Sueño en un museo

Dicen que el mapa es el mejor incitador de una aventura. Stevenson sugirió gran parte de La isla del tesoro en el mapa que dibujó de la Hispaniola. Borges puede que sustituya este mapa por un laberinto, pero con él también vemos que la sucesión de accidentes físicos producen la trama, así como los paisajes irreales de los que hizo enciclopedias. Umberto Eco siguiendo esta tradición publico Historia de las tierras y los lugares legendarios. Tratado en el que vemos como el hombre tiene siempre un afán por imaginar tierras en las que no puede viajar, pero creo que el Atlas de las islas remotas es el mejor tratado al caso, escrito por Judith Schalansky. Allí simplemente la autora nos confiesa que no viajará a ninguna de las islas que cataloga. Reproduce los mapas y los explica. En el libro no hay ninguna foto de las islas, solo los mapas que nos hacen soñar.

En el campo cinematográfico, Las estatuas también mueren de Alais Resnais explora como la estatuaria africana que ahí tiene un uso cuotidiano, que es la representación de los dioses, atiende a un orden vital. En Europa no tienen ningún sentido más que el gusto estético. Se sabe que los vanguardistas vieron, en estas represtaciones de dioses ancestrales, los motivos estéticos que ellos querían para su pintura. Pero el hombre instruido ve como en los templos olvidados de los Andes, estas estatuas tenían un motivo de vivir, de existir, en un museo en el centro de Barcelona están muertas.

El siete de Febrero reabrirá el antiguo Museo Etnográfico de Barcelona, reconvertido en el Museo de las Culturas del Mundo. El nombre de la instituciones podría suscitar un intenso debate sobre su léxico, pero prefiero hablar de que podremos ver ahí.

Los ídolos, las esculturas, las jarras, nos producen el sueño de una tierra lejana, en la que igual que Schalansky nunca viajaremos. No iremos por diferentes motivos, pero uno de los principales es porque hemos aniquilado brutalmente a las gentes que habitaban en América o hemos esclavizado a la mitad del continente africano. Con Asia, puede, nos ha salido mejor, simplemente han lanzado sus ropas al río y se han puesto las nuestras. Uno al ver todas estas joyas hechas ya sea, por las antiguas tribus de la pampa o de las tierra altas del Paquistán, no puede evitar sentir nostalgia por el mundo olvidado que representan. Un mundo occidentalizado que mira estatuas e investiga incansablemente sus orígenes, cuando él mismo destruyó a las gentes que nos lo podrían explicar.

Todas estas reflexiones me hacen esperar con impaciencia la abertura del museo, porque sé que saldré del museo y volveré a leer Dioses, tumbas y sabios de C. W. Ceram o me sumergiré, para reencontrarme con los creadores de ídolos, dentro de Las riendas de la fortuna de Gerardo González de Vega. O en el magnífico Un viaje distinto de Andrés Resendéz donde se narra la esclavización de un español a manos de los indios de Tejas en el siglo XVI. Leyendo el libro soñaré con bastas tierra mágicas, tribus indomables donde el hombre blanco, por un vez en la historia, tiene las de perder. ¿Serán que un sueño de venganza secreta? Las obras del museo son reflejos de mis pensamientos escapistas y mi curiosidad literata. Esos reflejos me volverán a los libros y los libros a las obras en un círculo que se cierra cuando abro los ojos y veo que vivo en una ciudad occidental, en donde las aventuras transcurren lejos. Pero entonces leo los mapas y en mi mente veo los viajes de los exploradores que hicieron posible la colección del museo. Al menos, para imaginar los viajes de Albert Folch i Rusiñol, August Panyella i Gómez o Eudald Serra i Güell tendré el Museo de las Culturas del Mundo en la calle Moncada 12 de Barcelona.

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Joan Vila i Boix

Nacido el 1991, estudio Historia del Arte en Barcelona. Escribo crítica de arte y de literatura, con pasión y compromiso. Creo en la importancia de los detalles que pasan desapercibidos. Todo eso lo hago de forma clara y catalana, paradójicamente en castellano.

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