¡Syc Semper Tyrannis!

April 14, 1865 22:25 PM GMT -7

El silencio se hizo en la sala. Con la ayuda del telón, al más puro estilo circense, aquel actor saltó desde el palco presidencial al escenario. Una caída aparatosa con una fractura en la pierna hizo creer al público que de una reverencia se trataba. ¡Syc Semper Tyrannis! Gritó a viva voz alzando al aire su pequeña Deringer.  Tras esto, cojeando, John Wilkes Booth huyó del teatro Ford y de la ciudad capitalina…

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La noticia corrió como la pólvora, aquella noche estaba siendo una de las más largas de su vida. Desde el corazón de la Casa Blanca, un taciturno Andrew Johnson repasaba los últimos tres meses, un escaso trimestre que ponía fin a los años más duros que el país había afrontado en el último siglo. Hacía ya cuatro años que había irrumpido en la mansión presidencial el primer republicano, un hombre alto, con barba y que tenía por costumbre vestir un sombrero de copa que lo hacía parecer todavía más alto de lo que ya era; el 4 de marzo de 1861 aquel gigante de la política y la oratoria juraba su cargo. Johnson recordaba aquella jornada con la rabia del bando perdedor.

Apenas había pasado un mes de legislatura cuando el infierno estalló; treinta y nueve días después de la investidura del gigante la peor de las guerras comenzaba, una guerra de hermanos que separa familias y naciones. El 12 de abril de 1861 el país comenzaba a oler la pólvora de los primeros disparos de una guerra civil avivada por la polémica de la esclavitud. Johnson fue el único de los representantes sureños que condenó la guerra y un año más tarde comenzaba su servicio al hombre del sombrero. Aquel genio enamoraba a sus partidarios y encandilaba a sus detractores con el poder de su voz; un mago de las palabras capaz de hacer atender al último de los despistados.

“Hace ocho décadas y siete años, nuestros padres hicieron nacer en este continente una nueva nación concebida en la libertad y consagrada al principio de que todas las personas son creadas iguales.

Ahora estamos empeñados en una gran guerra civil que pone a prueba si esta nación, o cualquier nación así concebida y así consagrada, puede perdurar en el tiempo. Estamos reunidos en un gran campo de batalla de esa guerra. Hemos venido a consagrar una porción de ese campo como lugar de último descanso para aquellos que dieron aquí sus vidas para que esta nación pudiera vivir. Es absolutamente correcto y apropiado que hagamos tal cosa.

Pero, en un sentido más amplio, nosotros no podemos dedicar, no podemos consagrar, no podemos santificar este terreno. Los valientes hombres, vivos y muertos, que lucharon aquí ya lo han consagrado, muy por encima de lo que nuestras pobres facultades podrían añadir o restar. El mundo apenas advertirá y no recordará por mucho tiempo lo que aquí digamos, pero nunca podrá olvidar lo que ellos hicieron aquí. Somos, más bien, nosotros, los vivos, quienes debemos consagrarnos aquí a la tarea inconclusa que los que aquí lucharon hicieron avanzar tanto y tan noblemente. Somos más bien los vivos los que debemos consagrarnos aquí a la gran tarea que aún resta ante nosotros: que de estos muertos a los que honramos tomemos una devoción incrementada a la causa por la que ellos dieron la última medida colmada de celo. Que resolvamos aquí firmemente que estos muertos no habrán dado su vida en vano. Que esta nación, Dios mediante, tendrá un nuevo nacimiento de libertad. Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la Tierra”

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De este modo, el mago de las palabras, se ganaba a sus conciudadanos y habitantes del mundo en 1863 en la que desde ese día se conoce como la arenga de Gettysburg. Andrew Johnson no podía evitar maravillarse ante la grandeza de su rival, y esa fatídica noche a buen seguro que se repetía a sí mismo esas líneas.

La crueldad de la lucha marcaba las actividades políticas, un combate a muerte en el campo de batalla y en la cámara de los representantes. En noviembre de 1864 las elecciones generales estaban llamadas a determinar el futuro de una guerra cuyo fin comenzaba a atisbarse. ¡Qué osadía la del propio Andrew al enfrentarse a su propio partido y unirse al mago del sombrero! Una batalla en las urnas de la que ambos salían victoriosos; el hombre de la barba continuaba en su cargo, Andrew ganaba la vicepresidencia. De aquel día parecían haber pasado años cuando sólo 5 meses lo separaban.

Desde entonces todo aquello por lo que ambos llevaban luchando se había ido convirtiendo realidad. Hacía 5 días, el 9 de abril, el general confederado Robert Edward Lee había rendido su ejército ante el general unionista Ulysses Simpson Grant; la guerra se daba por acabada a pesar de la existencia de ciertas resistencias menores. Para más inri, la otrora proclamación presidencial de emancipación dejaba paso a la decimotercera enmienda, la abolición de la esclavitud, que había sido propuesta el 31 de enero de 1865 y ratificada en los dos siguientes meses por 20 de los 36 estados que componían el país por aquel entonces. Aquella misma mañana del 14 de abril, Arkansas se convertía en el vigésimo primer estado en ratificar la enmienda. Era un día de celebración.

Sin embargo, apenas unas horas después de la excelente noticia proveniente de Arkansas, Andrew Johnson no dejaba de lamentarse una y otra vez de lo sucedido. El general Grant hubiese estado ahí de no ser por un repentino viaje a Philadelphia, él hubiera podido evitarlo, el héroe nacional que condujo al fin de la guerra. No podía sacar de su mente la imagen de esa misma tarde, la imagen del mago de las palabras abandonando el despacho en el que ambos charlaban jovialmente, recordaba la sensación extraña que le invadió el cuerpo al verle marchar por aquel pasillo. Ahora, ese hombre agonizaba de un disparo que a buen seguro le conduciría a la muerte. Tras todo por lo que ambos habían pasado, la responsabilidad de liderar aquel país desangrado había recaído en sus hombros.

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Aquella misma tarde del 14, un actor con bigote, pelo negro, cara lisa y pro-confederado se enteraba que el mismísimo presidente presenciaría una comedia teatral, Our American Cousin, en el teatro Ford de Washington DC; era la oportunidad que llevaba esperando. Desde hacía un tiempo llevaba planeando un golpe contra el gobierno unionista; la guerra estaba perdida y sólo un giro inesperado de los acontecimientos podía cambiar la historia. Junto a varios colaboradores había tramado asesinar al presidente, al vicepresidente y al secretario de estado. Era aquella noche o nunca, la ocasión era única.

Conforme se acercaba la hora su corazón latía a gran velocidad, su complot estaba en marcha, en un par de horas podría aclamar la gratitud de toda su nación. El presidente llegaba acompañado de su esposa y de dos amigos y raudamente se dirigieron a sus butacas. Pasadas las diez y veinte de la noche el actor se encontraba al otro lado de la puerta del palco presidencial. En su mano, una pequeña arma de balas esféricas, la tan de moda en aquel tiempo, una Philadelphia Deringer. Su corazón se desbocaba, el aliento le faltaba y su mente no podía dejar de imaginar el éxito que podría obtener,  la persecución que podría llegar a vivir si algo de plan se torcía. La suerte estaba echada, sólo el triplete de muertes podía llegar a salvarle de la pena por magnicidio. Abrió la puerta con delicadeza y alzó su mano armada apuntado la pequeña pistola a la cabeza del hombre del sombrero. El suspiro de un mundo entero antes de apretar el gatillo.

El silencio se hizo en la sala. Con la ayuda del telón, al más puro estilo circense, aquel actor saltó desde el palco presidencial al escenario. Una caída aparatosa con una fractura en la pierna hizo creer al público que de una reverencia se trataba. ¡Syc Semper Tyrannis!, gritó a viva voz alzando al aire su pequeña Deringer. Tras esto, cojeando, John Wilkes Booth huyó del teatro Ford y de la ciudad capitalina.

Dejaba tras de sí el cuerpo malherido del que todavía hoy, 150 años después de su muerte, es el presidente llorado, Abraham Lincoln.

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Nota:

Abraham Lincoln(1809-1865) fue el decimosexto presidente de los Estados Unidos. Su muerte se produjo el 15 de abril de 1865, tras agonizar durante 10 horas del disparo de John Wilkes Booth.

El complot organizado por Booth contaba con la ayuda de David Herold, Lewis Powell y George Atzerodt. Herold y Powell fueron los encargados de asesinar al convalenciente William Seward, (secretario de Estado) quien se encontraba en su hogar maltrecho de unas heridas causadas en un accidente montando a caballo. Powell entró en la casa afirmando llevar una medicina para el mandatario, tras noquear a uno de los hijos de Seward, apuñalar a su hija y a un enfermero, logró apuñalar al propio Seward quien se salvó gracias a que el cuchillo no atravesó ningún órgano vital. Herold, quien aguardaba fuera, huyó en cuanto comenzaron los gritos en el interior de la casa. Powell logró escapar a caballo, tras haber apuñalado a otra persona más, mientras gritaba que estaba loco.

Atzerodt tenía por encargo el asesinato del vicepresidente Andrew Johnson. Éste se encontraba aquella noche en un hotel en Washington, su asesino había reservado la habitación contigua y debía dispararle a las 10.15. Tras llegar al hotel se dirigió al bar y, tras una larga conversación con el camarero, acabó huyendo a pie por las calles de la ciudad capitalina completamente ebrio. Se había rajado.

Cuentan que tras asesinar a Lincoln, Booth se dirigió al hotel donde se encontraba Johnson y le dejó una nota que contenía el mensaje: “No quiero alarmarle, ¿se encuentra usted en casa?” firmada por el propio Booth. Las investigaciones revelaron que el magnicida sospechaba de la falta de coraje de Atzerodt y decidió emplear ese truco para tratar de ligar a Johnson al complot. Cabe decir que no tuvo éxito.

Powell, quien había sido abandonado por Herold, no conocía la ciudad de Washington y vagó durante tres días hasta ser detenido por las autoridades el 17 de abril. Atzerodt, quien se había escondido en una granja en Georgetown, fue detenido el 20 de abril. Herold y Booth, quienes se había reunido tras los atentados, iniciaron una huida que acabaría el 26 de abril con la rendición del primero ante las autoridades y con la muerte para Booth.

El complot fracasó y todos aquellos que participaron en los atentados fueron juzgados por un tribunal militar, el golpe de efecto que buscaban tuvo el efecto contrario, demostrando que las instituciones de los EEUU tenían la capacidad de resistir ante un golpe de semejantes características.

El cortejo fúnebre de Lincoln atravesaría medio país hasta acabar en Illinois, donde su cuerpo descansa, y durante todo el trayecto fue llorado por millones de personas. Su muerte le convertiría en mártir y héroe nacional, siendo uno de los presidentes más queridos junto a George Washington. Aquel mago de las palabras fue capaz de cambiar la historia demostrando que los ideales del bienestar deben siempre permanecer sobre todas las cosas, aquel mago sería recordado como el mejor tirano de todos lo tiempos.

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Comentarios

Comentario

E Fdez

Fuera del perro, un libro es probablemente el mejor amigo del hombre, y dentro del perro probablemente está demasiado oscuro para leer. Una creencia: todo el mundo debería creer en algo, yo creo que voy a seguir leyendo, discúlpenme.

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