Pies de paloma

Quizá la pregunta más frecuente con la que tiene que lidiar un estudiante de Filosofía sea “¿Y eso, para qué sirve?”, en una de sus muchas variantes. Al menos, este ha sido mi caso, incluso antes de empezar la carrera.

Desde luego, es una pregunta difícil de responder. Cierto, no es la carrera más rentable del mundo -de hecho, probablemente la menos-, no voy a trabajar de filósofo, no hay grandes salidas profesionales más allá de las aulas y bibliotecas… Con esto ya basta para ahuyentar a los más ambiciosos, este no es su lugar; y no pasa nada, el suyo tampoco nos interesa. Los más moderados la miran con recelo, “sí, es bonita… pero como hobbie”; bueno, no está de más aplicar un poco de filosofía a tu día a día, seguro la hará más llevadera. Luego están los locos sin remedio, que se entregan, sin pedir mucho a cambio, a los placeres que reserva la filosofía para quien los quiera perseguir. Hasta aquí no hay problema, cada una de estas posiciones es respetable y acertada en su medida, incluso loable para quien actúa en consecuencia y sin hipocresía.

Pero, ¿acaso iba a ser tan fácil? ¿Acaso nos respetamos todos sin reparos, o estamos esperando demasiado de la bondad y tolerancia humanas? Claro que no, no todo es armonía y respeto, de hecho, estamos en plena guerra: filosofía contra utilitarismo, y, poniéndome del lado de los primeros, diré que lucharemos como lo hemos hecho siempre: resistiendo. Porque mientras exista persona, existirá filosofía; porque no se entienden la una sin la otra; porque son parte y unión de un mismo elemento, indefinido e infinito; porque sí.

Existe la creencia en filosofía, como en casi cualquier campo de lo humano, de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, acaso hubo un tiempo donde el filósofo -o el sabio- era venerado, tenido en cuenta para las decisiones importantes del estado, clan o pueblo; desde luego, eso solo lo conozco dentro de la obra de los propios filósofos. Hay que aceptar que la filosofía es, y será -como siempre ha sido- el gran grano en el culo de la humanidad, necesario pero molesto. ¡Y qué grano! No le queda otra que esconderse a tiempo y reaparecer.

Como en cualquier guerra, el enemigo usa estratagemas, se sirve de su fuerza e intenta aplastarte por todos los medios; lo irónico es que, en este caso, el enemigo lucha contra algo invencible; algo que, de hecho, necesita la guerra para fortalecerse.

Cuando parece que todo está perdido, pienso en todas las veces que se ha tenido esta misma impresión, desde la cicuta hasta la LOMCE. Y siempre, siempre, ha continuado la función, haciéndola incluso más interesante cuanto más hostil es su ambiente, como la belleza del clavel en el cañón de la metralla. Tal es el poder de la filosofía, capaz de derribar y construir cuanto desee, de aparecer en el momento y lugar más inesperados, capaz de todo; pero siempre discreta, poquito a poco -Nietzsche lo decía mejor que yo: “Los pensamientos que mueven el mundo caminan con pies de paloma”-, que no hay paso lento sino distancias largas. ¿Hay mejor destino que volar junto a esta paloma?

Y cada vez que alguien me hace la famosa pregunta, pienso, ¿versión larga o corta?

Artículo escrito por Salvatore Nocerino, estudiante de Filosofía y C. Políticas en el Universidad Complutense de Madrid.
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