Venezuela, ponte las alpargatas…que lo que viene es joropo

Tomen nota: el 6 de diciembre será un día histórico. Porque, mientras en España arrancamos la campaña hacia un ’20D’ que se presenta incierto, al otro lado del Atlántico se celebra un cumpleaños muy particular: diecisiete años desde que Chávez llegara para quedarse después de arrasar en las elecciones presidenciales de Venezuela, el mismo día que en el presente 2015 se celebran elecciones a la Asamblea Nacional. El resultado, igualmente incierto.

La Revolución Bolivariana es una muestra de que el milenio empieza fuerte; una prueba más de que, al contrario de lo que afirmaba Fukuyama, la historia no se ha acabado, más bien todo lo contrario, pues “ahora es que empieza”. Pero, para entender este fenómeno que ha cambiado el destino de todo un continente, no basta con titulares de uno u otro color; no puede mirarse el chavismo como un simple “populismo latinoamericano” sin un destino, sin un rumbo claro, porque en seguida nos surgirá la pregunta: ¿y de dónde ‘carajo‘ viene? Esto es lo que trae de cabeza a politólogos y científicos sociales de todas partes; yo no pretendo, pues, solventar la cuestión, pero, como amateur de la política y como venezolano, opino.

Vamos a retroceder ahora hasta 1958. Lo sé, parece un poco exagerado, pero tiene sus razones. Ese año, el dictador Marcos Pérez Jiménez es depuesto en un golpe militar. Gobernaba desde 1952, después de un periodo corto de democracia. Las élites políticas están un poco tocadas, y, en aras de conseguir un sistema estable, firman el conocido Pacto de Punto Fijo, un acuerdo por el que los grandes partidos –Acción Democrática (AD), Comité de Organización Política Electoral Independiente (Copei) y Unión Republicana Democrática (URD)- se aseguraban el reparto del poder. A partir de entonces se desarrollaría un sistema protodemocrático, que se afianzó con la Constitución de 1963 y la desaparición de URD de la primera línea, dando paso a un sistema bipartidista, una oligarquía cuidadosamente enmascarada.

El sistema puntofijista prosperó, a pesar de sus múltiples defectos, por una sola razón: petróleo. Venezuela se enriquecía con la exportación de crudo. La economía y el nivel de vida de los venezolanos crecían a base de las rentas petroleras; y la corrupción, también. En los años 70, con la nacionalización del oro negro y la crisis del 73′ llegó la época dorada: el dinero alcanzaba para todo, incluidos los excesos de los dirigentes políticos y las ‘mordidas’ a todos los niveles. Los venezolanos podían viajar al extranjero -básicamente, a EEUU- y consumir, consumir, consumir. Se hizo muy famosa la expresión “ta’ barato, dame dos“, que ilustraba el derroche y la opulencia de los venezolanos que vivían en la ‘Venezuela Saudita’. Ya había voces, sin embargo, que anunciaban las podredumbres del sistema rentista, incluso desde los años 30′, cuando el pensador venezolano Uslar Pietri acuñó la expresión “sembrar el petróleo”, para referirse a la necesidad de diversificar la economía y no depender exclusivamente de este recurso.

¡Ay! Pero la fuente de la abundancia se secó: en los años 80′, el precio del petróleo bajó, la deuda externa había ido creciendo irresponsablemente en la última década, y de repente, la burbuja económica en la que vivía Venezuela sufrió un pinchazo en el famoso ‘viernes negro’ de 1983, con una devaluación del bolívar sin precedentes. ¡Y empieza la fiesta! Empezó a deteriorarse el frágil ecosistema económico, la corrupción se hizo más y más visible, y la clase media empezó a romperse por debajo. Para finales de los 80’, los cerros que rodean el valle de Caracas ya se habían convertido en un rancherío, la pobreza empezaba a verse.

En 1988 hay elecciones y las gana Carlos Andrés Pérez, que había sido presidente durante la maravillosa época dorada, ¿recuerdan? Pocas semanas después de tomar el cargo, cede al FMI, que por entonces tocaba con la varita mágica del neoliberalismo a todos los países en problemas por la zona, y Venezuela era uno de ellos. Se aplicaron una serie de medidas de corte liberal que no sentaron nada bien en los barrios pobres de Caracas, así que respondieron “bajando de los cerros”, y tomaron las calles del centro. A Carlos Andrés no se le ocurrió otra cosa que sacar al Ejército a la calle, empeorando las cosas. ¿Consecuencia? Más de 500 muertos -según cifras oficiales-, y la demostración de que algo iba realmente mal en el país. A esta masacre se le conoce como el Caracazo, un episodio amargo que marca el principio del fin del sistema puntofijista.

En febrero de 1992 entra en escena Chávez, y la monta: un intento de golpe de Estado, que fracasa en la capital y le lleva a ser encarcelado. Pero, ¿de dónde salía este coronel rebelde? Chávez era un llanero -los Llanos son el vasto campo venezolano-, de origen humilde, que había hecho una carrera asombrosa en el Ejército venezolano durante los años 70′ y 80′, un tipo carismático, según sus compañeros. Había vivido el derrumbe del sistema bipartidista, y en consecuencia se propuso reformar el Estado. Ya en 1982 fue uno de los fundadores del movimiento bolivariano, que buscaba casar las ideas socialistas revolucionarias con un fuerte sentimiento patrio encarnado en la figura de Simón Bolívar, principalmente. Con el golpe, Chávez se presenta ante el país como una posible salida a la crisis económica y social del país. Durante la década de los 90′, el bolivarianismo va ganando fuerza a medida que el país sigue deteriorándose: en 1993 Carlos Andrés Pérez es destituido por corrupción, la pobreza se sigue cebando con la clase media, la inseguridad crece como consecuencia de esta última, y los partidos tradicionales no dan muestras de cambiar el modelo claramente fracasado. Por eso gana las elecciones Rafael Caldera en 1993, un antiguo presidente -de Copei- que se presenta esta vez con un partido nuevo y con aires de regeneración. Es el último intento del puntofijismo, el último grito de agonía de un modelo terminal. Caldera libera a Chávez, y con él, a las herramientas necesarias para organizar el movimiento bolivariano: se funda el Movimiento Quinta República (MQR), que apuesta por abrir un proceso constituyente para construir un Estado nuevo, libre de los vicios y errores del presente.

Llega 1998, y nadie parece predecir la victoria de Chávez; todas las encuestas dan como ganador a Salas Römer, que -¡sorpresa!- es apoyado por AD y Copei en una clara muestra de desesperación. Chávez gana inconfundiblemente, con un 56% de los votos, y toma posesión jurando sobre una “moribunda constitución”. Lo que pasa después es otra historia. Y volviendo al comienzo, no importa si nos remontamos dieciséis años o en 2015: ¡el 6 de diciembre será un día histórico!

Artículo escrito por Salvatore Nocerino, estudiante de Filosofía y C. Políticas en el Universidad Complutense de Madrid.
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