Perdón y permiso

Vuelve a ser 12 de octubre, y como cada año, la polémica ya está servida. ‘Día de la Hispanidad’, ‘Día de la Raza’, ‘Nada que celebrar’… Es un día extraño, uno de esos días ‘cargados’, de historia, de significado… y de controversia. Seguimos escuchando, hoy, todo tipo de acusaciones y reproches ya desfasados y anacrónicos; seguimos culpándonos unos a otros de todos nuestros males; seguimos peleándonos sin más razón que el puro afán de pelear. Y en medio de tanta bulla, apenas hay sitio para los que reclaman que ya es hora de superar los enfrentamientos que no llevan a ninguna parte, que la lucha hoy no se da entre latinoamericanos y españoles, y mucho menos entre unos españoles y otros. Apenas se oye la voz de los que piden paz, unión y convivencia. Esa voz tímida debe crecer, pero, para hacerlo, antes tenemos que hacer dos cosas. Dos gestos muy simples, pero tremendamente reveladores y efectivos…

Lo primero es pedir perdón. Perdón por la colonización, perdón por la esclavitud, perdón por el saqueo, perdón por la brutalidad, perdón por llamarlo ‘descubrimiento’, perdón por nuestro eurocentrismo. Ante todo, perdón. Creo que ante la historia y sus fantasmas, sobran los argumentos manidos como el de que “fuimos mejores que los ingleses”. Da igual quien fuera mejor o peor, no se trata de eso; se trata de lo que hicimos. Y el caso es que fuimos malos. Habrá que decirlo, sin tapujos ni rencores: fuimos malos ¿Los ingleses fueron peores? Probablemente, pero nosotros fuimos malos. La colonización, la esclavitud, el expolio… Fueron errores que jamás debieron cometerse, y por ellos hay que pedir perdón. En Australia, cada 26 de mayo, se celebra el Día Nacional del Perdón donde se reconoce el expolio y las injusticias cometidas contra la población aborigen por parte de sus colonizadores, se trata de reconciliar a dos pueblos que jamás debieron enfrentarse. No consiste en darse una “palmadita en la espalda”, ni de darnos por aludidos por algo en lo que, evidentemente, no tenemos culpa (a nadie en su sano juicio se le ocurre plantear que un español, hoy, es culpable de la colonización de generaciones pasadas); no, se trata de reflexionar acerca de lo que ocurrió, y sobre todo, de por qué no debería ocurrir nunca más.

Lo segundo que toca es pedir permiso. Han pasado ya más de cien años desde la última batalla por la descolonización de América contra España. Más de un siglo desde aquel 1898. Con el peso de la historia de por medio, es hora de formalizar la alianza que ya existe, de facto, entre España y la América Latina. Es hora de saldar cuentas apoyando a los pueblos de América contra la doble colonización que hoy les amenaza. La primera, la real y más palpable, la dictadura mercantil que no da tregua a unos pueblos asfixiados por la deuda, por la pobreza, por la corrupción… La segunda colonización, la de la desigualdad, que condena a millones de personas a la servidumbre perpetua. Contra esas dos lacras, los latinoamericanos y latinoamericanas tienen que luchar día a día hasta vencerlas, y a su lado debemos estar los españoles. Por ello, desde el respeto y la admiración, hoy debemos pedir permiso a los pueblos de América para acompañarles en su lucha, para apoyarles en su batalla interminable por la libertad y la igualdad, y sobre todo, para aprender del maravilloso ejemplo que están dando al mundo. Estoy hablando de personas excepcionales como Berta Cáceres, que nos enseñaron la fuerza y el coraje de la indígenas que siguen luchando por su tierra; hablo de los estudiantes mexicanos, que siguen buscando a sus 43 compañeros y compañeras; de los “pingüinos” chilenos, que siguen luchando por una Universidad pública de calidad; de las Madres de la Plaza de Mayo; de los millones de venezolanos que claman por salir de la agonía; del ejemplo de integración y respeto mutuo del pueblo boliviano; de la pluma incansable de Gabriel García Márquez, del canto a la vida de Violeta Parra… De todas esas luchas, de esa valentía, de esos ejemplos de dignidad, aquí tenemos muchísimo que aprender.

Así que, después de todo, puede que en este 12 de octubre sí haya algo que celebrar. Y es que, a pesar de todo, aún hay lugar para la alianza, para la fraternidad y para la convivencia entre los pueblos de España y los pueblos de América. A pesar de todo, aún hay lugar para la esperanza…

Artículo escrito por Salvatore Nocerino, estudiante de Filosofía y Políticas en la Universidad Complutense de Madrid.

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