Venezuela está sin piernas pero camina

Jesus Torrealba (R), secretary of the Venezuelan coalition of opposition parties (MUD), speaks near Lilian Tintori (2nd L), wife of jailed Venezuelan opposition leader Leopoldo Lopez during a news conference in Caracas December 7, 2015. Venezuela's opposition won control of the legislature from the ruling Socialists for the first time in 16 years on Sunday, giving them a long-sought platform to challenge President Nicolas Maduro. The banner reads, "Thanks". REUTERS/Carlos Garcia Rawlins

El 2 de diciembre de 2007, los venezolanos decían ‘no’ al proceso bolivariano por primera vez desde que llegara al poder. Fue en un referéndum constitucional, que buscaba modificar 69 artículos de la Carta Magna. Fue, según palabras del propio Chávez, una victoria “de mierda”.

El 6 de diciembre de 2015, Venezuela volvió a decirle ‘no’, esta vez con su sucesor, Nicolás Maduro, como gran vencido. Era algo que todas las voces venían predicando hacía rato. Y es normal, teniendo en cuenta que con Maduro se combinan todos los ingredientes del fracaso: bajada del precio del petróleo, desabastecimiento, corrupción, inseguridad, represión, desestabilización… El presidente no ha sabido responder a esto, y en su lugar ha elegido continuar con un discurso parecido al de Chávez, vacío de contenido y totalmente ausente de autocrítica; ha hecho oídos sordos a los gritos que, desde todas las capas de la sociedad venezolana, se le hacían cada vez más alto, pero no más claro.

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Más allá de todas las críticas o alabanzas que puedan hacerse a la era bolivariana, ahora toca reflexionar. Es trabajo de todos los venezolanos y venezolanas el sentarse cara a cara y hablar, hablar como se hiciera en aquellos lejanos años 90, cuando se pensaba en el cambio, en el progreso; en dejar atrás un sistema caduco, aprendiendo las lecciones necesarias, conservando lo que fuera valioso y desechando los vicios. Hay más similitudes de las que creemos entre aquella Venezuela inmediatamente anterior al chavismo, y esta que hoy parece decirle adiós. Avanzamos ahora sin saber todavía lo que vendrá después. ¿Qué ha quedado, entonces, después de 17 años de “Revolución Bolivariana”? ¿Qué debe conservarse? ¿Qué debe dejarse atrás? Se abre una etapa imprevisible, donde todas las posibilidades están abiertas, donde es más necesario que nunca llevar la esperanza por bandera. ¿Qué se puede aprovechar de esta etapa extraña y polémica que ahora parece acabarse?

Una característica fundamental de estos años es la conciencia que han adquirido los venezolanos del poder y la importancia de la política. Votar no es solo un derecho, es una responsabilidad. Se ha comprendido que no es posible gobernar sin el respaldo del pueblo, y que quien ayer te dio su confianza, mañana te la puede quitar. El gobernante es consciente ahora de su carácter contingente, de su posición inferior con respecto a las decisiones y la voluntad de la ciudadanía. El “todo por el pueblo” se ha convertido ahora en el “todo con el pueblo”. Y de todo esto se deduce que los venezolanos han perdido ya el miedo, sobre todo el miedo al cambio; lo vimos claro el 6 de diciembre, cuando a pesar de las amenazas de un gobierno desesperado, las urnas hablaron por sí solas.

Otro elemento que ha penetrado en los venezolanos es el carácter patriótico. Eso ha calado tanto en chavistas como en opositores. Hoy, los venezolanos lo son más que nunca, y es algo positivo siempre y cuando se vea como un elemento de unión, que permita a los venezolanos trabajar juntos. Venezuela entera se enfrenta a una serie de problemas que afectan a todos y todas, y que requieren de todos y todas para superarse. El mensaje debe permear en las sociedad venezolana, y debe permear hondo. Ese patriotismo puede ser el cemento con el que construir país; pero ojo, también puede ser el agua que lo disuelva todo. Venezuela demostró el 6 de diciembre su madurez -no hay aquí dobles sentidos-, como pueblo y como país; una madurez adquirida a base de golpes y a prueba de balas.

Vemos pues, que el camino no ha sido en vano; ha sido un proceso de errores y escarmientos, de aprendizaje, de consolidación de una identidad propia y unos valores necesarios para avanzar. Viene ahora la parte más dura después de treinta años de caída, que es levantarse y caminar. El cambio es incuestionable, evidente; la pregunta es: ¿hacia dónde?

Artículo escrito por Salvatore Nocerino, estudiante de Filosofía y Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid.

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