Memorias del subsuelo, de Fiódor Dostoievski, la afirmación rotunda del no ser

Los 150 años que cumple esta obra, no reducen la vigencia de su capacidad psicoanalítica y profundización en la sima de las contradicciones humanas, “Hemos perdido la costumbre de vivir”

Donde no hay cariño, tampoco hay razón. La aparente y sutil reflexión nos encamina a ese tránsito en el que el ser humano se desacomoda de cualquier indicio de empatía y se adentra por la oscura senda de la cerrazón más lesiva y exabrupta. El delirio toma plaza y se hace fuerte en la pugna superficial entre pensamiento y sentimiento. Tan  sólo es un revestimiento. Lo que realmente se aduce es la consecución de la auténtica libertad y ésta no puede desvincularse de los dos planos que rigen la conducta: prejuicio y conciencia. La asimetría ética y moral de ambos requiere un permanente hábito social de equilibrio que sólo se consigue con el afianzamiento de la otredad. Es decir, la afirmación de la existencia y reconocimiento del otro a través de la alteridad y oposición. En este año 2014 se conmemora el septuagésimo quinto aniversario del fallecimiento  D. Antonio Machado en el exilio, concretamente en la localidad francesa de Collioure. Frente al solipsismo imperante en el siglo XIX, el poeta sevillano a través de su apócrifo Abel Martín se posiciona ante el problema de la conciencia, como un salto adelante y hacia lo inasequible, “La conciencia como reflexión o pretenso conocer del conocer, sería, sin el amor o impulso hacia lo otro, el anzuelo en constante espera de pescarse a sí mismo. Mas la conciencia existe, como actividad reflexiva porque vuelve sobre sí misma, agotando su impulso por alcanzar el objeto trascendente. Entonces reconoce su limitación y se ve a sí misma, como tensión erótica, impulso hacia lo otro inasequible“.

En Memorias del subsuelo – Editorial Sexto Piso. Ilustraciones de Jorge González. Versión directa del ruso de Rafael Cansinos Assens- la destemplanza nos sacude agonicamente. El quebrantamiento de la propia naturaleza se traduce en la disposición maliciosa e imperioso sentido de anteponer el yo, incluso caprichosamente, en la medida que no sea

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ventajoso, más bien un estorbo y no cumpla con las expectativas que éste impone al otro y no le son satisfechas. Es la sublimación de la egolatría hasta llegar al extremo en que no se reconoce la propia identidad. Y si bien existimos es porque otros existen a su vez con nosotros. Lo ratifica el autor de Soledades , galerías y otros poemas, en la reflexión de su alter ego, Juan de Mairena, “lo otro no existe: tal es la fe racional, la incurable creencia de la razón humana. Identidad = realidad, como sí, a fin de cuentas, todo hubiera de ser, absoluta y necesariamente, uno y lo mismo. Pero lo otro no deja eliminar; subsiste, persiste; es el hueso duro de roer en que la razón se deja los dientes. Abel Martín, con fe poética, no menos humana que la fe racional, creía en lo otro, en la esencial heterogeneidad del ser, como si dijéramos en la incurable otredad que padece lo uno“.

La dimensión de esta obra nos la ofrece el propio autor en una nota previa “… individuos como el autor de estas Memorias no sólo pueden existir, sino que por fuerza han de darse en nuestra sociedad, si se hace cuenta de las circunstancias en que, por lo general, esa sociedad nuestra se desenvuelve“, y de la que hace mención explícita, sin solución de continuidad, en el inicio de la primera parte, “Soy un hombre enfermo… Soy malo“. La maldad se categoriza como un desencuentro social que vigoriza en su empuje con la propia expiación. Aunque ésta sea un simple lamento por la incapacidad de articular una actitud benefactora para sí mismo y los demás, “¿sabe usted, señor mío, en qué consistía principalmente mi maldad? Pues en la circunstancia especialmente abominable de que a cada momento y después de cada intemperancia tenía que confesarme a mí mismo, avergonzado, que no solo era tan malo como creía, sino que ni siquiera sentía colera, que me las echaba de espantajo sólo por vía de distracción“. Dos partes integran esta obra. La primera titulada El subsuelo, está compuesta por 11 capítulos.  Esta parte de la narración es un desgarro, fruto del inmisericorde despellejamiento psicológico y emocional que el autor hace de las contradicciones del personaje principal y narrador,  y al que el lector asiste pávido y del que no acierta a distanciarse por más que lo intenté o sea apercibido para ello por el tratamiento que recibe de aquél, interpelándole en sucesivas ocasiones en el transcurso de la obra. El protagonista es un gris funcionario que en una declaracion de intenciones justificativas alude al subsuelo como la parte más lóbrega en la que puede instalarse el alma: la ocultación de sí mismo, el no ser, “… os responderé que soy empleado de octava clase. Si entre en la burocracia fue tan sólo para ganarme  el pan, y unicamente por eso. Así que, cuando el año pasado, un pariente lejano me dejó en su testamento seis mil rublos, me apresuré a pedir el retiro y a instalarme en mi rincón“. El subsuelo es la hipocresía, la doble moral, el arrinconamiento de la verdadera vida sometida por la culpa, la humillación y la despersonalización que impone la sociedad en su lógica de control. “Hemos perdido la costumbre de vivir” y con ella la convicción en nuestras propias capacidades como individuo de afrontar la huida de ese no lugar. El monólogo del personaje, del que desconocemos su nombre y que alude a la despersonalización del ser humano en el engranaje  jerarquico y administrativo, convierte sus anotaciones interiores en una oratoria desafiante por momentos y que, sin embargo, conmueve por el carácter irascible que enmascara la fragilidad en la que se encuentra .La exclusión social en la que ha decidido instalarse dinamita cualquier proceso de regeneración y consigue que el descenso a los infiernos sea aún mayor al identificar como ofensas el trato displicente con el resto. Apela a los principios de los que el abomina. Es la negación que lo mantiene en el limbo más dramático: “No sólo acerté a volverme malo, sino que tampoco logré llegar a ser nada; ni malo ni bueno, ni infame ni honrado, ni héroe ni pigmeo. Ahora termino mis días en mi rincón, con ese maligno y vano consuelo de que un hombre inteligente no puede abrirse camino y sólo los necios lo consiguen“. La segunda parte se titula A propósito de la nieve derretida,y toma como prefacio un poema de Nikolái Nekrásov, poeta y dramaturgo ruso. El halo de intimismo que encierra su reflexión lírica, previa a la narración de los 10 capítulos que conforman esta parte, pronuncia ese decir sobre el otro que es como decir sobre sí mismo.  Es la afinidad en el proceso de revelación y expiación del encadenamiento a los principios morales y la necesidad acuciante de violentarlos para liberarse. Las necesidades humanas no puede encontrar la satisfacción de sus cuitas con la simple afirmación del convencimiento en el sistema político o la racionalidad del día a día. El existencialismo impregna cada resquicio de esta expresión categórica de la obra: la deconstrucción de la estructura del mundo y la amplitud irracional del ser humano que encauza la voluntad individual.

Fiódor Dostoievski vence al determinismo en esta febril obra. El desasosiego del funcionario es la consecuencia de la espontaneidad que el autor de Crimen y castigoeleva como excepcional. Es decir, la constatación de la responsabilidad individual no sujeta a ningún canon como réplica a la uniformización de la colectiva. La norma y la comunidad ejercen tal grado de influencia y sometimiento que constriñe ese deseo de ser y contrae la consecuencia del no ser. En la primera parte la personalización a través del monólogo nos describe el autoengaño como

Fiódor Dostoievski, autor de Memorias del subsuelo.

Fiódor Dostoievski, autor de Memorias del subsuelo.

forma de supervivencia. En la segunda, abunda en el sometimiento a ese planteamiento que nos posibilita, al menos, vivir en el subsuelo, a pesar del resentimiento y el aturdimiento que nos provoca. Como señalaba Arthur Rimbaud, “La verdadera vida está ausente” y no se halla precisamente en el inframundo que nos describe Memorias del subsuelo. La ludopatía, los brotes epilépticos que sufría y la muerte, en el año de publicación de la novela de su primera esposa, María Dmitrevna Isáyeva y la de su hermano Mijail, minó su animosidad, aunque posteriormente se repuso y continuó con su trayectoria literaria. Eran  años posteriores a su encarcelamiento, tras una sentencia que le condenaba a ocho años de trabajos forzados en la estepa siberiana, acusado de crímenes contra la seguridad del estado. Su delito fue haber divulgado, junto a otros veintisiete miembros del Círculo Petrashevski, la carta crítica de Bielinski contra el regimen zarista. Estas  vicisitudes vitales y existenciales pueden ayudarnos a comprender la introspección analítica que orientaba su producción cercana al psicoanálisis. Experimenta con sus personajes y los somete a ese estado en el que afloran los conflictos interiores, las debilidades y la resoluciones que facultan su transición en el complejo episodio de las relaciones humanas y sociales. El hombre, como señalaba Jean Paul Sartre, “está condenado en todo momento a inventar al hombre

Rafael Cansinos Assens es el traductor de esta obra refrendo de la que publicó la editorial Aguilar en 1953. Este año se cumple el quincuagésimo aniversario de su fallecimiento. El que fuera creador e impulsor, junto a Isaac del Vando Villar, del movimiento literario de vanguardia denominado Ultraísmo y miembro del equipo de redacción de la revista Grecia, reunía en su personalidad creativa otras facetas como las de escritor, poeta, ensayista y crítico literario. El hombre de las mil lenguas era admirado por el escritor argentino Jorge Luis Borges, que lo consideraba su maestro, “Conocí en Madrid a un hombre que sigo considerando quizás menos por su escritura que por el recuerdo de sus diálogos. Conocí a Rafael Cansinos Assens y de algún modo yo soy discípulo de Cansinos, no de las teorías de Cansinos y sí del diálogo de Cansinos, de la sonrisa de Cansinos, y hasta de los silencios de Cansinos“. Especial consideración el trabajo de la Fundación ARCA -Archivo Rafael Cansinos Assens-, gestionada por su hijo Rafael Cansinos y que, lastimosamente, su ciudad natal, Sevilla, no supo acoger ni considerar el valor cultural y literario que atesora de la denominada Edad de Plata. Con un epistolario de más de 5000 cartas -correspondencia con los hermanos Machado, Gómez de la Serna, Carmen de Burgos, Felipe Trigo y de escritores hispanoamericanos con los que trató- y un rico fondo inédito de manuscristos, mecanoscritos, miles de poemas, docenas de cuentos, ensayos y diarios. El autor hispalense permanece en el olvido, quizás como merecido atributo a lo que significara en la súplica que expresara en su obra El divino fracaso, “Oh, madre fracaso, pon tus dosmanos sobre mí y confírmame como hijo tuyo“. La brillantez de su obra conocida augura una luciente estela de la que aún permanece ínédita por mor de la insensibilidad de las administraciones públicas.

Las ilustraciones de Jorge González tiemblan en la mirada del lector. Caracterizadas por sencillos trazos, cuasi difusos, contrapuestos a la perspectiva, observan e indican la cerrazón y el hermetismo de esta profusión de síntomas humanos que la obra engloba. El ilustrador argentino nos propone un viaje al pensamiento que no duda en cuestionar el hallazgo de la sordidez en la cotidianidad. La vida encogida en el regazo que nos reprocha y niega su verdadera esencia. El sentido transgresor del dibujo y las diversas ténicas  y soportes empleados, complementa, el carácter irreverente de la novela a la par que amplia su visión claustrofóbica. Salvo el níveo inicio y final que ampara la ocultación y como cita en unos de los versos de Nekrásov -antesala de la segunda parte-, tal vez como metáfora de lo que es verdadero, “…llena de vergüenza y horror, / te deshiciste en lágrimas, / desolada, convulsa, ecétera“, la sensación térmica y anímica se favorece por la utilización de colores fríos y acentúan la ya de por sí inmersión en el ignoto y extraño paisaje humano que interpreta con estilo y sorprendentemente con visceralidad.

Editorial Sexto Piso nos ofrece una obra cuyo contenido literario está enmarcado en una edición realmente cuidada y notoriamente exquisita. Una encuadernación de tapa dura que es rasgo benefactor para el lector no sólo como envoltura de una obra universal y que desde su publicación en 1864 permanece con el halo de actualización y contemporaneidad al punzar la epidermis y herirnos de reflexiva belleza. También como objeto que se acaricia y gusta al tacto sensible que se abre en las manos como ritual de ofrenda. Verdaderamente una apuesta digna de reconocimiento por la solvencia y finura de su acabado. Aspecto que dimana de una concepción editorial de amor por los libros y la literatura, y afán que se materializa en este hermoso volumen.

 

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