Luna roja

La Luna es un cuerpo de nácar que nos acompaña por las noches, con su rotación marca ritmos de las olas o los temperamentos de los más sensibles. El miércoles, amaneció roja a causa del eclipse que sufría. En la antigüedad era un símbolo fatal para cualquier empresa. Ahora sabemos que no es más que un fenómeno cosmológico de una belleza extraña. En mi habitual recorrido de Barcelona a Sitges, antes del alba, la vi majestuosa sobre el lecho del rio Llobregat. Un cuerpo rojo grande y luminoso entre los desechos de la desindustrialización de la fabril cuenca. El color ya me anticipaba como serian las sesiones de cine en el auditorio del Festival, historias dominadas por la sangre y la muerte. Ya de día y dentro del cine, cómodamente en mi butaca de la fila 10, gozaba de la tranquilidad de las sesiones más matutinas, cuando realmente solo hay críticos de cine y  unos pocos cinéfilos, en contraste con las otras, en que los espectadores con ganas de aplaudir son la norma. El proyector se encendió y con él empezó la magia del celuloide proyectado.

En primera instancia la sangre me llegó de la Costa Azul. La French de Cédric Jimenez, un magnifico thriller sobre el juez que decidió desmantelar la verdadera French Connection; la ruta de la heroína desde Marsella hasta Nueva York. Una puesta a punto impecable, con muy buenos actores y acción sin tapujos, pero siempre dentro del sentido común. Un recorrido por las mafias corsas que sin que nadie hable de ellas actúan a sus anchas por el mediterráneo. El film situado en los años setenta nos muestra las vidas de los mafiosos y la del juez que los investiga. Pero no es hasta la mitad del metraje cuando vemos como el protagonista y el antagonista son muy parecidos. Como si uno fuera la némesis del otro, condenados a ser iguales. Al igual que la Luna roja, tan parecida a la normal, solo se diferencia por la luz perpendicular que la atraviesa. En algunos momentos del film podemos encontrar similitudes con American Gangster de Ridley Scott pero una vez más, el cine europeo supera al yankee por su puesta en escena y su uso normal de las armas de fuego. Por último, los paisajes fantásticos de la costa azul nos dan autenticidad y aparecen de una forma muy realista, al igual que los personajes llevan trajes y sudan durante todo el metraje.

El momento en que se encienden las luces del cine es el momento en que uno es devuelto a la realidad. Las quimeras en tecnicolor son borradas y solo nos queda su recuerdo. Pero que se enciendan las luces en Sitges quiere decir; salir corriendo de la sala para llegar a la siguiente cola para ver la siguiente película; en este caso fue Annabelle de John R. Leonetti. Puro terror fetichista en los años setenta. Una muñeca (horrible) guarda un conjuro por el que se tiene que ofrecer una alma al diablo. Esta muñeca, en manos de una familia joven, blanca y católica de California, nos irá dando sustos en un film sin más. La trama acumula incoherencias, fallos, escenas eliminables, sustos previsibles, etc… Pero destaca el racismo que emana. al final de la película los protagonistas, dos padres jóvenes, tienen que decidir quién sacrifican al diablo. El diablo quiere al hijo neonato pero la madre se opone. La madre decide sacrificarse ella misma. El diablo lo acepta pero no el marido. Todo se resuelve cuando la familia acepta que su vecina negra, con la que la madre tiene una relación de amistad, se mate. Los padres no se oponen. En la siguiente escena vemos como el problema se ha solucionado y viven felices. La vecina negra se sacrifica por la joven pareja blanca y todo queda solucionado. Una triste alegoría del siglo XIX en América.

Por suerte la platea del cine silbó el final y hasta se dedicaron improperios al director. Estas películas son muy peligrosas, porque entre sustos y diablos hacen aparecer el fantasma del racismo y lo exponen como una cosa normal, como si la gente de color estuviera siempre predispuesta a sacrificarse por el gran hombre blanco.

The Double de Richard Ayoade, la última película de la mañana actuó como redención de la anterior. Una reinterpretación de la obra homónima de Dovstoyevski, en la que un funcionario con un trabajo y vida anodina afronta la llegada a su círculo intimo de un alter ego suyo que es todo lo que él no es. Una crítica hiriente a la vida gris, sin encanto y a la burocracia kafkiana, que lleva al personaje a desdoblarse. Un film que se tiene que destacarse por su fuerte estructura narrativa y por el mundo que crea. Un muy buen ejemplo de lo que es el cine en mayúsculas.

Su estructura narrativa clarividente hace que la trama avance y nos resulte natural. Por ejemplo, al aparecer el doble, el triste funcionario no sabe cómo afrontarlo. Visita a su madre y una amiga de esta le coge la mano y le habla del amor. Entonces él afronta la situación de forma positiva. En el segundo tercio del film vuelve a visitar la amiga de su madre y esta le da un cuchillo, decide entonces actuar con violencia. Poco después su madre muere, el funcionario entiende que solo puede matar a su alter ego. Los diálogos nos dan pistas de lo que pasará y guían los personajes. Las informaciones que se dan son utilizadas después y todo tiene sentido. Según parece el mismo Dovstoyevsky dijo que si un personaje clava un clavo a la pared, en la escena siguiente tiene que colgar su abrigo allí. Esta película homenajea así al autor ruso.

El mundo que crea el director, claustrofóbico, negro, siempre de noche, vetusto y gastado nos es explicado de forma rápida y concisa en muy pocas escenas. Las relaciones de poder entre los personajes se entienden, todo funciona. La fotografía se pone al servicio de la historia, ya que el cine es una arte audiovisual.

La sangre de este film redime el anterior y actúa en consonancia con el eclipse lunar. Después de verse roja la Luna vuelve a su pureza de nácar. El cielo limpio fuera de la sala de proyecciones y el mar, irremediablemente inagotable, nos devuelve a la realidad, purificados por la catarsis producida en las distintas proyecciones.

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Joan Vila i Boix

Nacido el 1991, estudio Historia del Arte en Barcelona. Escribo crítica de arte y de literatura, con pasión y compromiso. Creo en la importancia de los detalles que pasan desapercibidos. Todo eso lo hago de forma clara y catalana, paradójicamente en castellano.

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