Yo me atrevo, ¿y tú?

Decía Miguel Hernández que “sangre que no desborda, juventud que no se atreve, ni es sangre, ni es juventud, ni relucen, ni florecen”. A priori, no habrá quien se niegue a aceptar lo esgrimido por uno de nuestros grandes poetas de la Generación del 27, ya sea a causa del recuerdo de un ardiente pasado, de una ferviente ansia por cumplir la premisa de Miguel Hernández, de la satisfacción sentida al ver como su sangre sí desborda o de cualquier otra cuestión particular que no hay por qué señalar, ya que sería atrevido el intentar recoger todas y cada una de las posibilidades que la riqueza humana puede ofrecer.

Si partimos de que la juventud tiene que atreverse para decirse digna, habríamos de preguntarnos sobre el auténtico significado de aquello que asumimos como verdad. ¿Significa esto que la juventud debe caer en una espiral de desenfreno hedonista sin sentido alguno, borrachera tras borrachera y noche tras noche, para decirse una auténtica juventud, o posee un significado de mayor profundidad? No seré yo el que pretenda ir de moralista puritano “anti hedonismo sin sentido” pues esto sería hipócrita, y no solo eso, sino que apenas sería creíble a causa de mi marcada juventud. Sin embargo y apelando a ese precioso y necesario don del sentido común, que es el menos común de los sentidos del que me hablaba un antiguo y muy apreciado profesor de Ciencias Sociales (seguramente inspirado por Ramón Gómez de la Serna, autor de la cita), no podemos estar de acuerdo con que una juventud dedicada a la irracional búsqueda constante de un placer a encontrar en toda fiesta, en toda droga o en toda vaguería (entre otros) pueda ser una buena elección. Cierto es que tampoco es preciso el pretender una represión absoluta del primer significado planteado (no sería la primera vez que un excesivo control termina por causar un efecto contrario al deseado), pero no es un asunto prioritario el seguir profundizando en ello en el presente artículo.

Si partimos de que la juventud tiene que atreverse para decirse digna, habríamos de preguntarnos sobre el auténtico significado de aquello que asumimos como verdad. ¿Significa esto, a diferencia del primer planteamiento, que la juventud debe encontrar un sentido a su vida basado en una estricta aceptación de las normas establecidas, las cuales dicen que, de ser cumplidas, pueden dar felicidad? Evidentemente, no. ¿Por qué? No se trata de negarlo porque me considere un peligroso subversivo, sino porque aquellos valores que la sociedad dice querer inculcarnos o, sin ir más lejos, los transmitidos por mis padres, no se corresponden con lo observado en la realidad. No es necesario reflexionar demasiado para percatarse de que, tal y como decía Nietzsche, quien tiene un “porqué” para vivir encontrará casi siempre el “cómo” y, por desgracia, los jóvenes estamos faltos de “porqués”. Lo señalado, pese a que pueda no tener relación en principio, está más conectado de lo que en apariencia puede pensarse. ¿Cómo puede la juventud atreverse a encontrar su “porqué” cuando observa como el precio de la matrícula de la universidad pública la obliga a dejar de estudiar? ¿Cómo puede la juventud atreverse a encontrar su “porqué” cuando su familia no puede, a causa del desempleo y de la precarización del trabajo, garantizarla los medios adecuados para que pueda formarse humana y académicamente de la mejor forma posible? ¿Cómo puede la juventud atreverse a encontrar su “porqué” cuando son enormes las dificultades para encontrar trabajo y que, de encontrarse, lo más seguro es que la sumerja en la precariedad, obligándola así a marcharse al extranjero tras haber sido formada en nuestro país? Esto no es ni demagogia ni derrotismo “ad hominem”, sino que es la realidad. Por supuesto que los jóvenes aún podemos encontrar nuestro “porqué” pese a las enormes dificultades y que no nos queda más opción que hacerlo, faltaría más, pero sería irresponsable el afirmar que la situación política, social y económica actual no influye negativamente en la posibilidad de que prosperemos.

Si partimos de que la juventud tiene que atreverse para decirse digna, habríamos de preguntarnos sobre el auténtico significado de aquello que asumimos como verdad. Decía Miguel Hernández que “la juventud siempre empuja, la juventud siempre vence y la salvación de España de su juventud depende”. Nuestros gobernantes deberían recordar lo reflexionado por nuestro poeta, sí, pero aún más importante es que nosotros, los jóvenes, nos atrevamos a no solo nunca olvidar dicha idea, sino a recordarnos que, también, la destrucción de España de su juventud depende.

Yo me atrevo ¿y tú?

 

Artículo escrito por René Soto Rodríguez.

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