Todo se consume. Tú y yo también.

 “Ya no tengo ni tiempo ni ganas ni paciencia. No sé fingir ni esperar ni resignarme.” No quiero darte las buenas noches y verte marchar. No quiero aguardar, expectante, más anhelante que anhelada, el regreso de tus viajes. Ni dejar que un día suceda a otro, con fatiga e indiferencia. Alimentar mis miedos al permitir que el tiempo pase por mí sin dejar ningún rastro, más que esa sensación de vacío característica del adicto a cierto tipo de soledad.

No quiero que desaparezcan de mi ropa los últimos resquicios de tu aroma. Ya no tengo ni fuerzas ni esperanzas ni certezas. No sé actuar ni mentir ni vivir despierta. No sé, ni quiero, ni puedo, evitar enamorarme de ti. Y tampoco sé muy bien cómo puedo tener la desvergüenza de decirte esto. No termino de entender el fundamento de tus intenciones, tus besos nocturnos y tu hieratismo diurno. “Esto no debería decírtelo tan claro, ya que sería mucho más misteriosa si me pusiera más inalcanzable, o si me callara aunque fuese una parte de lo que te callas tú, pero no me da la gana.” No puedo. No sirvo. No valgo.

Espero que comprendas que, como los últimos sonidos que emiten los rótulos fluorescentes de neón de una gasolinera cualquiera, que entrecortan el tránsito normal de los pensamientos, en una inútil llamada al auxilio, tal vez. O la exhalación definitiva que desvela toda una lucha contra la rendición final. Los últimos quejidos lastimosos, temblorosos y persistentes. Pertinentes. Llantos que aún se atreven interrumpir el silencio, a romperlo y a desquebrajarlo, para, en última instancia, abandonar su fulgor, dejar de parpadear y fundirse en la oscuridad.

Así como una canción encerrada en el interior de un coche, detenido por la luz roja y discernible, de alguna manera, entre el rugido del motor al acelerar y las conversaciones ajenas, distantes. Y se desvanece, tan rápida y fugazmente, de la misma forma en la que surgió como del mismísimo aire. Y se disipa en el frío de una noche lunar.

Como el implacable piar, que termina por cesar, cuando uno llega por suerte o por desgracia, con sus prisas y distracciones, ya dispuesto a cruzar hacia el otro lado o hacia cualquier otro lugar. Qué sé yo.

Como un himno que lo anticipa, como un anuncio que lo advierte, como los últimos acordes menores, siempre menores, que se despiden con parsimonia, cada vez más despacio, cada vez con menos sutileza. Y de repente, se acabó.

Como todos los cigarrillos, que de una forma u otra siempre acaban apagándose.

Tú y yo también nos despedimos.

Tú y yo siempre nos estamos diciendo adiós.

Adiós.

Octubre, 2014

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