporal de su vida, asumiendo los riesgos de estar presenciando esos días, meses o años de transición, aun sabiendo que podríamos estar sumergiéndonos en la tempestad sentimental del que, si nos alejamos, continúa siendo un desconocido; o en la calma de alguien que ha vivido y ha llegado al final, o en el vacío de alguien que no sabe hacia dónde va, ni si, acaso, tiene que ir hacia alguna parte y se mantiene estático en el dolor o suspendido en la ingravidez de una falseada felicidad.

Haruki Murakami nos presenta a Tsukuru Tazaki, el actor principal de la transición que narra Los años de peregrinación del chico sin color, donde nos encontramos con una sucesión de acontecimientos que ilustran las turbulencias de un chico, que se fue de su ciudad con 20 años dispuesto a formarse como ingeniero, para poder construir las estaciones de tren que tanto adora, manteniendo en su corazón los cuatro pilares que se mantuvieron estables durante su juventud, que moldearon su personalidad y la hicieron crecer, que mejoraron sus habilidades y valoraron sus cualidades, siempre con la intención propia de quienes funcionan como un equipo, una sociedad en la que cada individuo aporta lo que tiene, tratando que los demás se beneficien de ello, para conformar un todo sobre el que los problemas de la vida pasen de puntillas, sin obtener apenas protagonismo. Cinco amigos que funcionan como una unión perfecta, donde ninguno sobresale de entre los demás, y donde todos se sienten en harmonía. Al poco tiempo de irse a la universidad, Tsukuru comienza a notar que el hilo que lo une a sus cuatro amigos se rompe. Deja de recibir sus cartas, ninguno contesta a sus llamadas, y se niegan a recibirle en sus casas cuando vuelve en vacaciones. Puede resultar complicado entender la reacción que provoca en Tsukuru esta corriente de rechazo absoluto que lo expulsa de la vida de sus compañeros sin conocer el carácter peculiar que nuestro protagonista deja en manifiesto con su visión del mundo. Él insiste, hasta un cierto punto que puede resultarnos demasiado próximo, en intentar recuperar la amistad que siente perdida, y ese punto llega cuando escucha, a través de la línea telefónica y en palabras de su amigo Ao un:

– Lo siento, no                queremos que vuelvas a llamarnos

Es entonces cuando la vida de Tsukuru se resquebraja y comienza la caída. Su cuerpo se desentiende de su alma, que aturdida por el golpe reacciona de la peor de las maneras, callada y culpándose del error, arrastrando la pregunta el resto de su vida, e imaginado posibles respuestas, siendo la más repetida aquella que le asegura que lo que vivió era inmerecido, que no era digno de pertenecer a esa unión, donde ni siquiera su apellido, Tazaki, concordaba con el de sus amigos, los cuales representaban cada uno un color, mientras que el suyo se interpreta como el que construye, el que levanta cosas. Bombardeado por la posibilidad de no encontrar jamás la felicidad que consiguió a lo largo de los años que pasó en su ciudad natal, se sume en una tristeza absoluta que lo consume sin remedio, al tiempo que los meses pasan por su cuerpo descuidado y por su corazón todavía dolorido tras el impacto de la caída. No busca el movimiento, no busca la verdad porque en algún lugar de su cabeza hay un pensamiento constante de que tampoco merece eso. La reacción de sus amigos ha sido tan repentina, tan dolorosa, tan carente de sentido, que solo puede hipotetizar con la idea de que ha hecho algo terrible de lo que ni siquiera es consciente, planteándose el suicidio en más de una ocasión, pero sin lograr reunir la valía, el dolor, o la locura suficiente para hacer que todo desaparezca. Poco a poco logra entender que la imagen que refleja el espejo cuando se mira no es la que le corresponde, y consigue mejorar su aspecto, comido por el desasosiego, y trasladar ese avance a su carácter, a su ánimo, y por último a sus relaciones. Aprende que puede ser admirado, querido, deseado y tomado como ejemplo, por personas que ni siquiera han llegado a conocerlo del todo, y que en seguida se sienten imantadas por lo que transmite.

Pero la herida permanece abierta sin aparente remedio, los recuerdos están engarzados a su mente y no logra dejarlos ir, las fantasías se reproducen una y otra vez cada noche en su cabeza y el deber de dejar marchar lo que ocupa tanto espacio en su corazón se hace evidente cuando sus sentimientos lo llaman a comenzar de nuevo.

La vida de Tsukuru pone sobre la mesa la existencia de personas tóxicas que ya sea con, o sin intención, pueden provocar que te tambalees al borde de la cornisa que separa la vida de la muerte. El adiós definitivo de sus amigos abrió una brecha en Tuskuru que no será capaz de cerrar hasta descubrir quién o el qué, propició que su espíritu se viese, de pronto, sometido al vértigo de estar al filo de esa cornisa.

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María Martínez

Estudiante de derecho y ciencias políticas en la Universidad Autónoma de Madrid. En verano una montaña de libros le da sombra. Amante, de la música, de la literatura, de los poetas desgraciados, de ver donde nadie mira. Escribe en Chicken Town, y comparte la dirección de The Cavern Club como Srt junto a Sr.

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