¿Por qué odiamos a las ratas?

Escurridizas, rápidas y capaces de atravesar cualquier barrera; correteando entre las ruinas de casas, edificios en construcción y lugares abandonados. Son las reinas de las tinieblas y han poblado nuestro planeta desde hace más de 60 millones de años, llegando algunas a convivir con los temibles dinosaurios. Pertenecientes al orden Roedores, las ratas, ratones y demás mamíferos de estos grupos han espantado y horrorizado a grandes y pequeños desde los albores de la Humanidad. Ahora bien, ¿es justificable ese pánico irracional que tenemos hacia estos organismos? Veámoslo.

Rattus norvegicus fuera del ambiente urbano

Los roedores, como hemos dicho, fueron contemporáneos de los grandes saurios, siendo presa fácil de algunos reptiles pequeños tales como velociraptores, los antecesores de las aves. Tras la caída del gran meteoro que extinguió a estos reptiles, los mamíferos vieron su oportunidad de dar el golpe decisivo y sentarse en el Trono de Hierro de la Tierra. Los saurios quedaron relegados a unos pocos órdenes de pequeños animales, a diferencia de su anterior esplendor. Los mamíferos se diversificaron y poblaron nuevos nichos ecológicos con sus linajes biológicos hasta dominar el planeta. Desde la helada tundra, pasando por las profundidades marinas, los desiertos y sabanas africanas y las negras junglas amazónicas, los mamíferos se extendieron y proliferaron.

Toda esta biodiversidad nació de unos pequeños roedores que, hace 65 millones de años, tomaron la decisión más inteligente posible: esconderse bajo tierra en galerías profundas para cobijarse de las inclemencias exteriores y sobrevivir. De las ruinas de ese viejo mundo, las ratas triunfaron. Le debemos a esas ratas primigenias el estar hoy vivos, ya que descendemos de ellas. Esa es la gran verdad.

El antecesor de los mamíferos no era muy distinto a los roedores actuales. En la imagen, reconstrucción artística del mismo

Por otra parte, la función ecológica de las ratas es crucial en muchos ecosistemas. Las ratas pueden ser depredadores activos o carroñeros. En su función depredadora ayudan a mantener estables poblaciones de insectos y gusanos; en su función carroñera, estos magníficos roedores ayudan a facilitar que la basura se degrade, siendo esto importantísimo para la no proliferación de enfermedades infecciosas. Las ratas limpian nuestras ciudades de desperdicios para alimentar a su prole y a ellas mismas. Quizás sea esta la mejor relación de simbiosis que posee el hombre, aunque nos neguemos a verla.

Bajo el nombre de “rata” se designan a más de 650 especies animales de los 5 continentes. Las ratas son también indicadores de la calidad de los medios, tanto urbanos como campestres o arborícolas. Estos individuos pueblan zonas ricas en alimento y bastante diversificadas en el ámbito natural. En las ciudades, las ratas son indicadores de focos de humedad, basura y contaminación, por lo que su presencia marca lugares donde se deben tomar medidas higiénicas. Su contribución ecológica es, por tanto, indiscutible.

Las ratas y ratones han sido clave en la cura de muchas enfermedades en seres humanos. Los conocidos como “ratones de laboratorio” son animales pertenecientes a la especie Mus musculus. Estos organismos han sido estudiados desde los albores de la ciencia con el fin de conocer la biología de los mamíferos. A día de hoy, esta especie es el prototipo de mamífero de laboratorio. Su rápida reproducción y cantidad de crías, así como su fácil cuidado y docilidad los convierten en los individuos ideales. Los ensayos de vacunas en estos roedores han salvado millones de vidas humanas. Quizás no estuviésemos hoy aquí de no ser por esas ratas y ratones, a las cuales les tenemos que estar agradecidos.

La introducción de Rattus norvergicus en Europa durante el siglo XV propició la expansión de la peste bubónica

En ambientes hostiles, las ratas suelen ser los primeros vertebrados en colonizar la zona. El asentamiento de estos animales permite que otras especies se aventuren a poblar estos recónditos. Las ratas son, pues, especies pioneras ue ayudan a aumentar la biodiversidad de algunas zonas del planeta. Al ser cazadoras y ser cazadas por aves, por ejemplo, adquieren un papel determinante en su nicho ecológico.

Con todo esto, ¿a que se debe la mala fama de las ratas? Bueno, por una parte, aunque estos roedores se alimenten de desechos, su alimento predilecto es la fruta y algunos cereales. Nuestros antepasados, cuando vivían en cuevas o cuando se asentaron y empezaron a recolectar sus alimentos de la tierra, vieron como estos pequeños saqueadores se llevaban el trabajo de toda su vida para alimentarse. El odio a las ratas empezó aquí. Por otra parte, en el Medievo, la peste bubónica arrasó a casi un tercio de la población europea. Esta enfermedad fue transmitida por los piojos que portaban las ratas, viajeras silenciosas de los barcos mercantes ingleses que hacían su ruta por Asia. Esto acabó de sellar el destino de las ratas, desterrándolas al odio colectivo.

Lo cierto es que, aún con esta mala fama, las ratas son animales dóciles, cariñosos y fieles. Muchas personas han optado por tener ratas como mascotas, debido a que su longevidad es mayor que la de un hámster (que no deja de ser un tipo de rata) y a que sus habilidades las convierten en auténticos malabaristas de circo. A día de hoy no es extraño encontrarnos a alguno de estos roedores correteando por alguna casa humana, jugando con su dueño o ejercitándose en una rueda de correr

Rattus rattus o rata negra

En definitiva, el odio que sentimos hacia las ratas es inconsciente e irracional. Estos  hermosos animales son el prototipo de superviviente nato, enseñándonos valiosas estrategias para sobrevivir en la Naturaleza. Su compañía, los servicios que nos prestan y su contribución al mundo de la investigación son innegables y valiosas, permitiendo a médicos y científicos progresar en sus campos de conocimiento. Por todo ello os pregunto: ¿seguís odiando a las ratas?

Para saber más:

http://www.agenciasinc.es/Noticias/Ponen-cara-y-edad-al-ancestro-comun-de-los-mamiferos-placentarios

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Pontevedrés, residente en Santiago de Compostela. Estudiante de Biología en la USC, investigador en formación y amante de la ciencia.

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