Nina Simone, sacerdotisa del soul

En algunos casos el artista se empeña en encontrar el estilo que lo lleve al éxito, mas si no a la notoriedad. En el caso de Nina Simone es la música la que va en busca de ella para hacerle saber que está ahí, a su servicio, dispuesta a traspasar fronteras y romper todas las barreras que sean necesarias. Y ella responde a su llamado, con los dientes afilados y los acordes mágicos que hechizarían a generaciones, no en vano se le atribuía la capacidad de hipnotizar a su público que, atónito, en ocasiones se retiraba de la sala sin acabar de digerir sus actuaciones que pasaban de lo patético a lo magistral, ¡Y todo en una misma noche!.

Pero comencemos por el principio, ya que antes de convertirse en Nina Simone, la inmortal diva de la desfachatez respondía al nombre de Eunice Waymon. Nacida en el entorno rural de Carolina del Norte en los años de la gran depresión, la pequeña Eunice demostró un prematuro talento en la ejecución del piano. Acompañaba al órgano los oficios religiosos que oficiaba su madre, la reverenda Mary Kate en la iglesia baptista de Tryon, su pueblo natal. Los asistentes a las numerosas ceremonias en que participaba, quedaban asombrados por la capacidad que tenía aquella niña de transformar un ambiente festivo en algo mágico a través de una interpretación cargada de sensibilidad. Aquellas mismas personas fueron las que sugirieron que Eunice debería tomar clases de piano, y conscientes de la precariedad económica de su familia, decidieron llevar a cabo una colecta con el objetivo de financiar su formación musical.  Desde los seis años, Eunice dedicaría una media de cuatro horas diarias al estudio de piano durante el resto de su niñez, ¿el objetivo?, llegar a ser la primera concertista negra de Estados Unidos. A priori no parecía un reto al alcance de cualquiera, pero el entorno de Eunice convenció a la niña que con su talento y constancia, podía llegar a tan ansiada meta.

La situación, por tanto, es la siguiente. La pequeña Eunice, por entonces todavía una niña introvertida, se aferra a la posibilidad que le brinda el piano, con la carga implícita que ello supone; la de las esperanzas que toda una comunidad ha depositado en ella. Es un todo o nada. Para ello, se prepara durante años para el riguroso examen de ingreso del Curtis Institute de Philadelphia, considerado como una de las mejores instituciones musicales del mundo. En el trayecto, Eunice ha dejado atrás toda una década de sacrificio dedicada al estudio. Por supuesto no había cabida para las amistades, diversión, ni mucho menos asuntos amorosos. Por lo tanto resulta fácil imaginarse que su mundo se vino abajo cuando una mañana de 1950 recibió una carta con el veredicto final: rechazada.

Un golpe certero y mortal a las aspiraciones de la joven pianista que ve truncada su carrera como profesional. A partir de aquí mucho se ha hablado sobre las circunstancias que se dieron en aquel famoso examen, ¿Estaba realmente preparada Eunice para superar el listón de uno de los jurados más exigentes del país?, ¿O fue la presión la que la llevó a rendir por debajo de su potencial?. Pero para complicar más el asunto, cabría añadir una tercera hipótesis defendida por la protagonista de la historia, Nina Simone, quién afirmó siempre que el verdadero motivo de su rechazo en el Curtis, no fue otro que el color de su piel.

Y he aquí, señores, un potencial argumento para una buena historia, la típica de superación donde la protagonista lucha hasta conseguir su objetivo. Pero en esta historia el drama será una constante en la vida de Eunice Waymon, que a partir de este momento se replanteará por completo el sentido de su existencia. Todas las esperanzas depositadas en ella se habían marchitado en aquel examen y la única manera de conseguir su sueño, pasaba por estudiar en el Curtis Institute. En un primer momento, Eunice decide ahorrar dinero para volver a presentarse, convencida de que su destino no es otro que la música clásica.

Pero de repente las circunstancias harán cambiar radicalmente las expectativas de la joven pianista al aceptar un trabajo en Atlantic City, una de las capitales estadounidenses del juego. Concretamente, tenía que tocar el piano en uno de los muchos locales nocturnos de la ciudad, el Midtown Bar & Grill. Se trataba de un garito mugriento que cada noche albergaba a algunos pocos clientes que sólo buscaban beber unas copas después del trabajo. Probablemente no existía un sitio menos adecuado en el mundo para Eunice. Correcta, formal, educada y desconocedora del mundo de la noche, de repente tendría que hacer frente a la grosería habitual de una clientela que poco o nada conocía acerca de Mozart o Beethoven. Así que podemos imaginar que la joven no tuvo otra opción que afrontar la única oportunidad que se le presentaba. Es en este momento en que asistimos al nacimiento de Nina Simone, nombre artístico que adoptaría, como ella relata en sus memorias, para evitar que su madre tenga conocimiento del asunto. Podemos imaginar qué pensaría la reverenda Mary Kate de su hija si supiese que ésta desperdicia su talento tocando para algunos borrachos en una ciudad que encarna el vicio y el placer.

Poco a poco, Nina aprenderá a hacerse fuerte en un mundo ajeno a ella. Para empezar, tuvo que incorporar un nuevo registro, menos rígido y más cercano al público. Básicamente agarraba las melodías que el público quería escuchar y las adaptaba a su lenguaje personal, dotándolas de un estilo muy refinado. Musicalmente no suponía un reto para una pianista de formación clásica, pero pronto comenzó a recibir presiones por parte del propietario del local para que cantase. Es inevitable pensar que Nina tuvo que reinventarse por completo, adentrándose en una búsqueda de identidad artística que tomaba forma gradualmente. Poco a poco fue descubriendo las magníficas capacidades expresivas que podía lograr con su voz, inspirándose en su admirada Billie Holiday (incluso llegó a versionar Strange Fruit).

En un momento determinado, los propietarios del Midtown notaron que su clientela había cambiado por completo, dando paso a una camada de jóvenes intelectuales que acudían sólo con el objetivo de escuchar a Nina. Nunca se había hecho silencio en aquel local para escuchar la música, algo estaba pasando. Como era de esperar, no tardaron en llegar las ofertas de numerosos representantes y compañías discográficas. Había algo especial en ella y algo que no todos eran capaces de discernir con claridad. Para empezar, nadie podía decir qué estilo tocaba, ¿Clásica?, ¿Variedades?…¿Tal vez jazz?. En realidad no importaba, ni tenía sentido (solo hace que constatar el afán de las discográficas en etiquetar todo artista que aparece en el mercado), se trataba más bien de una compleja amalgama de influencias que la hacían única en su especie, incluso hoy en día.

Por otro lado, todos los que la oyeron en directo, pueden afirmar que hay algo mágico en su forma de interpretar. La mayoría de su repertorio hasta el momento consistía en versiones de otros artistas, pero sin embargo hacía suyas las canciones a través de un componente emocional difícil de describir. Transmitía diversos estados de ánimo sólo con su voz, alternando jadeos, gritos o haciendo temblar sus lamentos a modo de trémolo.  En realidad, no hay más que comprobar que, de su extensa discografía, los discos más aclamados son aquellos registrados en directo, como por ejemplo en At Newport (1960),  Nuff Said (1968) o Black Gold (1970).

Desde luego desprendía algo de su interior que impactaba a la audiencia y pronto nació el mito. La prensa comenzó a seguirla de cerca y así nacieron las leyendas que la harían inmortal. Como hemos dicho, conseguía hechizar al público. Claro que su versión de I Sput a Spell On You (en español, he puesto un hechizo en ti) ayudó a encajar tal apelativo, pero como en toda leyenda, algo de cierto tenía. Para ahondar aún más, el sobrenombre que más la ha distinguido ha sido el de High Priestess of Soul; suma sacerdotisa del soul, aludiendo a su pasado  en la iglesia de Tryon (suponemos que este apodo no era del agrado de su madre). Así era presentada en sus conciertos y se prestaba como un buen eslogan publicitario para una artista que estaba notablemente influida por la música religiosa negra.

A mediados de los sesenta, Nina Simone no sólo tenía en la palma de sus manos a la audiencia sino también a la crítica. Fue entonces cuando se dio cuenta que tenía en su poder un arma muy valiosa, por lo que comenzó a profundizar en su mensaje. Hizo suya la lucha por los derechos civiles que por aquel entonces había llegado a su punto más álgido en Estados Unidos. Se convirtió en una activista luchadora e incansable en contra de una realidad que había ignorado gran parte de su vida. Por supuesto, las amistades que hizo a principios de la década influían notablemente en modelar su pensamiento. Había decidido aprovechar su estatus para aportar a la causa de su pueblo. De todos los músicos activistas de su tiempo (Charles Mingus o John Coltrane, entre otros), Nina Simone fue más allá de lo políticamente correcto y adquirió una radicalidad que rayaba lo ofensivo, adhiriéndose por ejemplo al mensaje de Malcolm X. En sus memorias, afirma haberse sentido desencantada con el mensaje pacifista de Martin Luther King y consideraba agotada la vía diplomática para conseguir la igualdad de su pueblo. De ahí en más veremos a la Nina compositora, guerrera y orgullosa de su negritud hasta tal punto que fue en busca de su origen africano a Liberia, país donde fue recibida como una reina en el exilio.  Después de todo, nunca consiguió olvidar ni perdonar el rechazo del Curtis Institute  en aquel examen de ingreso, o lo que es lo mismo, haber truncado el futuro de una prometedora joven pianista que había cometido el error de haber nacido negra. Así es como Nina Simone lo entendía y los que la rodeaban aprendieron que, tratándose de ella, nada tenía un punto medio. En sus conciertos era capaz de mostrar lo mejor y lo peor de su personalidad, acostumbraba a imponer un silencio absoluto y montaba en cólera si algún espectador se levantaba de su asiento o hacía ruido. A raíz de varios altercados con la prensa se generó a su alrededor una campaña de desprestigio que la acompañaría durante el resto de su carrera, pero preferimos obviar los motivos extra musicales y quedarnos con lo mejor de su etapa reivindicativa.

No aprecia su belleza.

Piensa que no hay gloria en su cuerpo oscuro.

Si pudiera bailar desnuda bajo las palmeras

y ver su imagen en el río, se daría cuenta.

Sí, se daría cuenta.

Pero en la calle no hay palmeras,

no hay palmeras en la calle,

y el agua del fregadero no devuelve imágenes.

<<Images>>, 1964

Muchos de sus éxitos tuvieron gran relevancia, incluso tratándose de versiones de otros músicos, pero también jugó un papel esencial al transmitir a su gente un mensaje de resistencia en canciones como Mississippi Goddam (Maldito Mississippi) que refleja su postura más contestataria, cantada siempre con agresividad y cara de mala leche, habla de su disconformidad con la realidad que la rodea y la frustración del pueblo negro por el desprecio y el rechazo al cual está sometido. “No estáis obligados a vivir a mi lado, pero dadme solamente la igualdad”.

Más sensible y conmovedor resulta Four Women (1965), un relato de cuatro mujeres negras que, cada una a su manera, representa la desgracia real a la que son sometidas muchas de ellas. Se trata de un tema feminista que denuncia la hipocresía de la sociedad blanca e invita a las mujeres de color a apreciar su belleza.

La lista podría abarcar un mar de lágrimas, en fin. Nótese la angustia que desprenden temas como Sinnerman (un tradicional góspel adaptado por Nina para la causa), Revolution (1969) o su interpretación de Strange Fruit, que poco tiene que envidiar a la versión de Billie Holliday en lo que respecta a su gran carga emotiva.

Todas estas canciones no hacen más que reflejar de manera fiel la realidad del momento, y quizás ese momento necesitaba a una Nina Simone que gritara al mundo la injusticia que se vivía en su país. Eunice Waymon cogió ese testigo y asumió la responsabilidad, aún a pesar de ganarse muchos detractores, perder audiencia y quedarse sin el apoyo de las discográficas. Hoy en día la vemos como una artista versátil donde las haya, controvertida y arriesgada. Una mujer de carácter en definitiva,  que convierte en fuego todo lo que toca y que sigue hechizando a todo aquel que se atreva a escuchar. Definirla sería imposible, pero para empezar a entender su figura e ir acabando la historia, añadiríamos una dosis de Johann Sebastian Bach y la mezclaríamos con otra de Duke Ellington. A ello agregaríamos una pizca de Billie Holiday sazonada con la espiritualidad más madura del góspel y para acabar, el toque de pimienta de Malcolm X al ritmo del frenesí musical africano. Una receta única en la historia de la música y capaz de seguir conmoviendo con su sabor a lucha, su sabor a mujer.

Bibliografia:

Brun-Lambert, David. La vida a muerte de Nina Simone. Global Rhythm Press. Barcelona, 2011.

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Inquieto, introvertido, como a Bukowsky, la pereza limita mi ambición. Me gusta la playa, pero sólo en otoño y primavera. Creo en la magia de los atardeceres y el blues es mi religión.

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