No hagas suposiciones…

 

Durante mucho tiempo, el ser humano ha creído con absoluto convencimiento que el principal debate que rige los parámetros de nuestra mente se podía resumir entre las cosas que están bien y las cosas que están mal. Tan importante ha sido dicha idea, que hasta se le ha dado forma a una disciplina filosófica llamada ética, con el objetivo de esclarecer esta supuesta gran incógnita que no nos permite ver qué es lo bueno y qué es lo malo. Y madre mía, la que se ha llegado a armar en algunos casos…

Hoy en día podemos ver con claridad muchos de los restos que ha ido dejando esta tóxica creencia. Pensadlo por un segundo, y comprobad que casi todo lo que os rodea está etiquetado de alguna u otra manera, tanto para bien como para mal. Por ejemplo, a nosotros nos puede gustar muchísimo el color rojo, pero si la mayoría de la sociedad cree en lo contrario y prefiere otro color, el color de la minoría pasará inmediatamente a ser clasificado como “malo”, o con otros adjetivos de parecida connotación (algo parecido ocurrió cuando alguien dijo que la Tierra era redonda, y no plana). Podríamos hablar de mil cosas más que están a nuestro alrededor, y nuevamente comprobaríamos que sucede lo mismo.

Ahora, dejemos a un lado esta costumbre por enjuiciar todo. Quitémonos esas oscuras gafas que este maquiavélico sistema nos obliga a lleva. Las cosas son como son, y realmente somos nosotros los que, consciente o inconscientemente, decidimos afrontarlas de un modo u otro, y darles más o menos fuerza. Muchas veces, cuando sentimos miedo ante la realidad, manipulamos y distorsionamos las verdades constantemente, pensando que de esta manera, lograremos erradicar su condición. Pero no es así.

Si logramos ver esto, comenzaremos a entender que el verdadero “dilema” no se encuentra entre el bien o el mal, sino entre la verdad y la mentira. La verdad es la que ES, y siempre estará ahí para tendernos una mano. La verdad no necesita demostrarse porque ya es, y existe mucho antes que nosotros. Al contrario que la mentira, obra maestra de nuestra propia cosecha. Esta necesita ser alimentada a través de la palabra, las amenazas, los miedos, la manipulación y toda una serie de ingredientes altamente perjudiciales para la salud. Muchas veces, llegamos hasta tal punto, que lo que en un principio era una mentira del tamaño de un copo de nieve, ahora se ha convertido en una avalancha agresiva y aparentemente imparable que se cierne sobre nuestras vidas. Y es en este punto en el que corremos el riesgo de caer en la ilusoria rueda de las suposiciones.

Pongamos de nuevo un ejemplo que nos puede ayudar a comprender un poco mejor. Ante nosotros, un banco. ¿Qué sabemos acerca de este objeto? Podríamos hablar, por ejemplo, del material con el que ha sido construido. No podríamos afirmar mucho más de este objeto a simple vista, la verdad… Pero sí podríamos utilizar algo sumamente poderoso para lograr crear un mensaje nuevo que nosotros mismos y los demás acabásemos por creer: y este algo es la palabra. “Este banco no me gusta, es feo. Lo odio.” El mensaje ya comienza a estar distorsionado. Pero esto no ha hecho nada más que empezar: “Este banco es feo y estúpido, y creo que todo aquél que se siente en él también va a ser estúpido. Y además, seguro que se cae de él y se hace daño. Es un banco maligno, ¡tenemos que hacer algo! ¡Elaboremos una ley contra él para que toda la sociedad sepa lo peligroso que es y no se acerque!”

Y todo este proceso, fruto de las mentiras; nada más y nada menos. ¿Veis hasta qué extremo podemos llegar con la palabra? El banco es lo que es, pero somos nosotros los que lo maquillamos a base de mentiras, con tal de ocultar la verdad. Y esto ocurre con un banco, pero reflexionad ahora acerca del calibre de algunas de las mentiras vividas a lo largo de nuestra historia. Sin ir más lejos, aquellas que día a día avivan la llama de las guerras que por desgracia aún se mantienen firmes en nuestro planeta. Y todo comparte un mismo origen: las suposiciones, y en consecuencia, la mentira.

Por todo esto, te propongo un acuerdo. No entre tú y yo, sino contigo mismo: no hagas suposiciones. Hacer suposiciones es sinónimo de buscarse problemas, porque la mayoría de las suposiciones que elaboramos en nuestra mente son mentira. El ser humano tiene una imaginación increíble y poderosa, y son muchas las historias que pasan por su mente. Imaginamos cómo nos irá la vida dentro de 5 años, qué estará pensando esa persona, lo que están diciendo de mí a mis espaldas, si le caigo bien o mal a aquellos, y un gran etcétera que a más de uno le resultará familiar. Nos inventamos todo un cuento a través de nuestros juicios, experiencias y pensamientos. Un cuento que probablemente solo es cierto para nosotros, y que nos creemos ciegamente.

Una suposición conduce a otra, y cada vez, la mentira cobra mayor importancia. Comenzamos a chismorrear sobre los demás, a proyectar todas nuestras responsabilidades y culpas fuera de nosotros, a olvidarnos de vivir el presente creando un futuro a base de suponer, suponer y más suponer… Y es aquí donde comienza el verdadero infierno. Un infierno alimentado por toda una sarta de suposiciones que no nos dan descanso y que siempre nos mantendrán atormentados si continuamos suministrándoles fuerza. Por eso, no hagas suposiciones.

Porque cuando no haces suposiciones desaparecen los prejuicios, y llega la comprensión. Cuando no haces suposiciones, disfrutas del momento y te dejas llevar por la vida un poco más. Cuando no haces suposiciones, no pones límite a tus posibilidades porque estás más abierto ante las oportunidades que puedan llegar. Cuando no haces suposiciones, no te engañas ni a ti mismo ni a los demás. Cuando no haces suposiciones, también desaparecen las justificaciones. Cuando no haces suposiciones, vives tu vida, y no la del resto. Pero sobre todo, cuando no haces suposiciones, eres más libre. 😉

Con la colaboración de la obra “El quinto acuerdo”, de Don Miguel Ruiz y Don Jose Ruiz

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