Todos quieren ser radicales

Es hora de hablar claro: Podemos es, hoy por hoy, un barco a la deriva. No por falta de rumbo, sino precisamente por tener ante nosotros un amplio abanico de decisión, por seguir a la espera de una decisión, de un golpe de timón. En Madrid se abre ahora la posibilidad de esa decisión, y desde luego esta ha de ser fruto de un debate amplio y plural. No podemos, ni debemos, esperar las órdenes de ningún capitán mesiánico. Aquí, a diferencia de otros barcos -azules, naranjas o rojos-, las decisiones aquí se toman por consenso, preguntando a las bases, debatiendo, votando… Así tendrá que ser esta Asamblea Ciudadana, y todas las que vengan. Solo así podremos marchar hacia adelante, es decir, hacia la victoria.

La convocatoria de una Asamblea Ciudadana ha desatado el debate que llevaba tiempo latente en Podemos. No en vano, Madrid es la federación más importante del partido, y el proyecto que de aquí salga tiene todas las de ganar para ser el que se adopte en el ámbito estatal. La ya de por sí mediática discusión entre “pablistas” y “errejonistas” va a ganar peso en un otoño caliente para el partido y, por consiguiente, para la política nacional.

En este sentido, desde distintas secciones de Podemos se ha venido acusando a los “errejonistas” de querer moderar en exceso el partido. De olvidar la radicalidad de la que nació. De adaptarse al discurso hegemónico y fundirse en él. De renunciar, en definitiva, a la ‘esencia’ de Podemos. Pero, ¿en qué consiste eso de ser radical? No es tarea fácil. La radicalidad no reside en el proselitismo constante de símbolos y consignas, ni en el conocimiento profundo de la ‘mejor’ teoría. La radicalidad no reside en la aplicación a rajatabla de unas tablas de la verdad. Eso es más bien una mezcla entre fanatismo e identitarismo. Desde luego, la radicalidad original de Podemos dista mucho de eso, y en estos dos años a veces nos ha costado recordar aquello por y para lo que nacimos. En ese sentido, quizá sea un buen ejercicio rememorar de vez en cuando el trayecto recorrido para así ver mejor los retos que vienen…

-De la épica a la acción. Conocer la historia para construir el futuro:

Es un largo camino el que nos ha traído hasta aquí. El relato oficial es de sobra conocido, y decir a estas alturas que Podemos nace del 15M no es precisamente descubrir América. Sí, las plazas que un día se llenaron de ilusión e ideas, debían vaciarse para dar paso a una serie de movilizaciones ciudadanas sin precedentes en la historia del régimen del 78. La PAH, las mareas, las Asambleas de barrio… Podemos llega para recoger esa movilización y llevarla a las instituciones. Podemos nace para que los desahuciados, los parados, los excluidos… pasen a la primera línea, que salgan de la sombra y pasen a dirigir el rumbo político de este país que poco a poco va cambiando. Todo eso lo sabemos ya, y sabemos también que es un largo camino, pero aún no hemos hecho más que empezar. Las victorias de este primer ciclo (alcaldías del cambio, irrupción en los Parlamentos regionales, cinco millones de votos en las generales…) no hacen sino anunciar que hemos venido para quedarnos, aunque aún debemos abrirnos paso entre un régimen que sobrevive, un régimen tocado mas no hundido.

¿Y cómo han sido posibles estas victorias? Ninguna de ellas puede entenderse sin el respaldo, la implicación y el trabajo de muchísima gente detrás de este proyecto. Imposible hablar de Podemos sin hablar de los miles de militantes que plantan la semilla del cambio en cada rincón de este país. Entre todos y todas hemos logrado cosas que parecían imposibles apenas tres años atrás, pues nunca un partido político había logrado tal apoyo y tal implantación en el sistema en tan poco tiempo. Crecimos como la espuma, y ahora que ya somos una fuerza consolidada, los retos cambian. Ya no se trata de entrar en las instituciones, sino de ganarlas. Hemos logrado integrar a muchísima gente, entre ellas a las más movilizadas y concienciadas. Ellas son imprescindibles y han hecho posible llegar hasta aquí, pero no son suficientes… Para ganar, hay que sumar, multiplicar, desbordar, y eso solo se consigue tendiendo la mano a la gente de la que tanto se está hablando ahora, a “las que faltan”. Pero, ¿quiénes faltan? Es otra pregunta difícil. Sumar a las que faltan pasa por aparecer como opción viable de cambio a mucha gente distinta que tiene en común sus ganas de recuperar los años perdidos de lucha por las conquistas sociales, y que en tan poco tiempo han visto desaparecer. No lo hicimos mal en un principio. Del millón de votos ‘de expectación’ en las elecciones europeas a los cinco millones de votos ‘de ilusión’ en las primeras generales. Desde luego, en cinco millones de personas hay gente muy diversa: hay ricos, pobres, clase media; hay gente movilizada, y gente que no; hay viejos y jóvenes; hay quienes vienen de otros partidos, de otras asociaciones y colectivos, hay quienes se politizan por primera vez… En cinco millones cabe mucha gente, y eso en parte ya constituye una pequeña victoria. Ese es el camino a seguir, el de integrar y sumar a gente muy diversa que tiene un objetivo común: recuperar las instituciones secuestradas por una élite endogámica y decadente; recuperar un Estado del bienestar amenazado por la pérdida de nuestra soberanía económica; en definitiva, recuperar el País para devolverlo a su gente. Eso es lo verdaderamente radical, lo verdaderamente transformador. Ese es el objetivo con el que nacimos, y el que no debemos olvidar nunca hasta verlo conseguido.

Un proyecto radical, por tanto, no es aquel que se empeña en repetir consignas y aplicar tesis que son, supuestamente, “la verdad”. Un proyecto radical no es aquel que saca a relucir sus banderas por todas partes y excluye a quien no comulgue con ellas. Un proyecto radical no es un proyecto identitario. Un proyecto radical, en definitiva, es aquel que consigue abrirse paso entre las fallas de un sentido común ya existente para ser él mismo el hilo conductor de un nuevo sentido común.

No se trata entonces de repetir muchas veces “gente” y “pueblo”, ni de proclamar “todo el poder para los círculos” si luego son los pesos pesados del partido los que siguen tomando todas las decisiones de relevancia; no se trata de apelar a un ‘país’ que solo existe en las mentes de unos pocos, y rechazar todo lo que no encaje en ese reducido esquema. Esto, que han venido haciendo algunos sectores de Podemos, dista mucho de la idea con la que nos presentamos a las Europeas, la de que “juntos, Podemos”. Juntos tomando las decisiones. Juntos porque, en nuestra diversidad, debemos encontrar lazos comunes que tensar para conformar un proyecto común que aplique políticas reales. Ese profundo pragmatismo del que bebió Podemos y fue clave en sus primeros pasos, debe serlo igualmente ahora. No hay que perderse en la épica interna y en el discurso cargado de significantes particulares, reducidos. Lo importante, en definitiva, no son los símbolos, sino las personas. Personas con necesidades concretas. Y para ellas, políticas concretas, con las que podremos ser realmente voceros del cambio y no meros altoparlantes de teorías caducas.

Es la hora entonces de aplicar lo que hemos aprendido en estos dos años y medio, sumarlo a lo que ya sabíamos, y no perder nunca las ganas de aprender más. Podemos ha de estar en continuo movimiento, porque lo importante no es “qué somos”, sino “para qué estamos”. Superemos pues la tentación de caer en etiquetas cómodas que nos devuelvan al margen del tablero, y salgamos a ganar.

Artículo escrito por Salvatore Nocerino, estudiante de Filosofía y Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid.

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