Neoliberalismo y los organismos internacionales: si cuela cuela y si no, siempre cuela

Respecto al tipo de políticas que el Banco Mundial o el FMI promueven o que, mejor dicho, imponen, en dichas instituciones nunca se ha querido abrir un espacio hacia la autocrítica, siendo efímera la ausencia del debate acerca de cómo los más desfavorecidos se ven afectados por las medidas dictaminadas por las susodichas en nombre de un aparente crecimiento económico que aboga, dicen, por el desarrollo de sus naciones. El discurso del FMI y el Banco Mundial frente a las críticas que cuestionan los resultados institucionales se halla raído por su perpetua repetición, anclado en unas superfluas afirmaciones de que ambas ayudan a países en vías de desarrollo para mantener la estabilidad macroeconómica al mismo tiempo que dicen latente el crecimiento de los mismos. Añaden siempre, nado de una humildad hecha hipocresía, un “quizás podríamos hacer más”, pero que “oigan, -y ahora es cuando procede que todos callemos y asintamos, porque tienen razón y porque deben tenerla- estamos aplicando correctamente los fundamentos para que exista la igualdad”. El Banco Mundial asegura que existe una Estrategia de Asistencia para cada país pobre diseñada en base a investigaciones internas del país. Sea o no riguroso el análisis individual que el BM lleva a cabo con respecto a estos países, lo cierto es que el programa que esta institución entrega a los correspondientes ministros de Economía se condensan medidas que curiosamente se subordinan a planteamientos de la ideología neoliberal.

La más destacables de estas políticas consiste en la privatización, proceso en el que los gobiernos liquidan empresas estatales bajo el mantra de que “es lo que se nos exige la comunidad internacional”. El Premio Nobel de Economía de 2001, Joseph Stiglitz, despedido de su cargo como Jefe del Banco Mundial por denunciar las inmorales prácticas del FMI y del BM, aseguraba cómo los líderes de los Estados afectados por estas políticas estaban dispuestos a reducir el precio de venta de los bienes nacionales a cambio de altas “comisiones” pagadas en cuentas de paraísos fiscales. Un famoso ejemplo de esto es la privatización llevada a cabo por Rusia en 1995, en la cual, el gobierno de los EEUU decidió respaldar a través de las instituciones internacionales ya mencionadas el gobierno de oligarcas rusos de Yeltzin. El resultado de todo esto fue la devastación industrial de Rusia, así como la reducción de su producción y la consecuente hambruna que derivó de todo ello.

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Se trata de algo de lo que tampoco nos libramos en España, puesto que en los últimos años, tras el estallido de la crisis económica de 2008, el país ha sido bombardeado con la imposición de diversas políticas de austeridad que han generado un malestar social por antonomasia en el conjunto de la sociedad española. Dentro de lo que a la privatización concierne, cabe destacar la polémica suscitada a partir del afán de un proceso de privatización de la sanidad pública que comenzó a ser muy notable en comunidades como la valenciana, la cual era en el año 2013 la CCAA que menos gasto público destinaba a dicho servicio.

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Otra de las medidas impuestas por el FMI y el Banco Mundial es la LIBERACIÓN DEL MERCADO, lo cual viene siendo un proceso de desregularización que permite que el capital circule libremente. En países latinoamericanos como Brasil los resultados de la aplicación de estas políticas fueron nefastos, puesto que ante la problemática de la fuga de las reservas nacionales, el FMI impone una subida atroz del tipo de interés con el fin de conquistar a quienes en su día especularon con la riqueza nacional para así recuperar los fondos de la nación, pasando por alto las consecuencias de la subida del tipo de interés sobre el valor de la vivienda.

 Podríamos continuar citando muchos más casos que ejemplifican cómo el juego de la globalización económica actual se basa en una carrera hacia la desigualdad en el que las potencias mundiales siempre ganan y aquellos que aspiran a crecer de la nada, se ven condenados a subordinarse de por vida a las mismas, siendo  perjudicados mediante la debilitación de sus instituciones políticas y leyes. Y es que dentro de este nuevo orden mundial, los Estados pierden significado, su capacidad de acción es ya medida en un campo de escasa amplitud en cuanto a las políticas que dictan nuestro día a día. Es por ello, por lo que cada vez más, me surge la duda de cuan significativa es la capacidad de un gobierno cualquiera para cambiar las impopulares “reformas” que se  nos aplican, de cuánto valen nuestras protestas frente a políticos que dejan que otros gobiernen su país cuando todo apunta a que en este proceso no existe marcha atrás y que si bien la disolución del ídolo estatal derriba fronteras, su propósito siempre ha sido construir otras nuevas cuyas líneas ya hace tiempo que se divisan desde las cabezas de la jerarquía mundial.

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Nací en el Portonovo del 1996 y lo que escribo es, probablemente, patológico.

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